Max Aub, testigo del tiempo

Hablar de Max Aub es hacerlo de uno de los escritores en español más prolíficos e interesantes del siglo XX. Nacido en París, de padre alemán y madre francesa de origen judío, español hasta la médula, (él dijo: el país de uno es aquel en el que se estudia el bachillerato), su obra ingente es un testimonio indispensable sobre lo que ha sido su tiempo para nuestro país y para el mundo y cómo los seres humanos se han enfrentado a ello para vivirlo y sufrirlo sin perder su mismidad. Como él lo hizo. Reconocido y famoso como hoy es, incluso por tantos que no le leyeron cuando se debía y por otros que nunca se reconocerían en la independencia de sus posicionamientos, quizá sea pertinente recordar en qué condiciones se produjeron esos textos que ahora nos admiran.

Max_Aub_1Max Aub.

Su vida fue parecida a la de tantos exiliados, más cercana a los que salieron de España a pie que a la de los líderes que dispusieron de otros medios. De hecho, pasó la frontera francesa en febrero del 39, tras la caída de Cataluña (como lo hizo Antonio Machado), con el equipo de filmación de Sierra de Teruel, la película que se estaba haciendo sobre la novela de Malraux L’Espoir. Una vez en Francia, su historia durante casi cuatro años es la del calvario de campos de concentración, huidas, clandestinidades y detenciones que padecieron cientos de miles de nuestros compatriotas. Finalmente consiguió llegar a México, el México de Cárdenas, noble y acogedor, pero en el que la vida no era, ni tenía por qué ser, fácil. Y ahí discurrió la segunda mitad de su existencia. Puede ser un dato que tardó más de cinco años en  volver a reunir a su familia.

Aunque al estallar la guerra ya era un escritor reconocido, muy integrado en la llamada “generación del 27”, es la obra posterior a 1939 la que ha quedado para el recuerdo. Una obra siempre dolorida, pero al mismo tiempo trufada de humor, ternura e ironía. Lo más conocido es El laberinto mágico, la serie de los “campos” que constituye, sin discusión posible, la cumbre novelística sobre la Guerra Civil. Son seis volúmenes, escritos a lo largo de casi veinte años, en los que las influencias de Baroja y de Valle-Inclán (¿contradictorias?) son muy visibles, pero que se acercan más al Galdós de los Episodios Nacionales. Y que, sin embargo, incorporan técnicas narrativas  muy propias de los tiempos en que escribe. Por ejemplo, Campo francés, sobre los primeros años del exilio y la debacle francesa, escrita en caliente, durante su travesía de Francia a México, podría leerse como un guión cinematográfico. Él lo reconoce en la nota introductoria a la publicación del libro (¡en 1964!) por su experiencia de colaboración en la mencionada película Sierra de Teruel. Son novelas corales (como lo son los Episodios galdosianos) en las que se pueden seguir las vicisitudes de media docena de personajes que no llegan a ser protagonistas. Entre ellos, el médico cojo Julián Templado, en el que algunos han querido ver una contrafigura de las posiciones del autor. O el católico republicano Paulino Cuartero, sus diálogos con su amigo Templado, que no tienen precio, y sus difíciles relaciones con su mujer. Por no olvidar a los desdichados amantes Vicente y Asunción, ésta el personaje más entrañable de toda la serie.

Hay un corte, literariamente muy evidente, entre los cuatro primeros volúmenes (Campo cerrado, Campo abierto, Campo de sangre y Campo francés) escritos en los años cuarenta, y los dos últimos (Campo del moro y Campo de los  almendros) casi dos décadas después. Estos dos libros son dos grandes novelas trágicas en las que se aúna el testimonio histórico sobre el final de la República con la perfección narrativa. Es importante resaltar que, aunque aparecen en estos textos personajes auténticos y ficticios, nunca se mezclan unos con otros. Es decir, que las figuras históricas no participan de la ficción, ni las ficticias se interponen en las decisiones que fueron reales. Dicho de otra manera, no se siguen los hábitos de la novela histórica tradicional, de la que es parte sustancial la novelización de lo auténtico (que así es menos auténtico) y la introducción de personajes inventados con papeles decisivos. Desde este punto de vista, puede decirse que Max Aub no escribe “novelas históricas”, sino novelas situadas en la historia.

Para completar su visión de la tragedia española, hay que añadir a los “campos” La calle de Valverde, sobre la dictadura de Primo de Rivera, en la que se arropa del costumbrismo, pero es mucho más que costumbrismo, y Las buenas intenciones, repleta de triste ironía que no consigue hacernos sonreír.

