Discurso de las armas… y las ciencias

Se olvidaba Don Quijote de probar bocado en la cena a la que también concurrían la volatilizada princesa Micomicona –para pesadumbre de un Sancho mohíno–, Luscinda, Cardenio, don Fernando, la recién incorporada Zoraida que querrá ser María, el embozado caballero y, cómo no, los incombustibles palafreneros del seso de Don Alonso: el cura Pero Pérez y maese Nicolás. Se olvidaba, decíamos, de tomar siquiera una pequeña colación porque había encontrado un auditorio excelente, mesurado y entendido pero variado no obstante, ante el que exponer comparativamente, como en un ejercicio de retórica clásica calculado sobre el paradigma del buen orador, las vicisitudes y esfuerzos que requieren el ejercicio de las armas y el de las letras. Si las calamidades del estudiante sin nombre al que pone como ejemplo (aunque bien podría aquél ser Pablos o el resto de sopistas mejor o peor predispuestos a los libros) no son desdeñables (el frío y el hambre encabezan el listado), las penurias del soldado aventajan a las del futuro bachiller o licenciado, pues sólo se soportan por la gloria prometida… que casi nunca llega, por cierto, al soldado de a pie –que también fue Cervantes–. Don Quijote, que abomina de la artillería y el modus operandi de la guerra de la pólvora, tan contraria a la gentileza idealizada del patrón de la caballería, se proclama firme defensor de las armas y la condición del soldado heroico que ofrece su vida por la paz, aunque paradójicamente a ésta se acceda a través de la sangre vertida y la ceniza de la devastación.

quijote_galeotes_doreDon Quijote le habla a los Galeotes / Grabado de Gustavo Doré.

La sangre y la ceniza (o M.S.V. invirtiendo el orden de los sumandos, propiedad conmutativa de la Literatura) es el texto vigoroso que a finales de los sesenta plantea Alfonso Sastre, como recogiendo el testigo que casi treinta años antes había portado la contundentemente poderosa Vida de Galileo, con la que Brecht cuestionará (como lo ha seguido haciendo hasta hace pocas semanas al subirse a las tablas del teatro Valle-Inclán) la represión y la mordaza a que el totalitarismo de las armas, esgrimidas por infinitos soldados con su idea, una y trina, y de cualquier naturaleza, reducen a la Ciencia. Y a las Letras. De haberse situado don Quijote en una loma parecida a la que le sirve de estrado ante los ejércitos vedijosos de Alifanfarón o Pentapolín, ¿habría entrado en la batalla singular entre quienes se propusieran silenciar el pensamiento, pues les es una amenaza, y quienes desde el análisis y el estudio, la lectura y la escritura, presentan la batalla más mediata, la que aspira a progresar, al desarrollo, a la felicidad sensata que reporta la libertad del conocer y decidir? ¿Por quién habría tomado partido? Las armas defendidas por Don Quijote no serían ni las de fuego –él, que es puro anacronismo físico–, ni las de la amenaza y la extorsión, las del anatema ante la afirmación herética de Galileo que esgrime la prelatura, las armas de la exhibición de los tormentos que disuaden al prudente que se ve en ellas –él, Don Quijote, que es puro anacronismo intelectual para su siglo–. Las armas son plurales, las hay que se utilizan en el campo de Agramante (y a ellas se refiere Don Quijote), y las hay sutilmente añadidas: las sibilinas armas del terror, del dolor, de la celda, el arma del fuego que prende en leños verdes como los usados en las hogueras de Giordano Bruno, tan insistentemente recordado a Galileo, o de Miguel Servet. La libertad, obsesión global de Don Quijote, es hija de la paz, mas no de aquélla que las armas garantizan. Don Quijote hubiese auxiliado denodadamente al físico, al matemático, al astrónomo, al teórico y al práctico, al a su modo filósofo, y visionario y libre Galileo. Al circunspecto, al concentrado, al erudito, al experimental, irónico y apasionado médico cojo Servet, a quien se le niega toda defensa, toda audiencia. Brecht y Sastre, dramaturgos comprometidos y profundamente renovadores en su concepción del texto espectacular, distanciados en el tiempo y el espacio, el contexto y la cultura que los circunda escogen como columnas vertebrales de sus obras a sendos Faustos consagrados a la investigación… pero reales, sin ápice alguno de raíz folclórica o legendaria. Galileo y Servet emergen de la Historia misma recibiendo de manos de quienes los transforman en emblemas de la investigación y la filantropía radicadas en la ciencia, la adhesión incondicional de quien, no entendiendo, confía y sabe de la bondad suprema de sus cavilaciones en la señora Sarti, y de quien ha de verse identificado necesariamente con Villanueva-Servet en la figura de Sebastián de Castellión. Los procesos, oscuros y siniestros, arbitrados por la curia de maniquíes deshumanizados entre quienes deambula Calvino e instigados a su vez por la ignorancia y el pánico a que toda idea preestablecida pudiera ser revocada, finalizan de modos vitalmente distintos: la Ciencia, que cobija generosamente a las Letras, ha sido condenada a reclusión perpetua con Galileo. No ocurrirá así en la República de Ginebra, que en el cuadro IV prepara el brasero entre “máscaras de terror o de risa”. “La sentencia dice quemado vivo, Miguel”.

El dogmatismo también tenía sus armas. Mas no eran las de Don Quijote, de quien presumimos, se habría lanzado al campo de batalla pertrechado con la lanza y la adarga de la palabra y la razón, defensor él, lector inquebrantable de todo, de las Letras y las Ciencias, de Galileo y de Servet y tantos otros. Porque, sin embargo, se mueven.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies