Eh tío, es Little Richard

     —Oye tío, ¿qué coño le pasa a la radio?

     —¿Por qué lo preguntas?

     —Joder, porque no hay una mierda que merezca la pena. Atentados, bombas, violaciones, asesinatos… y menuda basura de música. Me dan ganas de lanzarme por la ventana.

Habría sido un gran espectáculo que lo hubiese hecho. A más de 120 kilómetros por hora todo lo que se podría recoger de mí no sería más que una pulpa roja y viscosa.

     —Pues abre la puerta y lánzate. La verdad es que el asunto está como para tirarse.

El asunto estaba para eso y mucho más.

robert_frank_cantor-arts-centreFotografía de Robert Frank, Cantor Arts Centre.

No sé exactamente qué hora era, quizás algo más de las doce de la noche, y desde la autopista se acercaban las bombillas de las farolas de otros ambientes, trayendo el olor a esa mezcla de pintalabios, tabaco y perfume. La noche se encargaba de dejar presente que no había mucho que hacer ni mucho por lo que luchar, pero ahí estábamos nosotros, y, como dije antes, la cosa estaba para lanzarse en el depósito de gasolina suicida del asfalto. Riders on the storm.

     —¿Esto es normal? ¿Es normal que suene esto?

     —Joder, quita esa mierda, por dios, haz que pare.

No sabría describir el grado de degeneración que conllevaba mantener el dial un solo segundo, era algo verdaderamente espantoso.

     —Quita la radio, que le den por culo.

     —No. No puede ser eso.

     —¿Pero estás oyendo lo mismo que yo? Dime que sí.

     —Te digo que sí, pero no voy a perder la maldita esperanza. Algo tiene que haber.

No había nada, así que finalmente apagué el maldito aparato y los otros dos que había en el coche comenzaron a hablar de temas a los que no presté demasiada atención. Yo miraba por la ventana las lucecitas pequeñas alrededor de la autopista. Estaba todo plagado de ellas y no había manera de esconderse de las alcantarillas o del caucho de los neumáticos. Por un momento sentí la necesidad de quemar todo el campo verde. Necesitaba destruir todo aquello que no fuese humano.

     —Tío, las malditas cajas automáticas van a sustituir a todas las personas, vamos a perder empleos, la economía desaparecerá y crearemos una sociedad para las máquinas.

     —El progreso es eso, no trabajar y tenerlo todo hecho antes de que lo necesites. Ese cuento de que las máquinas van a sustituir al humano lleva rodando desde aquellos marxistas del siglo XIX.

     —¿Cómo se sostendrán las economías? ¿Qué me dices de los malditos coches que se conducen solos?

     —Los coches automáticos no llegarán a ninguna parte. Conducir a fin de cuentas es un placer, un gusto para el que posa sus manos sobre el volante o pisa el acelerador hasta el fondo.

Justamente a él le supondría un placer conducir si no fuera por la maldita música que había en la radio. En ese momento, él mismo, el conductor, me miró y me preguntó “qué piensas” como extrañado por mi ausencia y mi silencio.

Yo pensé por un segundo sin dejar de mirar por la ventana.

     —Pienso en los caballos.

     —¿En los caballos?

     —Sí joder, coches automáticos y toda esa mierda. Los caballos se van a morir todos. No habrá más caballos jamás.

Me miraron ambos, presentí sus miradas sobre mí, y se hizo un corto silencio en el que o bien pensarían lo que les dije, o puede que se mirasen entre ellos esperándose alguna respuesta.

     —Pues tiene razón.

     —Sí y no, los caballos están asociados a ciertos deportes y a cierta escala social. Los caballos son desde siempre un símbolo de poder, y además dan bastante pasta.

No me habían entendido, no entendían ninguna palabra que salía de mi boca, pero tampoco ponía las cosas fáciles para que lo hiciesen. Ellos siguieron hablando sobre algo relacionado con aquello y yo seguí pensando en los caballos. Wild horses.

Comencé a pensar, a su vez, en poner la radio de nuevo, pero no quería arriesgarme a sufrir de nuevo el azote de esa maldita enfermedad. Era como si de los altavoces surgiese un puño que nos atravesase el estómago varias veces.

