Del control y la libertad (‘Night Beat’, de Sam Cooke)

Sam Cooke. Cuando hago memoria de cómo y cuándo me inicié en el soul el nombre de Cooke aparece en letras mucho más grandes que cualquier otro; en lo alto, como en un luminoso gigantesco a la entrada de un club cuyas bombillas se encienden y parpadean al pronunciar el nombre sonoro, deslumbrante de Sam Cooke.

Una recopilación suya fue el primer disco de soul que compré. Yo tenía 14 años y me costó tres perras. Bajo el título genérico de You Send Me, el elepé reunía una selección de sus principales éxitos pop: Wonderful WorldOnly Sixteen, Summertime, Everybody Loves to Cha, Cha, Cha… El artefacto, con un retrato del apuesto cantante en la portada sonriendo como si tuviera el mundo en sus manos, me fascinó: lo machaqué una y otra vez en una de aquellas abominables torres compactas de plástico rígido —un equipo de marca Philips y pésimo sonido que llegó a mi habitación cuando mi padre adquirió otro para el salón con reproductor de CD—, y poco tiempo después decidí invertir en una caja de tres elepés que tenía localizada en una tienda de saldos de mi ciudad. Escuché regularmente esos tres vinilos durante años, vinilos que repasaban, además de la etapa pop, el período gospel del artista. Desgraciadamente, presté aquel box-set y me quedé sin él, pero muchas de sus canciones impresionaron para siempre mi memoria musical, y sin duda sembraron en mi gusto un algo que años después florecería cuando me interesé más rigurosamente por el rhythm & blues.

sam-cooke-gettyimagesSam Cooke, 1959 / Foto: Michael Ochs Archive/Getty Images.

Entre esas canciones, en su momento me arrebató particularmente I’ll Come Running Back To You. Recuerdo haberla citado durante años como “mi canción preferida” de Cooke, y haberla incluido en un montón de aquellas cintas recopilatorias que los chavales grabábamos a los colegas y las novietas por entonces. También recuerdo haberla cantado infinitas veces en mi leonera adolescente, sobre el sonido que escupían los altavoces, pues fui capaz de sacar la letra y aprenderla —eh, chavalada, estamos hablando de la era pre-internet, las cosas no eran tan fáciles como ahora—.  Que yo quedara prendado del tema no guarda misterio, lo mismo le ha sucedido a millones de personas desde que fue número 1 en las listas de música negra cuando se publicó en el año 57. Pero el caso es que la canción le abrió las orejas a un chaval que a mitad de los 80 las tenía cerradas a todo lo que no fuera el pop más guitarrero, la nueva ola y el punk. La magia, claro, estaba en la voz asombrosa del cantante, en esa facilidad con que dibujaba las melodías y erizaba de sentimiento las palabras con su prodigioso fraseo, y en la posibilidad de identificarse, siquiera inconscientemente, con el catálogo de sutiles emociones que aireaba la canción, tan simple como llena de matices gracias a la interpretación sublime Cooke.

Muchó más recientemente decidí revisar con calma a Cooke, y acudí para ello a uno de los críticos que mejor conoce la obra de ‘Mr. Soul’, el escritor estadounidense Peter Guralnick. Utilizando un par de libros suyos como guía —el fundamental Sweet Soul Music y Dream Boogie: The Triumph of Sam Cooke—, fui adquiriendo poco a poco la discografía de Cooke, álbumes en su mayoría excelentes, entre los que destaca por su particular hondura el disco al que se orienta este artículo, el maravilloso, impresionante, enmudecedor Night Beat (1963).

La carrera de Cooke —que era hijo de un pastor y empezó, cómo no, cantando con sus hermanos en la iglesia— está dividida en dos grandes etapas: una gospel, como voz principal de The Soul Stirrers, y otra pop, que convirtió a Cooke en un ídolo también entre el público blanco y lo llevó a vender millones de copias de sus sencillos. En ambas facetas, la voz cariciosa e irrigada de sentimiento de Cooke solía estar arropada por un nutrido coro y una banda de instrumentistas asimismo numerosa. Pero poco antes de morir en circunstancias tan extrañas como estúpidas —Cooke fue asesinado con 33 años, cuando estaba en la cima de su carrera—, el autor de la inmortal A change is gonna come sintió la necesidad de grabar un disco íntimo, en clave de blues, con el mínimo acompañamiento instrumental —algo completamente excepcional en su carrera— y con su voz incomparable en un destacadísimo primer plano: el resultado es un álbum sobrecogedor, en el que la sensibilidad de Cooke resulta quintaesenciada: treinta y pico minutos desbordantes de emoción y nocturnal belleza, y servidos con la apostura inigualable del artista nacido en Clarksdale, Mississipi.

