‘Shoot the freak’

Shoot the freak. Ese era el mensaje, a modo de reclamo, que colgaba, hasta hace pocos años, sobre el vacío de una pequeña parcela abandonada en el largo paseo marítimo de Coney Island. Se encontraba entre el Cha Cha’s Bar&Cafe y una tienda de souvenirs, que ya tampoco están. El espacio abandonado estaba poblado de hierbajos y basura, maquillado de graffitis que habían respetado los viejos lemas del negocio al que en algún tiempo dio cobijo: Shoot the freak, Live Human Targets! En otra parte informaba que las balas eran de pintura. El lugar producía escalofríos. A su espalda se elevaba la maravillosa noria del Luna Park. 

La playa y el paseo de Coney Island fue uno de los parajes predilectos de la fotógrafa Diane Arbus, la mujer que dedicó sus pocos años de carrera a retratar a los freaks. En castellano no tenemos una palabra que traduzca exactamente el significado de este término. ‘Monstruos’, como suele traducirse, no acierta con el sentido. Los freaks son marginados, seres que generan aversión y compasión por partes iguales, enfermos y tullidos, enanos y gigantes, ciudadanos de los circos, forzudos, siameses, mujeres barbudas, hombres tatuados de cuerpo entero, viejas prostitutas desdentadas, travestis heroinómanos, hombres bala y tragasables. Todos extraños. Aquellos que se quedan en el papel roto de la historia. Diane Arbus, fotógrafa de moda, hija de rica familia judía del Upper West Side, decidió, cumplidos los treinta y tantos años, que no haría más reportajes para Harper’s Magazine, Vogue o Esquire. Junto a su marido, Allan Arbus, había tirado miles de fotos a mujeres y hombres elegantes. Su marido, por supuesto, era el creador bien considerado; ella, en muchas ocasiones, figuraba como mera ayudante. La opción por una carrera artística personal propició la mirada fotográfica más acerada y controvertida de uno de los muchos reversos oscuros de la belleza canónica. Ella que venía de las alturas del centro de la gran ciudad, se marchaba a la periferia y a los bajos fondos. Muy lejos, muy profundamente. Con cámara y sin ella.

Diane_Arbus_kid_Central_Park_1962Niño con granada de juguete en Central Park, 1962 / Foto: Diane Arbus/The Estate of Diane Arbus LLC.

El padre de Diane, David Nemerov, era dueño de Russek’s, una próspera peletería que se había convertido en poderosa firma de ropa de la Quinta Avenida para mediados de siglo. De los tres hijos de la familia, ninguno consideró tomar el relevo empresarial: Howard, el hijo mayor, se hizo poeta y tuvo éxito, llegó a ser galardonado con un Pulitzer; Diane se casó nada más cumplir los 18 años y se fue de casa con un joven cinco años mayor que ella, Allan Arbus, fotógrafo con ínfulas artísticas y cierto talento para los negocios, pero que no contaba con la simpatía de los padres de la chica; Renee, la hermana pequeña de los Nemerov, también desarrollaría inquietudes artísticas, por la escultura, pero sin encontrar el talento ni la vocación de sus hermanos, de quienes siempre se sintió desplazada. 

Diane_Arbus_ESTATE OF DIANE ARBUS_LLCNiña en Nueva York / Foto: Diane Arbus/The Estate of Diane Arbus LLC.

