La nostalgia de Boccherini por la noche madrileña

Un personaje de la serie estadounidense de moda este año, Mr. Robot, le susurra a su bella amante Tú, yo, en Madrid, caminando por la calle Atocha. Sentados en el Café Torelli tomando un cortado”. Dejando de lado que hay montones de rincones de la capital de España bastante más románticos que la calle Atocha y que sólo Dios sabe dónde estará el citado Café Torelli (aparte de en la imaginación del guionista), nos resulta curioso a los que vivimos en el Foro (como se denomina esta urbe en castizo), que se conciba allende los mares nuestra ciudad como un destino “con encanto”, al modo de Roma, Venecia o París. Pero no debería extrañarnos, pues ya de antiguo Madrid despertaba las pasiones de los visitantes extranjeros que, buscando el mecenazgo y los favores de la realeza y la nobleza, acababan atrapados por el embrujo de sus calles. El violonchelista Luigi Boccherini fue uno de ellos y le dedicó a la villa y corte su maravillosa obra La Musica Notturna delle Strade di Madrid.

Luigi_BoccheriniLuigi Boccherini.

Porque no nos engañemos, aunque Luigi Rodolfo Benito Boccherini, que era su nombre completo, nació en la Toscana italiana, vivió 37 de sus 62 años de existencia en la Península Ibérica. Sin embargo, está considerado como una de las grandes figuras del siglo XVIII de la música… italiana. Dejando de lado apropiaciones de corte nacionalista, hay que destacar que Boccherini fue un gran impulsor de la música de cámara, un mérito reconocido por el propio Franz Joseph Haydn, aumentando el protagonismo del violonchelo en los cuartetos de cuerda, el género musical por el que es quizá más recordado. No obstante, su obra es muy diversa y sin duda extensa: compuso veintiséis sinfonías, doce conciertos para chelo, un gran número de sonatas para este instrumento y para violín, y más de doscientos quintetos y cuartetos, entre otras muchas piezas.

A pesar de sus orígenes humildes, el joven Luigi estudia música en Lucca, la ciudad que le vio nacer en 1743, y en Roma, siguiendo profesionalmente los pasos de su padre que era violonchelista y contrabajista. El hijo se centra sobre todo en el violonchelo y en la composición, de forma que ya en la adolescencia era un intérprete notable y un compositor destacado. Consciente de sus virtudes, se marcó como objetivo poner en valor sus conocimientos musicales y se afanó por obtener un trabajo en alguna de las cortes europeas, como Viena o París, aunque la falta de éxito en el primer intento le llevó a  establecerse en Milán. 

Precisamente es en esta ciudad donde con veintitrés años forma su primer cuarteto de cuerda con los músicos Pietro Nardini, Giuseppe Cambini y Filippo Manfredi. Con este último entabla una estrecha amistad que les convierte en compañeros de viaje en sus posteriores andanzas y estancias en ciudades de Europa como París o Madrid.

Su sueño de triunfar en el extranjero comienza a cumplirse. Parece ser que hacia 1767 Boccherini, Manfredi y Cambini ya estaban en París. Los dos primeros tocaban para la institución Concert Spirituel que organizaba eventos musicales en la ciudad de la luz entre 1725 y 1790. Ese mismo año Boccherini publica los Tríos op. 1 y los Cuartetos op. 2. Su obra empieza a ser muy conocida en Europa y su nombre suena con fuerza en el panorama musical de la época.

