La bondad del malo de la película

Después de una larga trayectoria subido sobre las tablas como actor, concretamente 23 películas y otras tantas series de televisión y obras de teatro, Raúl Arévalo se pone ahora detrás de las cámaras con Tarde para la ira, presentada en el Festival de Venecia el pasado 2 de septiembre y estrenada en los cines de toda España el día 9 del mismo mes.

tarde_para_la_ira_canica_filmsAntonio de la Torre, en Tarde para la ira (2016) / Imagen: La Canica Films/TVE.

Años y años acatando las órdenes de los mejores directores, empapándose de su manera de trabajar pero también de su bagaje y de los predecesores que los han convertido en quienes son: Sánchez Arévalo, Almodovar o Ruiz Calderón, entre otros. El propio Arévalo asegura que siempre consideró todos los proyectos de los que fue parte como un modo de aprendizaje. Y aprendió bien. Pero Arévalo no bebe solo de nuestros mejores directores cinematográficos del momento, pues si rascamos un poco bajo la superficie de la trama de la película veremos los rastros de Sam Peckinpah o de John Cassavetes y su realismo crudo.

Odio visceral, rencor y marginalidad son los ingredientes con los que Raúl Arévalo ha cocinado a fuego lento su primera película como director. Un proyecto que comenzó a fraguarse sobre 2008, cuando empezó a escribir la delirante historia de Tarde para la ira ayudado de su amigo David Pulido. Cerca de ocho años que han servido para perfilar de manera afilada a los principales personajes de su ópera prima, que cobran vida de la mano de un Antonio de la Torre que rezuma sed de venganza por cada poro de su piel; y un Luis Callejo que pone rostro a la marginalidad.

Un filme que vuelve a los orígenes, al barrio —la película se ha rodado entre Vallecas, Móstoles y Usera— para contarnos una de esas historias que a veces vemos en los informativos pero que solemos olvidar al rato de haberla escuchado. Con una trama compleja que se va simplificando conforme la película avanza, Arévalo trae a la pantalla una historia de violencia y venganza. Una narración cuyo enmarañamiento requiere de colaboración por parte de quien la sigue, pues el director se niega a poner en bandeja cuáles son los nexos de unión entre los personajes y las secuencias, por lo que es el espectador quien debe poner de su parte para comprender a unos personajes psicológicamente complejos e intuir cuál es la trama que construye la relación entre ellos, que no es desvelada hasta el final de la película. Grabada en formato 16 mm, Tarde para la ira es una película para tomársela con paciencia, si el espectador es capaz de superar los primeros quince minutos del filme, la trama lo irá llevando a través de la historia y sin darse cuenta acabará poniéndose del lado del malo de la película.

No hay bondad, no hay perdón, ni hay voluntad de resignación o de poner la otra mejilla. La historia de que cuenta Arévalo es la de una persona que ni perdona ni olvida. Todo aquello que desaconsejan los gurús de la psique humana que debe hacerse para lograr superar el luto que supone una pérdida. El protagonista es el malo de la película. Y sin embargo lo comprendemos, nos apiadamos de su sufrimiento, lo compadecemos y hasta nos ponemos en su lugar. Porque el odio es, probablemente, uno de los sentimientos más humanos que existen. Lo mitigamos, lo ponemos en un rincón e intentamos ignorarlo a diario, pero siempre está ahí. Odiamos, es así. Y Raúl Arévalo es capaz de demostrárnoslo con una película con la que nos hace ver que si viviéramos una situación como la de José, el personaje al que da vida Antonio de la Torre, nos encantaría mancharnos la manos de sangre y sentir el sádico placer de habernos tomado la justicia por nuestra mano. Es la bondad del malo de la película.

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