Allan y Diane abrieron su propio estudio fotográfico en la calle 54 Oeste. Diane aprendió los fundamentos de la fotografía con una cámara Graflex que le había regalado su marido. El matrimonio, aparte de constituir una estable asociación profesional, tuvo dos hijos: Doon y Amy. En 1956, Diane tomó la decisión de comenzar una carrera en solitario; se inscribió en un curso de la New School que impartía Berenice Abbott, y posteriormente se apuntó a las clases de Lisette Model, su gran maestra e influencia fotográfica. Arbus desarrolló un estilo más limpio y directo, una foto cercana, cruda, inclemente. En 1959, Doon tenía 14 años y la pequeña Amy 5. Los Arbus, que cosechaban por ambas partes una larga lista de infidelidades, se separaron en aquel año. Diane no aguantaba ni un segundo más de una vida que hacía mucho, quizás nunca, había sentido más que como una farsa. Las cómodas condiciones heredadas exigían respeto a un protocolo moral que para nada compartía. La respetabilidad de la burguesía comercial neoyorquina, en especial de la judía e intelectualizada, era un corsé del que Diane se había estado desprendiendo desde joven, secretamente, malsanamente. Su relación con el sexo estuvo marcada por una voluntaria búsqueda de lo prohibido, cuanto más sórdido, mejor. En la adolescencia comenzó una relación sexual con su hermano, Howard, que duraría hasta el final de sus días; acudía a los cines porno y masturbaba a otros espectadores, tenía comportamientos exhibicionistas y llegó a expresar que sintió envidia de su hermana Renee, por haber sido violada cuando ésta era adolescente. Su forma de vivir la sexualidad la convirtió a ella misma en un freak, secreto, y por ello aún más extraño. El fin de su matrimonio y la decisión de comenzar una carrera artística propia, hizo trizas el viejo corsé. Dejó de ser una turista de incógnito en el país de las sombras, para convertirse en ciudadana de pleno derecho. 

Bronx_Nueva York_1970_ESTATE OF DIANE ARBUS_LLCGigante judío con sus padres, en el Bronx, 1970 /  Foto: Diane Arbus/The Estate of Diane Arbus LLC.

Con el cambio de vida cambió de cámara, se colgó una Rolleiflex, que le permitía acercarse y mostrarse a los modelos de sus fotos tanto como deseaba. “Los freaks no tienen que ir por la vida temiendo lo que podría pasar porque ya les ha pasado. Ellos ya han pasado su prueba. Son aristócratas”. Ahora la prueba era para ella, al encuentro de esa aristocracia marginal. La fotografía se confundió entre el medio y el fin. Diane no solo fotografiaba a sus ‘reyes monstruosos’, se acostaba con ellos, dormía con ellos. ¿La fotografía era una obra de arte buscada o reflejo condicionado de un propósito vital? ¿Era la causa o la consecuencia? En 1967 el MoMA expuso New Documents, una colección de fotografía de Diane Arbus junto a Garry Winogrand y Lee Friedlander. Uno de los visitantes de aquella muestra, como si se encontrara en la atracción de tiro sobre el freak de Coney Island, escupió sobre una de las fotografías de Diane, en el rostro inmortalizado de Un hombre joven con rulos en su casa en West 20th Street

Diane_Arbus_Young_man_20th_stUn hombre joven con rulos en su casa en West 20th Street / Foto: Diane Arbus/The Estate of Diane Arbus LLC.

La de Diane Arbus es una de esas historias que, triste realidad, suelen empezar a contarse por su final: el día que se llenó el estómago de barbitúricos y se abrió las venas. A la edad de 48 años: una mujer de mediana edad, una fotógrafa joven que había alcanzado prematuramente su última edad artística. Una de esas estrellas que brillan con más intensidad, y por eso se apagan antes —tal vez esté mal tratar de definir con un lugar común a una artista que se caracterizó por haber sido adalid de lo contrario a lo común—. Diane Arbus se dedicó a retratar el mundo opuesto al que ella pertenecía. Los freaks, monstruos que nada tienen que ver con el terror, fueron su pueblo. Nació en un mundo de opulencia, y lo abandonó seducida por los bajos fondos, una patria ambulante libremente elegida. ¿Fue algo más que una turista? 

En Venecia, en 1528, se publicó de forma anónima una novela ambientada en los bajos fondos de Roma, titulada La Lozana andaluza. Es posible que su autor fuera un clérigo español llamado Francisco Delicado, que vivió entre Roma y Venecia. “No donde naces, sino con quien paces”, se puede leer en una parte de su texto. Se trata de la más antigua referencia escrita que parece haber inspirado un dicho popular que expresa: “Uno es de donde pace, no de donde nace”. Diane Arbus murió en su buen piso de Nueva York, pero en las sombras. Sus fotos se imprimieron sobre el papel roto de la historia, pero permanecen. 

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