En 1768 (aunque hay fuentes que hablan de 1769) Luigi Boccherini y Filippo Manfredi viajan a Madrid invitados por el embajador español en París. La intención del músico veinteañero era entrar a trabajar en la corte de Carlos III, pero tuvo que conformarse con un destino más modesto: convertirse en “compositor y virtuoso de cámara” del infante don Luis, hermano del monarca. Aquí me gustaría pararme y reflexionar sobre lo que se podría llamar “la trampa del funcionario”. Al leer su biografía, me da la impresión de que el ansia que manifestaba Boccherini por tener un empleo fijo quizás estancó una carrera que podría haber sido mucho más brillante. ¿Qué hubiera pasado si hubiera continuado en París, ciudad mucho más cosmopolita que Madrid, publicando música y relacionándose con lo más granado de la sociedad musical europea? Nunca lo sabremos, pero el musicólogo italiano Giorgio Pestelli opina que venir a España no era la mejor opción en el momento para convertirse en un compositor de fama internacional, pues define la nación como “un país rico en música pero socialmente rígido, una tierra de carreras solitarias (como las de Domenico Scarlatti y Antonio Soler) de la que uno tenía que alejarse, como hizo Martín y Soler, si quería ganar una reputación internacional” (L’età di Mozart e di Beethoven, 1984).

Luis Antonio Jaime de Borbón era el hijo varón más pequeño del rey Felipe V y de su segunda esposa, Isabel de Farnesio, y era hermano de Carlos III y de Fernando VI. Dado que por derecho de sucesión Fernando heredaría la corona de España y Carlos ya era rey de Nápoles, poco parecía quedar para Luis en lo tocante a soberanía, razón por la cual su madre decide dedicarle a la carrera eclesiástica y el rey Felipe solicita al papa para él el arzobispado de Toledo, cargo que Su Santidad concede a regañadientes y que convierte a un niño de siete años en la máxima autoridad de la Iglesia en España. No obstante, con el paso de los años en la pugna entre la tentación de la carne y la llamada del espíritu que tiene lugar dentro del joven infante vence el bando más terrenal. Con 27 años presenta su renuncia ante el rey y el papa por su falta de vocación y por su inclinación al sexo (en una carta a su hermano Carlos habla de sentirse “con inclinaciones incompatibles de aquel santo estado”). El papa Benedicto XVI acepta la renuncia y le concede una renta anual de 946.107 reales como compensación.

Libre ya de las ataduras de la vida clerical y con un importante patrimonio, don Luis se dedica a disfrutar de las cosas que le gustan de la vida: la caza, el arte, la música, la danza y el bello sexo… cuando le deja su hermano Carlos III. El problema para el monarca era que, de acuerdo con la ley de sucesión en vigor, los aspirantes a la corona de España tenían que haber nacido en el país, pero sus propios hijos habían visto la luz en Italia durante su reinado en Nápoles, y por tanto, Luis y su posible descendencia eran la sucesión natural al trono. Mas su regio hermano se dedicó a boicotear cualquier intento del infante por casarse con princesas extranjeras, y de que tuviera descendencia susceptible de heredar la corona, empujándolo a relacionarse con mujeres de la plebe, como Mariquita García, con la que se dice tuvo un hijo, o una tal Antoñita María Rodríguez, a la que parece ser que también hizo madre de un bastardo.

Volviendo a Boccherini, desde 1770 consta oficialmente que sirve como músico de cámara a don Luis en Madrid, en concreto en el grandioso palacio neoclásico que se había hecho construir el infante por el arquitecto Ventura Rodríguez en la localidad de Boadilla del Monte. Debieron ser unos años maravillosos para el compositor conviviendo con la más alta sociedad de la villa y corte y frecuentando a numerosos artistas de toda índole que satisfacían las inquietudes culturales del mecenas hermano de su majestad. Fue una época que el italiano añoraría más adelante, exiliado en tierras abulenses. Pero no adelantemos acontecimientos.

