Escala en Colonia

Tuve que hacer una escala en Colonia. Tenía seis horas antes de que saliera mi próximo vuelo, a las 12 de la noche, hacia un destino recóndito que no importa, porque lo que importa, en este texto —y en aquel viaje—, es —fue— Colonia. Aterricé en el aeropuerto de la ciudad más bella y antigua de Alemania a las seis de la tarde. Colonia comparte el aeropuerto con Bonn, por lo que además de la más bella y antigua ciudad se la puede considerar la más generosa. Dejé mi maleta de mano en una consigna para poder dirigirme a mi cercano y deseado destino. Pocas personas estaban al corriente de mi viaje, menos aún conocían mi itinerario con escala en Colonia, y nadie en absoluto sabía que aprovecharía esa parada técnica de seis horas antes de medianoche para visitar uno de los lugares más conmovedores e imponentes que haya visto en toda mi vida. Cuando los grandes lugares se visitan en secreto, o íntimamente, multiplican aún más sus dimensiones. 

Hohenzollernbrücke_Köln_Thomas_Wolz_CCPuente Hohenzollern / Foto: Thomas Wolf/CC.

Hacía una década desde la última vez que había estado en la ciudad, pero sabía bien por y a dónde debía dirigirme. Cogí el tren de cercanías hacia la Estación Central, pero con intención de bajarme antes de llegar, en Messe/Deutz. Y desde allí, caminar saludando al Rin, al Puente Hohenzollern y a la Catedral de Colonia, un trío majestuoso, de imponente belleza a cualquier hora del día, y de arrebatadora sugestión cuando cae la tarde y se hace la noche a su alrededor. Mi escala no podía haber tenido un mejor horario. Uno de esos lugares que parecen el centro del universo, aparentemente imperecederos, aunque lo sean, aunque sea seguro que habrá un tiempo en el que ya no estén —como ninguno de nosotros—, como fue cierto que hubo tiempos en los que no estuvieron o les faltó poco para desaparecer sin remisión.

Subir o bajar de un tren en la estación del aeropuerto de Colonia, bajo su hermoso y moderno techo de cristal no es lo mismo que coger o dejar el mismo tren en la vieja, pero bien cuidada, estación de Messe/Deutz. Su edificio fue construido en el siglo diecinueve y desde entonces varias veces remodelado, destruido, vuelto a levantar. Su fachada de piedra y cristaleras sosteniendo una enorme cúpula, y la breve pero elegante escalinata que deja a sus pies tiene el atractivo encanto de los lugares que trasciendes las épocas, como los hombres y mujeres que saben envejecer con dignidad, sin ocultar su edad, y resultan más bellos que en su juventud. Porque la juventud no es siempre sinónimo de lozanía, ni de virtud. Desde octubre de 1941, durante tres años, estuvieron saliendo de los raíles de Messe/Deutz los trenes nazis al campo de concentración de Theresienstadt. Allí, como en toda Alemania —lo sabe quien haya estado aunque solo sea un día en aquel país—, se respira un aire de consternada memoria.

HOHENZOLLERN_BUNDESARCHIVPuente Hohenzollern, 1945 / Foto: Bundesarchive.

Salir de cualquier medio de transporte en medio de una gran ciudad es el verdadero aterrizaje. El encapsulamiento nada más bajar al avión se diluye en cuanto al fin se pisa suelo firme bajo cielo abierto. Volver a respirar el aire de Colonia es una experiencia casi mística para quienes hayan vivido en la ciudad o hayan pasado allí el tiempo suficiente para instalar sus coordenadas en un lugar indestructible de la memoria. La primera vez que se coge fuerte aire en Colonia nada más pisar sus calles nuevamente se inspiran las risas de sus habitantes, los alemanes menos alemanes de Alemania. Se huele la jovialidad de sus gentes, tan característica. Por supuesto, es un sentido subjetivo, es decir, probablemente un delirio, y no un sentido. Algo irreal, pero que existe. Ese olor a jovialidad quizás sea, más terrenalmente, los humores de efluvios etílicos. Qué más da. A mí el aire de Colonia me huele a risa de sus gentes. 

