Todos echaremos de menos a Eleven

Se ha convertido en la hija, hermana, amiga que todo el mundo querría adoptar, tener, encontrar. Eleven (Once en la versión doblada al español), la pobre niña-experimento, con su valentía, sus enormes ojos de bosque a oscuras y su barbilla compungida. Todos la queremos. Es imposible no hacerlo, salvo que seas un monstruo de otra dimensión o un villano agente de la CIA. El verano de 2016 es el suyo, siempre lo recordaremos. Fascinados y sufriendo por ella. 

En 2011 J.J. Abrams intentó, con Super 8, rendir el merecido homenaje que el cine fantástico de los años 80 se merecía. Y lo consiguió, en buena medida. Niños protagonistas, aventura y ciencia-ficción recreando aquel mundo antes de internet. Una oda nostálgica bien narrada, con pasión y pulso. Sin embargo, no logró imprimirse, de forma indeleble, en la memoria de ninguna generación, ni de la que nació después de los 80 y 90, ni de la de los adultos a quienes les hizo recordar la época de su infancia. Algo no funcionó como se esperaba, y no fue culpa de J.J. Abrams. Aún era difícil confirmarlo, pero el problema era el cine, el gran y escaso formato de dos horas. Lo ha venido a demostrar, en 2016, Stranger Things. Con los ocho capítulos de su primera temporada puede que haya dejado unas cuantas imágenes en el inconsciente colectivo de una generación —amplia y difusa, pero inequívoca—. Entre ellas la de Eleven, un rostro inmediatamente convertido en icono.

Stranger_Things_KidsStranger Things (2016) / Imagen: Netflix.

Los creadores de Stranger Things, los hermanos Matt y Ross Duffer, se pueden enorgullecer de haber dado con las claves precisas para producir la gran elegía nostálgica de los años 80. La historia fantástica de Hawkins, el apacible pueblecito con bosque y un oscuro laboratorio del gobierno a sus afueras. El 6 de noviembre de 1983, el pequeño Will Byers, de 12 años, desaparece sin que nadie sepa qué ha sido de él. Mike, Dustin y Lucas, los tres amigos con los que forma un grupo de encomiable lealtad, se embarcan en la búsqueda, por sus propios medios, del amigo desaparecido. En esa búsqueda se topan con la extraña Eleven —la revelación Millie Bobby Brown—, fugitiva de pelo rapado, una niña de su misma edad, pero con poderes psicoquinéticos. Su mundo de fantasías queda conectado a la realidad. Este grupo de niños es la parte protagonista de la historia de Stranger Things, pero no los únicos personajes de gran peso, junto a ellos la encorajinada y visionaria madre de Will —reencontrada Winona Ryder—, el rudo tierno y torturado jefe de policía Jim Hooper, o los hermanos mayores en efervescencia o implosión adolescentes. Y los malos, claro, con un Matthew Modine interpretando a un hierático villano, científico de pelo blanco de la CIA. Los buenos buscan al niño y los malos a la niña, que se ha unido a los buenos. Así de sencillo es el punto de partida de la trama de Stranger Things. Todo lo que ocurre hasta que cada cual encuentre —o no— a quien busca está medido con excepcional sentido del ritmo y del suspense, con tiempo para conocer las formas y tiempos de reacción de cada personaje, según su circunstancia personal. La creación y desarrollo de personajes del guión es magistral, en un sentido muy literal de la palabra, porque resulta un manual sobre composición de personajes, de equilibrio entre unos y otros: los personajes solitarios —Eleven o Jonathan, el hermano mayor de Will—, las parejas de obligada compañía —la divorciada Joyce y el jefe Hooper, o Jonathan y Nancy—, y los grupos —los maravillosos niños científicos—. El casting y las interpretaciones de todo el elenco resultan igual de acertadas en su equilibrio, cada cual en su justo tono. Son realistas pero a la vez prototípicas, y eso es bueno, porque hablamos de una historia de género, fantástica, no de la crónica social de una época.

Stranger_Things_JoyceWinona Ryder en Stranger Things (2016) / Imagen: Netflix.