Cuando hoy nos acercamos a esta monumental obra novelística, es educativo (y seguramente menos conocido) recordar que buena parte de estos libros debieron ser publicados, mucho después de ser escritos, a costa del autor. Un autor de cuyas penurias económicas, al menos en unos largos primeros tiempos mexicanos, da fe la nota recogida en sus diarios (29 de julio de 1948) dirigida a su hija Carmen felicitándola por cumplir doce años y diciéndola que no puede regalarle nada porque no tiene dinero y deseando que a ella no le pase lo mismo con sus hijos. Un autor que en sus diarios se define más de una vez como un “escritor sin lectores”. Para paliar estas escaseces trabajaba a destajo en diversos menesteres utilizando la pluma, la herramienta que sabía emplear. Y mientras tanto creaba buena literatura, una de las más brillantes, lúcidas e independientes, y, como se ha dicho antes, la más copiosa, que debemos al exilio. El exilio de los mejores, merece la pena recordarlo.

Aunque se le recuerde más como novelista, escribió mucho, muchísimo teatro, su verdadera vocación. Un teatro que conocemos por la lectura, puesto que ha sido muy poco representado, ni en México ni en España. Aquí tuvimos la fortuna de ver una ambiciosa y magnífica versión del San Juan, puesto en escena por el Centro Dramático Nacional en 1998, que nos sorprendió y deslumbró. El San Juan es la tragedia del exilio judío huyendo de los nazis, pero es también la tragedia de cualquier exilio, lo que pudiera hoy servir de punto de meditación. Para un lector actual, puede sonar a conocido el tema. En 1938, un viejo carguero, en el que se hacinan seiscientos fugitivos escapados del horror, es rechazado en todos los puertos en los que intenta depositar su humano cargamento, hasta que finalmente naufraga en una tempestad. Esta sí que es una obra coral, sin protagonistas, en la que no obstante los personajes de diferentes culturas, ideas y situaciones económicas, están perfectamente dibujados con cuatro trazos (que, al ser teatro, son cuatro frases). Apenas reconforta la figura del honesto capitán del barco, que corre conscientemente la triste suerte de sus pasajeros. Parece que Max Aub concibió la idea del San Juan mientras viajaba como prisionero en la sentina de un barco francés hacia un campo de concentración en Argelia.

Curiosamente, en este verano de 2016 se ha estrenado en Madrid una versión escénica de El laberinto mágico. Es admirable el esfuerzo de reducir a dos horas de escenario una obra tan extensa y compleja, y excelente el resultado conseguido. Sin embargo, no deja de ser algo sorprendente que se haya elegido la dramatización de una serie novelística para levantar el telón sobre un autor que ha dejado cerca de cincuenta textos directamente teatrales. De desigual valor, supongo (no soy un experto), pero muchos de ellos muy buenos y todos situados en la realidad de un siglo XX que hemos dejado atrás sin enterarnos demasiado. Algunas de sus obras “mayores” (el término es suyo) son de difícil puesta en escena por su coralidad, su falta de protagonistas, y su complicado andamiaje escénico. Así ocurre, sobre todo, con el San Juan, y también con No, sobre las consecuencias para la gente de a pie de la guerra fría en los primeros años cincuenta. Del San Juan ya se ha hablado y del éxito de su estreno mundial medio siglo después de haber sido escrito, y, por otra parte, es inevitable recordar que hasta hace aproximadamente cuatro décadas el teatro de Valle-Inclán se consideraba, con todo rigor y seriedad, irrepresentable. Hasta que se atrevieron a representarlo, y ahí está.

Nunca perdió el sentido del humor, siquiera fuera en tantas ocasiones amargo, y como muestra, entre otras muchas, está su invención del pintor Josep Torres Campalans, tan bien instrumentada que se llegó a creer en su autenticidad y a ofrecerse exposiciones de sus cuadros. Y su discurso de imaginario ingreso en la Academia Española, esa Academia y esos académicos que hubieran sido de no existir la Guerra Civil. Antonio Muñoz Molina, en su propio ingreso en tal institución (en este caso, ingreso real) tuvo la elegancia y la sensibilidad de centrar su discurso en este episodio. Vale la pena leer ambos textos, por la España que es y la España que pudo ser, y cómo nada viene de la nada.

Pero no se puede concluir esta nota sin aludir a sus Diarios, esos inmensos diarios comenzados en 1939, que son su mejor autorretrato y el testimonio de su paso por el tiempo. Son muchos cientos de páginas que hay que leer despacio, intentando localizar los personajes y situaciones de que se habla, y reflexionando al hilo de las reflexiones del autor. De ellos se publicaron, como pieza separada y por voluntad suya, los que corresponden a su viaje a España en 1969, La gallina ciega, una amarguísima visión del país (que ya no era, para bien y para mal, el país que dejara treinta años antes), unas impresiones que si bien pueden rechinar en algunas apreciaciones y herir no pocas sensibilidades, debieran hacernos volver la mente, sobre todo a los que entonces éramos ya mayorcitos, hacia lo que es una sociedad rota en el tallo que la une a sus raíces. De aquella visita a España volvió a México Max Aub, ya viejo, más exiliado que nunca.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies