20 euros

     —Son 20 euros…

Miro a la jovencísima camarera de cara sonrosada con gesto de incredulidad.

     —¿20 euros? ¿Por un gin tonic?

     —Sí…. —me responde ella con voz temblorosa.

     —Coño, ¿me he equivocado y acabo de aterrizar en Pachá Ibiza? Quiero hablar con tu jefa…

     —Es que ahora está ocupada… Son 20 euros —insiste la camarera.

     —No pienso pagarte 20 euros por un puto gin tonic. ¿Desde cuándo cuestan aquí 20 euros los gin tonics? Llevo años viniendo a este bar y nunca había visto esto.

     —Es que hoy hay un concierto especial y las bebidas son un poco más caras…

     —¿Un poco más caras? En ningún sitio pone nada de que el maldito gin tonic cueste 20 euros así que no tengo por qué pagar 20 euros por tu puto gin tonic… ¡Repito que quiero hablar con tu jefa!

     —Es que ahora no puede…

De cómo aquella noche acaba viniendo la policía os hablaré otro día, pero entenderéis mi reacción cuando os explique cómo termino un jueves por la noche escuchando jazz en un garito infecto.

the-back-room-speakeasy-bar-new-yorkFoto: The Back Room.

Es jueves. Agosto. Llueve un poco pero no me parece un mal plan. He quedado con él tras varios días de planear el encuentro. Sin apenas insistir, de forma muy natural, él me ha propuesto vernos en una terraza. No es la primera vez que nos vemos pero sí la primera donde nuestras intenciones se vislumbran más claras. Ya no hay subterfugios para justificarnos.

     —Llueve  —le advierto por teléfono esa mañana.

     —No pasa nada. Te llevaré a un sitio que conozco. Cuando salga el sol te podrás calentar un poco… —la propuesta me parece sugerente y hasta romántica.

“Te podrás calentar un poco”, dice… Cuando días después estemos de madrugada en la cama tras uno de esos polvazos que sus 45 años me prometen, lo recordaremos como una anécdota divertida, de esos comentarios (mal)intencionados bajo una apariencia casual e inocente.

Sin embargo, antes de pasar al dormitorio, hoy hay algo de él que debo averiguar. Podría ignorarlo, como esas cincuentonas maltratadas que salen en los talk shows diciendo: “Es que yo no lo sabía”, “descubrí que era un cabrón después de casarnos”. Pero no, yo soy más lista…

Tiene los ojos verdes, una barba donde sueño con enredar mis dedos y una habilidad de malabarista para evitar el tema del que no le interesa hablar. Pretende esconder al elefante blanco bajo la avalancha de detalles e intimidades cuidadosamente escogidos. Enseñarme todo para esconderme lo principal.

Aquella tarde me planto los vaqueros y los tacones. El corazón me late cual quinceañera que sabe que está haciendo algo inconveniente.

Cuando llego al bar, me espera sonriente en una pequeña mesa al lado de la ventana. A pesar de la lluvia fina, el enjambre de turistas que recorre la ciudad nos regala un delicioso bullicio que se cuela por la ventana. Calor, humedad, risas, él y yo…

Y comienza la función.

     —Me agobia el trabajo. ¿Sabes que tomo Trankimazín? Yo antes me reía de estas cosas y ahora… —mira hacia el infinito y yo procuro no dejarme llevar por la compasión.

     —Todos tenemos nuestros agobios particulares. No te creas que yo estoy mucho mejor. De todas formas intento cuidarme…

     —Yo en cambio he cometido todos los excesos que te puedas imaginar…

Me habla de sus ganas de cambiar, del amor por su hija y su perro, de la Provenza francesa y de Tarifa. Tarifa será el paraíso ventoso donde podrá “reconectar” con su hija adolescente.

Entonces veo la oportunidad para destapar la verdad que tanto me intriga.

     —Es difícil la adolescencia. Supongo que no vives con tu hija, por eso tus ganas de estar con ella de vacaciones en Tarifa…

Pausa dramática.

     —Bueno, realmente vivo con mi hija… y con la madre de mi hija…

Ahora resulta que “la madre” de tu hija no es la misma mujer con la que compartes la cama todas las noches. 

Lo miro decepcionada mientras despliega el mismo discurso que ya he escuchado antes y que de alguna forma intuía: Que si con mi mujer no follo, que si ya sabes lo difícil que es separarse, que si ser padre es muy duro…

¿Es que todos los infieles vais a la misma escuela de retórica?

Me despido después de que él me arranque la promesa de un próximo encuentro, a pesar de que no pienso volver a cogerle el teléfono.

Paseo por el parque para despejarme. Me llama Silvia.

     —Nena, a las nueve en el SC. Hay jazz…

Entro en el SC. Me encuentro de frente con Mario, ese diseñador en paro con ínfulas de artista que me quiere llevar a la cama desde hace un año. Me ve, sonríe, extiende los brazos cual ave rapaz y sin darme cuenta estoy atrapada en un asfixiante abrazo con un par de manazas que no dejan de sobarme la espalda.

     —Mario, ¿cuándo dejarás de hacer el ridículo? ¿Cuándo dejaré de ser tan educada? —pienso.

Consigo librarme de él y recorro el local. Encima del pequeño escenario ya está el trío de jazz. Jazz para esta noche. Justo lo que me hace falta. Un poco de acordes esquizofrénicos para acompañar el caos de mi mente.

Silvia me saluda desde el fondo del bar, rodeada de los habituales. Si charláramos un poco de sexo y religión mientras la cámara gira alrededor de nosotros ya seríamos una película de Woody Allen. Ojalá estuviera en casa viendo películas y rumiando mi mala suerte.

     —Cari, ¿qué pasó con tu hombre? —me pregunta Silvia. Ella es una madre responsable y una buena esposa. No como yo, que a mis casi 35 tengo problemas de adolescentes.

Intento hablarle. La música está por encima de nosotras. No puedo gritar y tampoco puedo susurrar. Mi teoría mística sobre que tengo un gran imán invisible sobre mi cabeza que atrae irremediablemente a tipos casados y canallas varios tendrá que esperar a ser formulada otro día. La verdad es que confío en que si no digo en alto la teoría, el supuesto imán existirá y no existirá al mismo tiempo, como el gato aquel.

Si a Silvia le dijera que tengo una campana de cristal que siempre me acompaña me entendería. Pero la gente saludándonos sin cesar y el jazz brincando enloquecido hace imposible pensar más allá de la vorágine de ese momento.

Me pido un gin tonic. No suelo beber pero esta noche lo necesito. Cuando apenas he mojado mis labios suena el móvil. Es mi socio. Me cuenta una truculenta historia sobre un texto que tengo que revisar entero esta misma noche, so pena de que nuestra revista no salga mañana a imprenta y yo no pueda pagar las facturas a fin de mes. Tendré que trabajar toda la noche, otra vez…

Silvia tira nerviosa de la manga de mi blusa.

     —Me acaban de llamar. Problema familiar en casa. Tenemos que irnos…

     —Está bien. Pago y nos vamos.

Y es entonces cuando me acerco a la barra para intentar acabar con este día aciago en el que no he tenido ni sexo, ni amor, ni alcohol. Allí me espera la camarera sonrosada. ♦︎

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