Sosteniendo la historia está el universo recreado, mitad imaginado y mitad recordado. Y aquí entra directamente la clave fundamental —el truco— de la serie. ¿Qué impacto habría tenido la misma historia ubicada en la actualidad? Habrían variado algunas cosas de la trama, como las formas de comunicación entre los niños, que no utilizarían walki-talkies, sino smartphones, pero poco más. Y sin embargo, podemos intuir que no hubiera sido lo mismo. El análisis pertinente sería más sociológico que cinematográfico. Porque la clave que le otorga a Stranger Things su personalidad carismática, es la elección de convertirse en una historia de época, ubicada en el pasado —siempre lejano, sea el de dos décadas atrás o el de hace dos siglos—. La elección de una época pasada contemporánea es el factor a analizar desde un punto de vista de creatividad artística. La nostalgia es el factor de análisis sociológico. Los 80 son los nuevos 60. Quienes vivieron en los 80 hicieron el viaje sentimental a la década de los Beatles, las teles en blanco y negro, aquellos maravillosos años que se presentaban como una arcadia perdida. El tiempo pasó y los 80 y 90 son ahora la época romántica que una vez fueron los 60. Tal vez sea una cuestión de ingeniería comercial, porque el poder adquisitivo y la capacidad de consumir está ahora en manos de quienes crecieron hace veinte años. La nostalgia es un fenómeno actual, tal vez en todas las épocas. En el caso de su explotación como recurso emocional y de estilo en Stranger Things, más allá de la historia que cuenta, hay una pregunta interesante que hacer: ¿funcionará la serie como un recuerdo de infancia/juventud para una generación que no ha conocido la época en la que sucede la historia, o será un postrero injerto en la memoria de quienes sí supieron lo que eran las bicis sin marchas y los juegos de mesa? En ese punto de indefinición se jugará su persistencia en la memoria de una generación la serie de los hermanos Duffer.

Para los que tienen más de 30 años será un delicioso álbum de recuerdos nunca vistos, una suerte de viaje temporal, pero con todas las comodidades de las actuales máquinas del tiempo. El sinfín de evidentes referencias, indisimuladas, del cine de los años 80 constituye un hermoso homenaje que, parece, conseguirá la trascendencia que el Super 8 de Abrams no logró alcanzar. La primera de ellas, obvia, es a E.T. —y casi al propio Spielberg—, con su grupo de niños en bicicleta, con su ser especial escondido en los armarios del dormitorio infantil, y con un montón más de guiños. Ridley Scott estrenó Alien en 1979, dando la bienvenida a los 80 y, en general, a todo el cine de suspense con monstruos ajenos a la realidad del planeta Tierra de varias décadas por delante; el monstruo interdimensional de Stranger Things es heredero directo del octavo pasajero de la Nostromo. Mike, Dustin, Lucas y el desaparecido Will pertenecen a la estirpe de grupos de amigos que inauguraron Los Goonies en 1985, y que refrendó Stand by Me un año después; la secuencia en la que los niños de Stranger Things caminan por las vías del tren, como River Phoenix y su banda, es uno de los más evidentes homenajes de la serie, y también de los más bellos.

Stranger_Things_Eleven_OnceMillie Bobby Brown, Eleven en Stranger Things (2016) / Imagen: Netflix.

Los espectadores más jóvenes, incluidos niños, no podrán disfrutar de las referencias al cine de los 80, tampoco encontrarán regocijo nostálgico. Para ellos la historia operará más pura en sus valores estrictamente narrativos. La elección de un tiempo pasado para ubicar la historia tendrá un efecto multiplicador del misterio, el de quien mira atrás con el enigma de saber cómo habría sido vivir de aquella manera, con las referencias idealizadas de los padres y hermanos mayores que cuentan que antes casi todo era mejor. Sobre el público joven del siglo veintiuno lo que habrá de funcionar será el poder de la historia en su conjunto, la recreación de un universo completamente ficticio, no solo por los sucesos paranormales que en él tienen lugar. A los niños y jóvenes de hoy habrá de ganarles Eleven, por sí misma, como a los de los 80 y principios de los 90 les ganó Kevin y Winnie de Aquellos maravillosos años, o el Alfalfa de la Pandilla Basura, personajes de otra época.

Todo indica que Stranger Things continuará con una segunda temporada. El éxito ha sido tal que así lo requiere. Quizás nos arrepintamos. O quizás no. Habrá que verlo. El problema de las series de televisión es que sus protagonistas infantiles crecen rápido, y adaptarse a ese cambio, gestionar la maduración de unos rostros que se vuelven iconos, es complicado. Tal vez la mejor solución —y la prueba de fuego— sería dejar el pasado donde está, y volver a Hawkins en el presente, saber qué ha sido, veinte o treinta años después de Mike y de Eleven, de toda la pandilla. Romper el embrujo nostálgico. ¿Lo soportaríamos?

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