     —Joder no encuentro la salida. ¿Nos habremos perdido?

Era difícil saberlo porque nunca habíamos ido al lugar al que se suponía que queríamos ir, así que no lo sabíamos ninguno.

     —¿Cuánto combustible tiene el coche?

     —Pues no demasiado.

No podía ser. El muy cabrón siempre llevaba el coche prácticamente al mínimo, pero yo confiaba en él, siempre lo he hecho y siempre las cosas seguían un transcurso propicio cuando era él quien tenía los mandos bajo su control. Era una especie de bendición lo que él tenía.

     —No os preocupéis, todo saldrá bien.

Intentaba que nos calmásemos, pero tampoco era algo que nos ayudase demasiado. Más bien todo lo contrario. Lo habíamos visto fracasar miles de veces, y esta podía ser otra. No sabíamos si su buena suerte al volante era una simple triquiñuela que precedería a la gran tragedia.

     —Todo saldrá bien pero ni sabemos exactamente a donde vamos ni tenemos combustible. Todo saldrá bien, sí.

Yo volví a pensar en aquellos caballos muertos. Joder era terrible todo, incluso la radio era terrible. No teníamos nada.

     —Hijoputa, la próxima vez vamos en tu coche, cabrón.

El acusador rió. El conductor tenía razón, siempre íbamos en su coche, de hecho creo que nunca ninguno de los dos me había visto conducir en aquel momento. Yo tampoco había visto conducir al acusador.

Se hizo un pequeño silencio de unos minutos en el coche. El rugido del motor era el testimonio único de las líneas blancas de la carretera. El conductor miraba los carteles nervioso, y cruzaba sus ojos con la flecha que marcaba el nivel de combustible. Empezó a sudar, pero yo seguía pensando en esos cadáveres de caballo.

“No penséis tanto”, les dije. “Pensar nunca ha sido algo que haya traído grandes cosas”. Ambos obviaron lo que les dije. Comencé a mirar la radio apagada pensando en lo bien que vendría algo de buena música, de esa buena música que relaja y te suaviza la musculatura mientras lo sientes, sientes como tu cuerpo responde a esas armonías.

     —¡JODER, JODER, DIOS!

     —¿Qué te pasa?

     —¿Estás bien?

Nadie conseguía entenderme, me miraron buscando en mi rostro algún tipo de respuesta. Yo notaba mi cuerpo sobresaltado y comencé a golpearlo todo, sin control.

     —¡PUTA MIERDA, PUTA MIERDA, JODER!

     —¿Te encuentras bien?

     —NO ME ENCUENTRO PARA NADA BIEN, JODER. ¡TIENE QUE HABER ALGO QUE MEREZCA LA PENA EN LA MALDITA RADIO!

     —Sí, sí, sí. Pon la radio, pon la radio. Pero te doy cinco minutos. Después de eso, si no encuentras nada, la quiero apagada, no quiero escuchar mierda.

Encendí la radio y comencé a buscar. Ellos me tomaron por loco, lo sé. Sé cuándo se me toma por loco, no soy ningún estúpido, pero en ese momento la vida me iba en ello, aunque no había manera alguna.

     —Oh, el coche se va a quedar sin combustible en poco rato.

     —Qué dices, no puede ser.

     —Lo es.

El conductor comenzó a reírse sin control, resignándose a lo que estaba a punto de suceder.

Yo seguía buscando. Cambiaba las emisoras concienzudamente, varias veces, y las mantenía entre cuatro y ocho segundos con la esperanza de tropezarme con algo realmente bueno, pero era un fracaso perpetuo, una conquista de la nada que no hacía más que empañar los cristales de desesperación. No estoy siendo para nada exagerado, era realmente así.

     —Un momento, esta es la salida, estamos salvados. Joder, menuda suerte. ¡ESTAMOS SALVADOS!

En ese momento lo encontré. Estábamos definitivamente salvados. Eso sí que era suerte.

     —¡Joder tío, es Little Richard, el puto Little Richard! ♦︎

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