‘Delicatessen’, la ternura tras el apocalipsis

Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro habían dirigido dos cortometrajes juntos nada más comenzar la década de los 80: diez minutos de animación uno —Le manège (1980)—, y veinticindo de ciencia-ficción postapocalíptica el otro —Le bunker de la dernière rafale (1981)—. Después de aquello, nada durante diez años, aparte de un par de cortos mínimos, por separado. Los años sin entreno no hicieron mella en el tándem, sin embargo. En 1991 debutaron en la larga distancia cinematográfica con una de las historias más singulares del cine moderno, un cuento retrofuturista de atmósfera —de nuevo— postapocalíptica, que haría las delicias de propios y extraños: Delicatessen.

delicatessen-ugc-hachette-premiereDelicatessen (1991) / Imagen: UGC/Hachette Premiere.

En el mundo algo terrible ha pasado. El alimento, y en especial la carne, escasean. El dinero no existe, la moneda de cambio son cereales y legumbres. Una bruma plomiza rodea ese mundo en ruinas. En uno de los edificios de esas ruinas convive una comunidad de vecinos caníbales. Un carnicero de sádica risa provee de carne humana a la malsana comunidad de ese bloque ruinoso, uno de tantos, abandonado a su suerte en medio de un descampado. Es allí a donde llega Louison, un payaso de circo que se ha quedado ‘viudo’ de su compañero y amigo Livingstone, un chimpancé. Lo han matado, para comérselo. El anuncio de una habitación con ventana al sur a cambio de trabajar como hombre de mantenimiento del edificio es el reclamo para los desdichados que han de convertirse en filetes. El payaso Louison, con toda su inventiva, se aloja sobre la carnicería. Es poca cosa, no tiene mucha chicha, pero es lo que hay, piensan el carnicero y sus vecinos. Él, ingenuo pero ingenioso, audaz y resistente, carismático como él solo, se enfrentará a un destino aciago. ¿Con qué suerte? El plato está servido.

Jeunet y Caro ofrecieron una historia triste y cómica, en la que es imposible reír a carcajadas, que solo permite una sonrisa melancólica. Es un cuento. Y como tal combina lo tenebroso con lo tierno. Luz y sombras. Piso por piso en el bloque de Delicatessen están todas las células familiares posibles: el matrimonio con hijos, los hermanos solterones, el matrimonio de antiguos ricos decadente sin hijos y con esposa en depresión crónica, el anacoreta que no sale del sótano, la mujer soltera y el avaro comerciante con una hija descastada, y la hija descastada pero mantenida. Louison se ha quedado sin familia, muerto Livingstone. Él está solo ante esa comunidad que es una familia en sí misma, unida por un secreto espantoso. Luz y sombras que se definen según muestras de humanidad. Louison, el recién llegado, es pura luz, todo en él es optimista, hasta en la tristeza fuerza una mueca risueña, por el recuerdo de una felicidad pasada. Humanidad en el hombre viejo enamorado de una mujer destruida en su fuero interno. Humanidad en la joven que se niega a seguir participando de la farsa y del crimen. Humanidad en la mujer que deja de venderse. Humanidad en esa extraña resistencia organizada que lucha subterráneamente contra el orden establecido. Humanidad de dos niños traviesos que se quedan obnubilados ante la belleza. La cantidad de secuencias con identidad propia, con desarrollo dramático de cuento dentro del cuento, anécdotas imperecederas que escenifican Jeunet y Caro inmortalizarían Delicatessen aunque fueran su único acierto. La secuencia de las pompas de jabón, la del ‘australiano’, el recital de música de sierra, la orgiástica coreografía de ruidos cotidianos, o todos los intentos de suicidio fracasados son momentos mágicos de la última edad del cine.

Delicatessen es un triunfo de la identidad de autor. Cada aspecto técnico-artístico del film ofrece rasgos distintivos. El guión se significa en su estructura, clásica, de coral de gran reparto, aunque esté dirigida por un gran personaje protagonista, con un manejo magistral del paréntesis para desarrollar un número propio, secuencias que paran el motor de la historia general para disfrutar durante un instante de otra historia o de un divertimento mágico. La planificación de Jeunet y Caro reproduce el estilo habitual del cine fantástico, con contrapicados, primerísimos primeros planos y grandes angulares, una cámara que se mueve libre en travellings y vuelos imposibles, pero la fotografía de Darius Khondji le otorga al conjunto un color propio. Ese tono plomizo, amarillento, como de cuerpo en descomposición o de atardecer encapotado, contribuye a la característica atmósfera de la película. Incluso el casting resulta seña de identidad: Dominique Pinon —Louison—, Jean-Claude Dreyfus —el carnicero— o Marie-Laure Dougnac —Julie, la hija del carnicero— comparten unos mismos rasgos insólitos, gestos de asombro y costumbre para un mundo surreal.

En Norteamérica, Delicatessen se estrenó con un sobretítulo que decía ‘Terry Gilliam present’. Tal era la admiración de sus creadores por el cine del Monty Python, que decidieron rendirle ese homenaje. Sin duda, la atmósfera de Delicatessen es deudora —y superadora— de la imaginería que Gilliam desarrolló en Brazil (1985) o Las aventuras del Barón Munchausen (1988). En el siguiente film del dúo francés, La ciudad de los niños perdidos, la influencia de Gilliam se volvió mucho más patente. Era el año 1995, el mismo en el que el director de El Rey Pescador (1991) estrenó su obra más famosa y comercial, 12 monos, inspirada en el mediometraje de Chris Maker La Jetée, una de las cumbres absolutas del cine de ciencia-ficción postapocalítico. Sería, por desgracia, también la última vez —hasta la fecha— que el tándem Jeunet-Caro produjese un trabajo común. Sus carreras se separaron, destacando sobre manera la de Jean-Pierre Jeunet, mundialmente aplaudido por Amelie. Marc Caro solo ha firmado desde entonces, como director y guionista, un título, Dante 01. El brillo oscuro y los hermosos parajes claustrofóbicos que crearon Jeunet y Caro juntos no reaparecieron en sus obras por separado. La marca de sus nombres unidos son hoy uno de los signos de la delicatessen cinematográfica.

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