La discreta resistencia de Jeanne Mammen

A Jeanne Mammen no le gustaba fechar sus obras, ni siquiera firmaba muchos de sus cuadros. Consideraba que eran marcas irrelevantes, que no aportaban nada a quien se ponía delante de la obra y se dejaba interpelar por ella. Sin embargo, el 6 de octubre de 1975, firmó y fechó un cuadro, titulado Promesa de Invierno. Tal vez porque sabía que sería el último que pintaría en su vida. Tenía casi 85 años y estaba enferma, medio año después moría en su estudio de la Kurfürstendamm, en Berlin, el lugar en el que había vivido desde hacía 57 años, y que solo había abandonado durante los años de exilio por el nazismo.

Antes de la Comedía en Ku’damm, hacia 1930 / Jeanne Mammen-Stiftung.

Se dice que el arte no tiene fronteras, que no entiende de nacionalidades. Y es cierto, en gran medida. Pero en el siglo pasado ser artista de dos países muy concretos, España y Alemania, significó algo más que ser artista nacido en cualquier otra parte del mundo. Los artistas españoles y alemanes se vieron obligados a contactar con la realidad de una época convulsa de una forma más violenta. Obligados a posicionarse. La Guerra Civil y el nazismo pusieron a unos y otros bajo un foco de atención especial, a prueba. Eran los artistas del centro del mundo. En la mayor parte de los casos la toma de partido antifascista fue naturalmente asumida. El compromiso político durante la guerra y la experiencia del exilio tras la derrota en España fue determinante en el arte de los principales artistas españoles: Picasso, máxima figura mundial del arte, es el paradigma del caso español. Los artistas alemanes, aun con diferencias —manifiestas en el hecho de la derrota del Tercer Reich— con respecto a los españoles, pasaron por experiencias similares, concentradas en la década larga de gobierno nazi hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La persecución desde 1933 del ‘arte degenerado’, uno más de los signos inequívocos que anunciaban la barbarie de la Alemania hitleriana, obligó a lo más destacado del arte germano a tomar posición. Pintores como Otto Dix, George Grosz y John Heartfield estuvieron en la vanguardia por su arte y por su compromiso político. Fueron muchos los que se mantuvieron firmes y dignos frente al nazismo, por supuesto. Entre ellos destacó, y es triste que no se la recuerde con la misma intensidad que a los más famosos hoy, Jeanne Mammen. Su historia es uno de esos relatos que cuentan cómo el arte y la historia de un tiempo se dan la mano, callada, valientemente. 

Mujer pelirroja, 1928 / Jeanne Mammen/Berlinische Galerie.

La pintora había nacido en Berlin, pero pasó su infancia y juventud en París. Su padre era un próspero comerciante y sus cuatro hijos, de los cuales Jeanne era la hermana pequeña, disfrutaron de una vida y educación liberales, acomodados en la capital francesa. Jeanne llegó a París con 5 años y estuvo hasta los 25 en la ciudad. Era más que un francesa de adopción, su sensibilidad, personal y artística, quedaron indeleblemente influenciadas para siempre por el acervo cultural francés, especialmente por su literatura. Con solo 6 años, nada más llegar a París, Jeanne comenzó a recibir clases en la prestigiosa academia de artes Julian. En 1908 pasó por la Academia de Bellas Artes de Bruselas y en 1911 por la  Scuola Libera Academica de Roma. La destreza y la sensibilidad que demostró en sus años de juventud la hizo destacar, y la comodidad pequeñoburguesa que disfrutaba por ascendencia familiar le auguraba una más que positiva estabilidad profesional en el difícil mundo de las artes. Sin embargo, era una pintora alemana y, como decimos, ser alemán en el siglo veinte significó estar expuesto a las convulsiones que el país bávaro iba a protagonizar a lo largo de aquellos años. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, los Mammen tuvieron que dejar Francia con rauda nocturnidad. Confiscadas sus propiedades —las de un enemigo de guerra—, Jeanne y su familia lograron coger uno de los últimos trenes que salieron hacia Holanda, evitando el camino de la prisión. El cambio de vida fue radical. La comodidad tocó a su fin. Y el mundo, entonces, se mostró de otra manera.

Retrato de Max Delbrück, 1937 / Jeanne Mammen-Stiftung.

Radicada en Berlin, Jeanne se buscó la vida como pudo. La promesa de una cómoda vida artística se había esfumado. No obstante, ella y su hermana Maria Luisa, que también había estudiado Bellas Artes, se mudaron a la Kurfürstendamm. Fue a partir de 1924 cuando Jeanne alcanzó la independencia económica gracias a su talento artístico. Sus dibujos ilustraron las más importantes revistas y diarios de Alemania. Se convirtió en una de las cronistas más respetadas de la vida urbana del Berlin de los años 20. El culmen del éxito lo alcanzó en 1932, cuando expuso una serie de ocho litografías de temática lésbica, propuesta que le había hecho el galerista Wolfang Gurlitt, a modo de ilustraciones del célebre libro de poemas eróticos de Pierre Louys, Las canciones de Bilitis. El momento del éxito de Jeanne Mammen es ciertamente cruel: cuando todo empieza a ir bien, falta nada para que todo empiece a ir mal, no solo para ella, sino para la mayor parte del país. En 1933 Hitler se hizo con el poder. La última exposición pública en la que participó la pintora será en la Exposición de Primavera de la Asociación de Mujeres Artistas, en Berlín, ese aciago 1933. Los ataques en la prensa nazi no se hicieron esperar, y poco después sus obras fueron prohibidas.

Dos niños leyendo, 1940 / Jeanne Mammen-Stiftung.

En 1933 se abría el más significativo de los momentos que hubiera de vivir Jeanne Mammen, a nivel profesional y personal. La melancolía y la angustia existencial derivada de la realidad política alemana se expresó en su pintura en los ojos negros de figuras jóvenes mirando al vacío. El realismo se incorpora a su estilo. Rehusa participar en ninguna de las expresiones artísticas ni culturales toleradas por el nazismo, desaparece de cualquier publicación y de las exposiciones, por supuesto. Se encuentra, de nuevo, en una situación similar a la que viviera veinte años atrás, teniendo que buscarse la vida para sobrevivir. Comenzó a dar clases de dibujo y pintura y se echó con un carro a las calles, vendiendo de manera ambulante libros de segunda mano, revistas y dibujos. En 1937 se exilió en California, donde adoptó con fuerza la influencia de Picasso. Sus cuadros se volvieron una severa colección que combina el cubismo y el expresionismo. En esta etapa, la ayuda financiera de su amigo el científico Mac Delbrück significó un extraordinario apoyo para la artista exiliada.

La vuelta a la ‘vida civil’, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la devolvió a Berlin. Cuando llegó, la ciudad entera estaba derruida. De esas ruinas surgiría una inspiración, una nueva etapa. Jeanne comenzó a trabajar la escultura, y su pintura tendió a la abstracción. Hasta el final de sus días, tres décadas después, Jeanne Mammen disfrutó de un extraño éxito que casaba mucho con su concepción ética del artista. Nunca seducida por los fastos y con un ego sumamente controlado —hasta el punto de no ver necesidad de ponerle firma a los cuadros—, la ausencia de un amplio reconocimiento y un aura de secreta artista de culto, seguramente le satisfizo. Una especie de felicidad juguetona, de alegría de quien ha sobrevivido con dignidad a la barbarie, puebla las obras de sus últimos años. Son cuadros, esculturas, dibujos y collages de marcada impronta onírica, que incitan a la fantasía. La última Jeanne Mammen había vuelto a un punto cercano al de sus divertimentos de infancia y juventud. La firma y la fecha en su último lienzo tal vez fueron la constatación de una victoria, sobre el horror de la vida; la línea de dibujo de una sonrisa, por haber llegado al final del camino.

Promesa de Invierno, 1975 / Jeanne Mammen-Stiftung.

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