Desde Messe/Deutz caminé rápido hacia el Hohenzollern. El espectáculo del Rin no se debe solo a su tamaño. Sus aguas arrastran milenios de historia. Más allá de ellas, la tierra fue un misterio doloroso para el poderoso Imperio Romano. El Rhenus era el límite, la frontera que marcaba el inicio del bárbaro norte. Según la luz del día, el Rin puede verse de un gris plateado, opaco, si el cielo está nublado, o puede proyectar un verde de ojos claros melancólicos, como el que pinta los arcos del puente, buscando conjugar con ese relucir mate del gran río. El Hohenzollern se beneficia de la profunda película del río, pero si bajo él no fluyeran aguas con milenios de historia, seguiría distinguiéndose con su alargado y achaparrado perfil, y contando con el especial atractivo que tienen todos los puentes ferroviarios. Su fortaleza natural y la importancia de su función les confiere un halo incuestionable de excepcionalidad. Los nazis, en su retirada, lo bombardearon y hundieron por completo. La foto de sus vigas sobre el río es la de un herido, pero no la de un cadáver. Es un héroe luchando, que sabe que renacerá de sus cenizas. Y lo hizo. El Hohenzollern, como todos los de su especie, se sabe importante. Sin embargo, no es arrogante, no se envanece de ello. No es una de esas celebridades que se niegan a echarse una foto con un admirador o lo hacen de mala gana, al contrario, es tan cercano que ha permitido que sus paseantes lo traten como a cualquier otro puente, con esa cursi moda de engancharle miles de candados. Es un maquillaje de dudoso gusto, pero el Hohenzollern lo luce con un imprevisto estilo. La elegancia, ya se sabe, no es una cualidad superficial, sino de fondo. No son colores ni formas, sino actitud. En cualquier caso, el colorido que los candados han introducido a su pasarela peatonal, desaparece ante el espectáculo de su iluminación cuando cae la noche. Me atrevería a decir que no hay dibujo de luces eléctricas más bello que el que se disfruta en Colonia, a las orillas del Rin, protagonizado por el Hohenzollern y la Catedral. 

Koln_Dom_DPAVista aérea de la Catedral de Colonia / Foto: DPA.

El paseo es mínimo en su recorrido. Desde que salí de la estación hasta que terminé de cruzar el puente habían pasado tres cuartos de hora, pero la distancia puede recorrerse en poco más de diez minutos, si el cometido no es meramente estar allí, sino que se transita de paso y cotidianamente. La Catedral de Colonia se levanta magnífica a pocos metros del río. Hay muchos caminos para ponerse a sus pies, pero a mí me gusta hacerlo dando un rodeo por la Estación Central y presentándome ante ella bajando por Komödienstrabe. Y así lo hice en aquella ocasión que me brindó una escala no buscada. Bajar por Komödienstrabe resulta especialmente recomendable si se visita la Catedral por la mañana, el sol se eleva a su espalda y ella se impone en el horizonte, sobre el resto de edificios que la rodean, todos bajos, de tres o cuatro plantas como mucho. Su presencia es inmensa. Fue durante mucho tiempo el edificio más alto del mundo. La palabra ‘imponente’ es el adjetivo que más se puede encontrar en cualquier descripción de ella, no por manido es menos adecuado. Existen pocas construcciones para la que dicho calificativo sea tan acertado, porque la Catedral de Colonia no se eleva, ni se levanta, ni figura, ni destaca. Se impone, sobre el río, sobre el puente, sobre la ciudad entera, sobre un horizonte que está más allá de ella. La vista de su fachada principal, con sus dos torres de más de ciento cincuenta metros de altura, asegura dolor de cuello, pero la fuerza de su presencia embriaga y anestesia cualquier molestia. Se comenzó a construir en 1248 y no se terminó hasta seis siglos después. No hubo de pasar ni un siglo, poco más de sesenta años, para que los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial le provocaran enormes daños. Con todo, se mantuvo en pie, imponiéndose una vez más sobre algo, en este caso, sobre la barbarie. Desde su altura contempló la ciudad destrozada. El paseo por su plaza, admirando todas sus perspectivas, hace que las manillas del reloj se detengan. Es un riesgo que hay que tener en cuenta, sobre todo cuando se tiene el tiempo contado y debemos asegurar nuestra presencia en otro sitio no mucho después. 

Colonia_soldado_americanoSoldado americano frente a la Catedral de Colonia, abril de 1945.

Conseguí estar de vuelta en el aeropuerto y coger mi avión sin problemas. Con la edad uno va perdiendo fuerza para la mayoría de las cosas, pero en algunos pocos lances se hace más fuerte, entre ellos, el de gestionar despedidas. Duele igual, pero cuesta menos despedirse de lo querido, porque se ha aprendido que la mayor parte de las veces, el adiós no es definitivo, aunque lo parezca. Regresé al aeropuerto en taxi, con una última imagen del puente Hohenzollern y de la Catedral de Colonia ya fulgurantes en la noche, una noche que olía a risas. Si alguna vez tienen solo unas pocas horas para estar en Colonia, no lo duden, rompan con la quietud de su espera y déjense atraer por los tres protagonistas indestructibles de esta ciudad.

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