sam_cooke_night_beatEl disco se grabó en tres noches. En las notas que Guralnick incorpora a la reedición, cuenta Jess Rand, el manager de Cooke, que en la grabación se procedió como era habitual en sus sesiones: antes de atacar la pieza, Sam tarareaba a cada músico y nota por nota lo que debía hacer con el instrumento, las partes rítmicas, la pauta de los solos, la totalidad de los arreglos, y una vez que los músicos lo tenían, se daba paso a la grabación. Realizada la toma, Cooke regresaba a la cabina para escucharla por los monitores con los ojos cerrados y su cigarrillo en los labios. “Sam sabía exactamente lo que quería (…). Siempre sentí que estaba escuchando algo que nadie más podía oír”, dice textualmente Rand. Esta manera de trabajar hace que Night Beat suene a Cooke por los cuatro costados, a pesar de contener muchas más versiones y ser la producción mucho más austera de lo que en sus discos era habitual.

El álbum es una obra conceptual que gira en torno a la desdicha y la desesperanza de la que toca disfrutar en su conjunto, teniendo en cuenta que la pieza final, el Shake Rattle & Roll que popularizara Joe Turner, se descuelga por completo de la colección —aunque no se entiende su inclusión, se agradece que ocupe la última posición—. En lo que a la producción y arreglos se refiere, el álbum es de una elegancia insuperable, alumbrando húmedamente la escena de una pequeña banda blueseando en un pequeño club. Los ejecutores son renombrados músicos de sesión, entre ellos Billy Preston —órgano—. Pero sin duda el instrumento que encierra la clave de Night Beat es el piano de Ray Johnson. Merece la pena poner atención al excelso trabajo de Johnson, principal iluminador de la atmósfera de noctámbula y reflexiva soledad por la que transcurren los treinta y pico minutos del disco, y puerta dimensional que permitirá definitivamente al oyente entrar en la estancia que construye la música maravillosa que contiene.

La colección alterna piezas inclinadas al gospel con otras más cercanas al blues. Entre las primeras, Nobody Knows the Trouble That I’ve Seen —una working song tradicional—, o dos de las tres que en total firma el propio Cooke, Mean Old World —canción que ya había grabado anteriormente con los Soul Stirrers—, y You Gotta Move. Entre las de patrón más bluesy, figuran la desgarradora I Lost Everything —una debilidad personal—, Get yourself another fool o el Trouble Blues de Charles Brown, con ese tarareo marca de la casa que se resuelve en una intro sencillamente magistral.

Pero todo aquel que ha escuchado el disco escoge invariablemente la espeluznante Lost & Looking, escrita ex profeso para Sam por J.W. Alexander y Lowell Jordan, como la pieza central del álbum: con el único acompañamiento del contrabajo y la batería, Cooke alumbra el sentimiento, consigue que la emoción suceda y aureolee la música con la facilidad aparente que le permitía esa prodigiosa técnica de la que era poseedor. Mejor me callo y le cedo la palabra al maestro Guralnick:

“… en Lost & Looking Sam pone sobre el tapete todos y cada uno de sus característicos efectos vocales: su delicado falsete, esa manera única de atacar cada sílaba y cabalgarla, de estirar las vocales para sugerir dimensiones de sentido apenas insinuadas en los textos, esa ligera aspereza que acostumbraba a utilizar para transmitir intensidad de sentimiento sin llegar a rasgar la voz…”.

La verdad es que en Night Beat Cooke demuestra un control total de su voz, y por esa vía y paradójicamente, exhibe la máxima libertad interpretativa, toda la naturalidad que pueda llegar a transmitir un cantante. Cooke agarra la atención musical del oyente por las solapas, le mete mano en el corazón y lo guía por un recorrido emotivo lleno de emociones difíciles de expresar, de confesiones y confidencias más allá de las palabras, cuyo efecto final es una conmoción, una catarsis en toda regla, depuración anímica que resulta de la habilidad del artista para convocar en el otro algo afín a lo que él está sintiendo al cantar. Fue Cooke quien dijo que, para ponerse a trabajar en una canción, dos cosas le eran imprescindibles: en primer lugar, una melodía que hasta los niños pudiesen tararear, según sus propias palabras. Y además, la canción había de ser verdadera, por lo menos para él: Cooke se vanagloriaba de no haber cantado una sola canción sin creer con todas sus fuerzas en cada palabra, en cada nota, sin ser capaz de sentirla con todo su ser. Condiciones tan sabias como difíciles de cumplir que convirtieron a Cooke en uno de los más grandes cantantes de soul de todos los tiempos, y a Night Beat en la más personal de sus obras maestras.

A por ella, creánme, no se arrepentirán.

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