Diana Krall, cuando el jazz se vuelve ‘mainstream’

Diana Krall, Festival de Jazz de Montreal 2011. Foto: Denis Alix.

Una mujer ha conseguido acercar a las fauces de las mayorías aquello que en su día alguien calificó de música de los salvajes. La historia dice que el jazz, en toda su dimensión, nunca ha sido de fácil digestión. Su fraseo atraganta y su imprevisibilidad recuerda a esas sofisticadas catas de vino en las que siempre se bisbisea “aquí hay algo que se me escapa”. El siglo XX no estaría de acuerdo, pero el XXI sabe que el jazz es asunto de minorías y de penurias. Sin embargo, esa mujer, la de la melena rubia, la de los 5 Grammy y los 9 discos de oro, la que en su día aceptó el envite de ser tez desteñida de un género negro, la de la voz sensual y limpia con la que un primitivo burdel de Nueva Orleans pasaría por café society, ha conseguido que los términos “superventas” y “cultura de masas” se asocien con la contemporaneidad del jazz.

Los últimos 20 años son de ella. Ningún otro jazzista ha vendido tanto durante este tiempo. Dicen que su éxito va mucho más allá de su virtuosismo al piano. Que el aplauso a su figura es algo más que una consecuencia de su atractivo y de su elegante tesitura de contralto. Que sabe cómo funciona eso de mostrar integridad sin miedo a pasar diversos géneros por la batidora o a incluir artistas tan dispares como Frank Sinatra, Carmen McRae y José Feliciano en su lista de influencias.



Diana Krall (Nanaimo, Canadá, 1964) puede ser Nina Simone, Paul McCartney o Tom Jobim. Lo dice su discografía, que, entre homenajes a Nat King Cole (All for you, 1996) o versiones de The Mamas & The Papas y Crowded House (Wallflowers, 2014), engloba hasta siete décadas de música. Los resultados de su trayectoria han sido tan excepcionales que los estigmas de este arte afroamericano no funcionan con ella. Seguramente, porque ha sabido traspasar sus fronteras y abrazar la herejía del pop o la bossa nova sin descuidar su identidad. Su singularidad le ha valido para ser eje central del actual resplandor femenino del jazz, donde orbita la sangre renovada de otras como Jane Monheit, Norah Jones o Melody Gardot. De esa estela, ella relumbra con tal fuerza que ni su matrimonio con Elvis Costello sirve de combustible para que el machismo más pétreo menosprecie sus méritos.

Su carrera arrancó una noche de principios de los 80, en la que el bajista Ray Brown la descubrió en un pequeño local de Nanaimo. De esa mentorización, que duró hasta que él falleció en 2002, una dama del jazz emergió con las mejores lecciones. Incluso con las más humillantes. Las que ponen la exigencia de la humildad a la altura de la perfección musical. Nunca olvidará la frase de Ray cuando creyó poder verle tocar gratis en el Blue Note de Nueva York: “puedes comprar una entrada para que sepas lo que se siente al trabajar duro para pagarla”.

Con más de 15 millones de discos vendidos y con la crítica a sus pies desde que debutó en 1993 con Stepping Out, a Krall aún le falta para entrar en ese Club de la Serpiente donde están los más grandes; Miles Davis, el Picasso del jazz, Ella Fitzgerald, la voz eterna, Buddy Bolden, contigo empezó todo… Su vida no está incluida en la hueste de la perdición a la que pertenecieron muchos de ellos. Y eso le resta leyenda. Nunca ha emulado los devaneos de Charlie Parker con los narcóticos ni ha tenido que ponerle precio a su sexo para sobrevivir como Billie Holliday. Pero sí ha conocido pequeños resortes de la esencia jazzística. Entre ellos, vivir un tiempo en los suburbios de Los Ángeles y pedir referencias de Brown en una servilleta de papel o de su otro mentor, Jimmy Rowles, con un garabato que él dibujó de sí mismo en un formulario.

Las apariencias no aciertan con ella. No es una artista atrincherada en su imagen de femme fatal, aunque a veces gaste mirada de Resting Bitch Face y ese tono susurrante que se entrena para seducir en una primera cita. Diana Krall admite que ya no luce la coquetería y adustez con la que aderezó su juventud en la Escuela Berklee de Boston o la agitación en su etapa neoyorquina al frente de su propio trío de jazz. Ahora es una Marlene Dietrich impensada a la que ya no le intimida el éxito, que se divierte, entre canción y canción, explicando a su público los pormenores de hacer giras con sus hijos y que no le gusta conducir sin que suene Puccini. La muerte de su madre le llevó a querer volcar la peor de sus tragedias a donde la vida se canta para componer uno de sus discos más emotivos, The girl in the other room (2004).

Y a pesar de esa configuración, nunca se ha desprendido de su rol de dominatrix con el que reaviva sus 50 sombras cada vez que interpreta canciones como Peel Me a Grape (Love scenes, 1997): “Déjame en el regazo del lujo/ Brinca cuando grite/ Salta cuando dé un chasquido/Cuando yo diga ‘hazlo’, salta a por ello”. Diana Krall es aquella mujer que despidió un milenio pasando de revelación a prodigio. Su álbum When I look in your eyes (1999) se cobró la popularidad que el jazz reclamaba. Tanto que hasta el cine entró a formar parte de su biografía, cuando Clint Eastwood atemperó su película Ejecución inminente con su música.

Si algún día el celuloide se centrara en su vida, podría contar que al jazz no le importa caerse de la silla si quien está enfrente es Diana Krall. Diría que es su Greta Garbo, su Ninotchka. Esa que no engaña, que no se entrega a excelsas dotes expresivas (que no tiene),  y que, cante lo que cante, todo suena muy parecido. Pero si ella sonríe, el jazz sonríe, porque pocos de su género contagian a las masas como la canadiense. El jazz, ese género espigado entre colectas de algodón, es, con ella más que con nadie, víctima de una de las mayores frustraciones de Duke Ellington: “la deberíamos llamar música de negros, pero ahora ya es tarde”.

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