En la Amazonía hay una ciudad

En lo más profundo de la Amazonía, donde los ríos de barro nacen, y los indios vierten sangre sobre sus ídolos de madera quemada, hay una ciudad. Una urbe de baldosas de obsidiana, tejados de oro y paredes de ladrillo rojizo cubiertas por la jungla depredadora.

En lo más profundo de la Amazonía, hay una ciudad. Eso al menos aseguran los borrachos, que se lo susurran a cualquiera que les invite a una copa, con la esperanza de que el alcohol les haga olvidar algún día; los locos, que lo escriben por el suelo y las paredes mientras aúllan los cánticos demenciales que retumban en sus sueños; y los aldeanos de mirada silenciosa y costumbres sencillas, que construyen sus chozas y sus vidas temiendo a lo que habita la selva. Todos te dirán que no vayas, que sería un suicidio, que esa urbe maldita es el hogar de extrañas apariciones, monstruos más allá de la comprensión y el entendimiento. Te hablarán de los barcos desaparecidos, de las leyendas locales sobre boas gigantes, árboles que devoran tripulaciones enteras, o mosquitos capaces de drenar a un hombre en segundos. Finalmente, y sin escatimar en detalles, te describirán los gritos que proceden de allí, que algunos tuvieron la desgracia de escuchar, y que antes de lanzarse por una ventana o dispararse en la cabeza entonaban frenéticamente: U-ka Shjaaa, U-ka Shjaaa…

Amazonas_ReutersAmazonas / Foto: Reuters.

En lo más profundo de la Amazonía, hay una ciudad. Dices eso en las cantinas de los últimos poblados de paredes caladas y chapa de uralita, hogar de los contactos más distantes con la civilización humana. Granjeros, madereros, cazadores de pelo blanco y piel morena, con el rostro marcado por las arrugas y las picaduras. Levantarán sus ojos de las cervezas, se mirarán entre ellos y todo quedará en silencio. Por supuesto, al principio todo el mundo se negará, te dirán que río arriba sólo hay salvajes y cocodrilos, que llevar el barco allá era una sentencia de muerte segura. Puede que alguno se ría, como si la posibilidad de ir allí no fuese más que un chiste malo. Pero tú insiste, insiste, e insiste más, hasta que aparezca algún patrón lo suficientemente codicioso o estúpido para desplazarte. Te costará caro, pero ya ibas preparado para esa eventualidad. No hay leyenda que un buen fajo de billetes no venza.

El barco zarpará, tal vez hacia algún afluente del Capajira o del Ubarú. Tu camino, sin duda alguna, será largo y peligroso. Si no quedáis encallados en alguna laguna de barro y madera podrida, podréis ser atrapados por alguna de las desconocidas tribus de orejas perforadas, y sacrificados a alguna deidad oscura. Si no os devoran los cocodrilos del tamaño de coches, puede que lo hagan las pantagruélicas constrictoras que cuelgan perezosamente de las copas de los árboles. Si no quedáis perdidos por haberos confundido de camino, y acabáis peleando por las últimas rebanadas de pan, os matarán el dengue, la malaria, el tifus, las fiebres diarreicas, los delirios o la locura.

Pero si sobrevives, si se da esa lejana posibilidad, verás entre la maleza unos muros púrpuras. Esos muros se convertirán en casas, esas casas en un pueblo, y finalmente una gigantesca urbe roja, negra y verde, de edificios de formas imposibles y alturas absurdas, refulgentes bajo el tono anaranjado del atardecer, conectadas al río por un embarcadero de piedra dorada, en el que el barquero no va a ser tan imprudente de quedarse. Pero una vez más, no escuchas a las miles de voces que desde tu conciencia claman que huyas, que te lances a las aguas marrones para huir de ese lugar abominable. Una vez más, no haces caso. Una vez más.

En lo más profundo de la Amazonía, hay una ciudad. Es el mismo mantra que susurras, una y otra vez, para saber si esas pirámides de vértices perfectos, esas escalinatas de obsidiana pulida, o si esas columnas onduladas son reales, o si llegar hasta ese lugar te ha condenado al fin a la locura más atroz. Unos horripilantes tótems te contemplan desde sus pilares de madera blanca, con los ojos clavados en tu mirada atónita, que trata de distinguir si esas protuberancias que tienen a sus espaldas son alas, o algo todavía más extraño. Te acuerdas entonces de que en aquellos libros arcanos que leías aparecían cosas muy parecidas, relatos perturbadores sobre las antiguas ciudades de R’Lyeh, la urbe sumergida donde duerme la bestia, o Irem, la de arenas perpetuas, y de sus moradores tan viejos como el tiempo mismo.

Pero tú, un joven racional, un arqueólogo de claros principios, no temerá ni mucho menos a las viejas leyendas. Tú viniste a por tu ciudad, la que susurran los ancianos, la que omiten los códices. Eso es lo que te motiva a encender tu quinqué, y a entrar en uno de aquellos templos devorados por la inmisericorde naturaleza.

Cuando entras, reparas en dos cosas: la gran amplitud de la estancia principal, y en las filas de antorchas que la iluminan, revelando las complejas formas geométricas gravadas en las paredes. ¿Cuánto tiempo llevan allí esas antorchas, y quién o qué las encendió? ¿Qué civilización pudo haber construido aquellos edificios, sostener el trabajo de esos artistas, crear una urbe de tal magnitud en un lugar tan en las antípodas de lo conocido?

Encuentras la entrada a un corredor, y penetras en sus profundidades, con la tenue luz del quinqué como único acompañante. Las superficies están recubiertas de intrincados jeroglíficos, cuyo significado desconoces, pero los bajorrelieves son lo suficientemente gráficos para que empieces a comprender. Ves a los que tienen cabeza de pulpo, a los que poseen aletas dorsales, adorando a gigantescos prismas que con su luz hacían crecer a los cultivos y a las ciudades. Contemplas a esos mismos acólitos arrojando a su progenie a un gran foso ardiendo, bailando alrededor de grandes postes con tótems, devorándose unos a otros en orgías de sangre y muerte. Ves a monstruos sin forma, patrullando las calles y devorando a cualquier desdichado. Todavía quedaban rastros de pinturas rojizas, doradas, ocres, negras, que se resistían a desaparecer en el monocromático tono de la piedra.

Sigues penetrando en las tinieblas, como un submarinista hacia el abismo. Vas perdiendo la cuenta del tiempo, te olvidas de comer, de dormir, de pensar. Las sombras de las paredes se hacen más exageradas y surreales, muñecos danzantes que habitan entre la dimensión de la luz y la de la oscuridad.  Los corredores se convierten en un hormiguero de caminos que se cruzan y se bifurcan por todas partes. Un riachuelo fluye a tus pies, para desembocar quién sabe dónde. Te fijas en que la vegetación va haciéndose cada vez más escasa, y no hay presencia de vida animal, y mucho menos humana.

Notas como el agotamiento mental te va pasando factura, que los pilares de tu realidad se tambalean a cada paso en el corredor. Escuchas cosas, unos cánticos procedentes de voces que sabes que no pueden ser humanas, ecos esquizofrénicos que pervivirán en tus pesadillas, porque sabes que son los mismos versos satánicos que emponzoñaron la mente del árabe loco Alhazred, el autor de esos textos arcanos que juraste no creer, y que acabaron por superarte. Tu paranoia va creciendo, ves miles de ojos mirándote desde todas partes.

Quién sabe cómo acabarás. Tal vez te encuentren los guardianes de la urbe, los que emiten esos cantos que gotean sobre tu sien, masas gelatinosas fosforescentes que te devorarán a la mínima señal de tu presencia. Pero puede que te devuelvan como una babosa gigantesca y sin conciencia, con el regalo de la vida eterna, para que te unas a la vigilia por los dioses pretéritos que poseen esa ciudad.

Tal vez encuentres otra cosa. Una puerta, una ventana, un enlace a otra parte. Desaparecerías en la inmensidad estelar, bailando por los siglos y los milenios venideros al son de las flautas de los Primordiales, de las melodías entonadas por dioses antiguos e incomprensibles.

Pero acabarás en una celda, perturbado y maldito. Te habrán encontrado en algún meandro, tiritando, con sangre de animales en tus labios, gritando que en lo más profundo de la Amazonía hay una ciudad, una urbe de ladrillo rojo y suelos de obsidiana, y otras expresiones que sonarán inconexas y absurdas, menos para los locos y los borrachos. Cantarás, cantarás hasta que tu garganta se quede sin voz, porque al fin has comprendido la verdad última, la temida revelación que destruiría la conciencia del individuo más fuerte. Cantarás, hasta que tus gritos queden ahogados y pasen a ser aullidos mudos. Cantarás, con una sonrisa en tus labios, con los ojos inyectados en sangre, el nombre de la aquella ciudad perdida en la selva, cuyo recuerdo te ha poseído, y ya nunca más te soltará: U-ka Shjaaa, U-ka Shjaaa, U-ka Shjaaa, hetep wadjeru. Gloria a lugar donde hasta el tiempo morirá. ♦︎

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