La afición por el sexo y los continuos escarceos amorosos de Luis Antonio colman la paciencia de su hermano el monarca que concibe una maniobra tan brillante como maliciosa para matar dos pájaros de un tiro: apartar de una vez por todas al infante y a su familia potencial de la línea dinástica y acabar con los escándalos que le ponían en evidencia en la corte. Primero, dictó una pragmática que impedía reinar a todo aquel que se casase con mujer que no fuese de sangre real y a sus descendientes. Segundo, organizó el matrimonio de Luis con una dama, la aragonesa María Teresa de Vallabriga y Rozas, que si bien pertenecía a la nobleza no tenía sangre de reyes. Con este aparentemente sencillo jaque mate, Carlos III dejaba a su hermano y a sus hijos fuera de la línea sucesoria. Finalmente, le obligó a exiliarse de la corte. Boccherini seguiría a su patrón abandonando su querido Madrid.

El infante recorrió algún que otro destino hasta recalar en la localidad de Arenas de San Pedro, en Ávila, al pie de la Sierra de Gredos, donde se hizo construir el Palacio de la Mosquera en 1780, también por Ventura Rodríguez. Queremos creer que para Luigi Boccherini supuso un doble exilio: exiliado del mundo de la música europea y exiliado de la corte de Carlos III, que poco o mucho, tenía más vida cultural que aquel pueblo castellano.  

Durante los ocho años que vivió en la localidad abulense, el italiano compuso cerca de un centenar de piezas, de cámara y orquestales, entre las que se encuentra la obra que nos ocupa: el Quintettino en do mayor, La Musica Nocturna delle Strade di Madrid Op. 30 Nº6 (G324). Se trata de una mini suite que retrata las noches de la corte con su bullicio, el sonido de las campanas de las iglesias, los bailes en los que se divertían los jóvenes en los barrios, y finalmente, la Ritirata o toque de queda a medianoche, invitando a cada mochuelo a volver a su olivo. Un cuadro tan vivo de las calles de Madrid pone en evidencia la nostalgia que sentía Boccherini de la gran ciudad en su retiro castellano. 

Resulta curioso que le escribió a su editor de París conminándole a que esta pieza no fuese publicada fuera de España porque, a su juicio, “non possono gl´uditori giammai comprenderne il significato, né gli esecutori sonarlo come deve essere sonato”. No hace falta tener grandes conocimientos de italiano para entender que nuestro hombre consideraba que nadie que no hubiese vivido el ambiente madrileño de la época podría comprender, e incluso interpretar correctamente, la partitura del Quintettino.

Las partes que integran La música nocturna son siete, a saber: Le campane di´l Ave Maria, Il tamburo dei Soldati, Minuetto dei Ciechi, Il Rosario, Pasa calle, Il tamburo y la Ritirata. Quizá la más conocida es el pasacalle que ha sido utilizado en publicidad, creo recordar, y que aparece en la banda sonora de la popular película Master and Commander (2003) de Peter Weir.

De repente, todo se precipita. Su esposa Clementina fallece en 1785, y ese mismo agosto muere también don Luis, su mecenas, de forma que Boccherini volvió a la villa y corte con sus hijos y tuvo que volver a buscar protectores que admiraran su música. El final de su vida no fue lo que se dice brillante y feliz. Trabajó, sí, para el emperador Federico Guillermo II de Prusia, aunque parece ser que nunca viajó a Alemania, y para otras figuras nobles españolas, pero sufrió importantes pérdidas familiares antes de su muerte en 1805 y, se dice, acabó en la miseria, aunque esto último ha sido rebatido por estudios recientes.

Como última curiosidad, el musicólogo y compositor Ramón Barce creyó identificar a Luigi Boccherini en el cuadro que pintó Francisco de Goya de la familia del infante don Luis de Borbón. El genial artista aragonés, amigo personal del hermano del rey, le visitó en su destierro castellano en los veranos de 1783 y 1784, pintando en dichas ocasiones tanto el retrato de la familia como retratos individuales de distintos miembros de la misma. De acuerdo con la tesis de Barce, Luigi Boccherini sería la figura vestida con librea que aparece en el cuadro colectivo. La verdad es que comparándola con otros retratos que han llegado hasta nosotros del músico italiano, puede que estuviese en lo cierto y que se trate de aquel italiano que soñaba con Madrid.

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