Funciones y disfunciones

El segundo intento de investidura a la presidencia de gobierno en lo que va de año ha venido a reforzar una serie de certezas del panorama sociopolítico español. Si en marzo fue el candidato socialista, Pedro Sánchez, quien probó el intento, en esta ocasión se ha atrevido, al fin, Mariano Rajoy, candidato del partido más votado en las últimas dos elecciones. El intento de investidura de Pedro Sánchez fue la escenificación de una farsa por todos sus actores asumida. El intento de Rajoy, después de que el Partido Popular mejorase sus resultados electorales coincidiendo con la imputación del propio partido por corrupción, constata que la farsa oculta realmente varias tragedias.

Rajoy no ha logrado salir investido presidente, a pesar del acuerdo alcanzado con Ciudadanos. El partido de Albert Rivera ha confirmado su condición de muleta, un papel de MacGuffin parlamentario cada vez más evidente, y por lo tanto, más intrascendente. Felipe González, adalid de la democracia vestida de sombras, elogió el movimiento de Rivera para ayudar a Rajoy. Los hombres de Estado siempre coinciden en el extremo centro que, como se sabe, está en la derecha. Con 170 votos a favor y 180 en contra, en las dos rondas de votación, el horizonte de una nueva convocatoria electoral, a finales de diciembre, cobra fuerza. 

Los debates del segundo intento de investidura del año no han generado la atención popular que tuvo el primero. Sí la mediática. El papel de los principales diarios de España ha sido memorable, pero no por su cobertura informativa, sino por el tono de sus editoriales. Entre todos, será de recordar el mandato de El País a Pedro Sánchez para que facilitase la investidura de Rajoy. Las razones esgrimidas para defender la conveniencia de una decisión así son ‘razones de Estado’. Nunca se especifica cuáles son esas razones, más allá de otras razones igual de abstractas o de falaces. Tan solo el impedimento de elaborar unos Presupuestos Generales actualizados, que no prorroguen los del curso anterior, se inserta en una lógica práctica. Sin embargo, el principal motivo por el que es necesario acabar con la temida anarquía de los gobiernos en funciones, es para salvar la democracia: “Entre toda esta confusión, lo primordial a nuestro juicio es impedir que los españoles tengan que volver a las urnas, algo que hay que evitar de cualquier forma. […] Decimos con toda claridad que forzar una tercera convocatoria de elecciones nos parece un fraude democrático de primer orden que no debe ser consentido. […] No se puede frivolizar con la idea de que se está mejor sin Gobierno: hasta un mal Gobierno es mejor que el vacío en el que vivimos desde hace ochos meses”. La posición de El País se expresa tajante. ¿Alarmante, propagadora de miedo? El miedo es siempre uno de los recursos favoritos de los poderosos cuando necesitan estabilizar sus intereses. Entonces votar es un riesgo democrático. 

El miedo es un seguro de triunfo en política. Tras la fallida investidura de Rajoy, sin embargo, la resignación y el descreimiento le toman posiciones al miedo. El anuncio de una posible convocatoria electoral en plenas navidades se recibió en la opinión pública con más cinismo que temor, por mucha alarma mediática sobre el riesgo que corría el sistema, de efectuarse dichas votaciones.

Se abre, tras el fracaso de Rajoy, un periodo de dos meses en los que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias podrían volver a intentar un cortejo que tuviera como padrinos a otras fuerzas parlamentarias, y que habría de contar por parte de Ciudadanos con, al menos, su abstención en una segunda votación. El éxito de un proceso tal traería nuevas lecciones sobre el particular sistema de partidos en España. La naturaleza de cada una de las cuatro principales fuerzas actuales permite imaginar uniones y encuentros tan dispares como mezquinos. 

Por si quedaba alguna duda, la última certeza que ha dejado el fallido intento de investidura de Rajoy llegó al término del mismo. Se conocía entonces que José Manuel Soria —que dimitió como ministro de Industria en abril al verse involucrado en los ‘Papeles de Panamá’ y gestionar con una mentira detrás de otra su vinculación con los casos de corrupción que tales documentos indicaban— había sido propuesto por el Partido Popular para que ocupe el puesto de Director Ejecutivo del Banco Mundial, que significa una retribución salarial de casi un cuarto de millón de euros anual, netos. No hay vergüenza, es así de simple. No hay vergüenza en asumir ni en generar escándalos tales porque para eso está el miedo, y los medios que lo propagan por ‘responsabilidad democrática’. 

El mismo día que terminaba el intento de investidura, 2 de septiembre, se conocían los datos del paro de agosto. España, desindustrializada y convertida en destino turístico, destruye empleo incluso en verano. El número de parados creció este mes de agosto de 2016 en 14.335 trabajadores, cuando se destruyeron 144.997 puestos de trabajo. La farsa a cuatro voces sigue, la tragedia real continúa. El problema no es de gobiernos en funciones o ‘malos gobiernos mejor que —supuestos— vacíos’, como desea El País. Sino de un sistema que, en funciones o no sus gobiernos, no funciona.

4 de septiembre, 2016.

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