Cine migrante (II): cruce de caminos

“Fue el primer barco pesquero europeo que rescató a inmigrantes en el Mediterráneo”, recuerda Manuel Menchón.

Menchón, publicista hasta una tarde de verano en la que miraba la televisión sin interés, subió el volumen a la noticia en que se destacaba que un barco de pescadores españoles estaba retenido a 12 millas de Malta. Su delito era haber rescatado a 51 personas de una patera que iba enganchada por una cuerda al pesquero. En ese momento, decidió que quería conocer más y contar esa historia. Nace la película documental Malta Radio (2009).

malta-radioMalta Radio (2009) / Imagen: Versus Films/Socarrat Producciones.

En la Santa Pola de 2006, Pascual tenía 16 años y la incertidumbre de un chaval que no sabía muy bien qué hacer con su vida. Su tío, marinero de siempre, le animó a subirse al Francisco y Catalina con la esperanza de que continuara la tradición familiar. Era su primera salida al Mediterráneo para faenar. Serían meses en la mar. Para aliviar los largos días en el limitado espacio del barco, escribía para contar, para conocerse. “Fue un viaje transformador, como tiene que ser todo viaje”, recuerda.

Manuel Leguineche, legendario reportero, recuerda en el prólogo de su obra El camino más corto un dicho árabe: “Viajar es vencer”. Viajamos para ganar, viajamos para vivir. Viajar es un secreto en algunos países, como Eritrea. Cuando Menchón se desplazó hasta este pequeño país del África oriental, el sabio de un pueblo le confesó: “Perdemos las almas. El pueblo se va”, refiriéndose a los miles de jóvenes eritreos que marchan de sus casas con la esperanza de escapar de uno de los regímenes más represivos del planeta. La dictadura de Eritrea, presidida por Isaías Afewerki, ha conseguido que esta nacionalidad sea una de las más habituales en las aguas del Mediterráneo.

Bahabolom, Bahabelom o Berekhet —todos nombres ficticios— no quisieron entregar su vida por una causa en la que no creen. Desde la independencia de Etiopía en 1993, Eritrea está en un estado de guerra permanente, donde la mili “son 18 meses, pero en realidad dura hasta 25 años, tanto para hombres como para mujeres”, recuerda el director. Así, con la poca esperanza que les quedaba, comenzaron a caminar en silencio. En algunos casos, sin desvelar el destino; otros simplemente dijeron que iban a trabajar; los de más peso en los hombros llevaban la responsabilidad de sus familias en el hatillo. Las esperanzas —y el dinero— de conseguir sacar de esa cárcel a cielo abierto llamada Eritrea a toda una familia. Para más inri, en 2006 el Cuerno de África atravesaba una salvaje sequía que provocó el desplazamiento de miles de personas y hambrunas generalizadas.

“Dice el dicho que la suerte está en los pies”, le contaba su padre a uno de estos jóvenes antes de salir. Pies que recorrerían más de 2.000 kilómetros hasta llegar a las costas de Libia, cruzando las tierras altas que lindan entre Eritrea y Sudán; después, pagando 3.200$ para cruzar el Sáhara sudanés hasta llegar a Libia; la Libia de Gadafi era sobornable y, con otros 1.000$, quienes todavía tenían esa cantidad podían pasar al país magrebí. Como recuerdan: “Muchos amigos míos se quedaron en Sudán por no tener dinero”. Pero la Libia de Gadafi, esa Libia de 2006, nunca ha sido un paraíso para migrantes procedentes del resto de África. Encarcelaciones, abusos, palizas, mutilaciones y, para ellas, la peor tortura: “A la policía libia se le repartía Viagra como manera de aterrorizar a las migrantes que llegaban al país”, dice Menchón.

Los días pasan largos para los diez marineros del Francisco y Catalina. La pesca no es buena y provoca rencillas en la convivencia. Pascual, el nuevo, es objeto de críticas por parte de los gallegos. La decisión está clara: atracarán en Malta y se adentrarán en el Mediterráneo para no volver con las manos vacías. A las noches de luna llena les acompañan las brumas de la alta mar, donde se crean espejismos e ilusiones en las que la imaginación cae.

Y pensar que miraban la misma luna Pascual y Bahabolom. Que compartían el mismo mar, un “mar vivo”, como lo denominó uno de los eritreos. Un mar vivo que ha ahogado, desde 2006, a más de 20.000 personas. Es en esta luna compartida cuando comenzaron las interferencias.

1.200$ más permitieron embarcar en la patera al grupo de 51 migrantes de origen eritreo en una barca a motor que les llevaría a Europa. Primero se acabó la gasolina, después la comida y por último, el agua.

A pocas millas náuticas, los marinos españoles se cruzaban con otros barcos que, probablemente, fueron los mismos que pasaban de largo a las llamadas de auxilio de la patera. La luz empieza a ganar espacio y comienza a divisarse el sol anaranjado.

Ese día era 14 de julio y hacía un calor intenso. La visibilidad permitía divisar bien ese pequeño objeto que se balanceaba en el mar. Aunque no tenían gasolina desde hacía días, la propia corriente del Mediterráneo les acercaba al barco pesquero. Los diez de Santa Pola fueron los precursores de lo que hoy son los barcos que distintas oenegés despliegan aquí para operaciones de salvamento.

Lo que no sabían ni marinos ni migrantes era que, en este momento, entrarían en las aguas revueltas de la política. Una de las características más pronunciadas en el proceso migratorio es, precisamente, la más paradójica: la espera. Cuando se detienen los pasos, comienza la burocracia. O peor aún, el juego político. Hace diez años, el gobierno maltés retuvo durante ocho días a un pesquero de bandera española por llevar consigo a 51 migrantes. Hace una década hablar de crisis era como susurrar al viento palabras que se perdían entre el ruido de las construcciones y el derroche. La inmigración no era un problema; más bien era una utilidad.

“Ha nacido para sufrir”, dicen de Delina cuando miran su foto. Delina, que significa ‘nuestro deseo’ en eritreo, formaba parte de la tripulación de migrantes y era la polizón más joven. Ella hizo más livianos los días varados que pasaban con el constante sonido de una patrullera maltesa que vigilaba al pesquero. Que el tiempo no es igual para todos se comprueba cuando las horas eran interminables dentro del barco y demasiado rápidas en las embajadas y las oficinas gubernamentales. Ocho días hasta que cuatro países decidieron repartirse a las 51 personas. Imaginen: si llevó ocho días repartir a 51 migrantes, el tiempo que llevará repartir a los 120.000 acordados por los estados miembros de la UE hace ya un año.

Andorra, España, Italia y Malta fueron los destinos de estas personas. En los dos años siguientes a 2006, cuatro barcos pesqueros con origen en Santa Pola rescataron a un total de 212 personas.

“Seguimos un camino porque se nos ha forjado desde pequeños”, decía uno de los marineros al comienzo de Malta Radio. Un camino hecho con los pies y decidido desde el nacimiento por una realidad injusta.

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