Rafael Sabatini, la historia divertida

Rafael Sabatini.

No sé si algunos de los lectores de estas líneas compartirán mi pasión por las novelas y las películas de aventuras, pero si es así, les invito a acompañarme en el recuerdo de uno de los maestros de este género, Rafael Sabatini, tan popular en los años de mi juventud y tan olvidado hoy. Sabatini, escritor en inglés de padre italiano, y ciudadano del mundo, es inolvidable para los que peinamos canas. Y los más jóvenes le reconocerán si se les recuerdan algunas de las muchísimas películas que se han hecho sobre sus argumentos: Scaramouche, El halcón del mar, El capitán Blood, El cisne negro…. Films antiguos, de la época del gran cine de aventuras, que se siguen viendo con placer en las cadenas de televisión. Aunque también es cierto que en todos ellos, sin excepción, se simplifican y deforman notablemente los relatos literarios en que se apoyan.

Rafael Sabatini, muerto en 1950 a los 75 años, fue un autor prolífico y divertido que supo unir a su conocimiento de la historia una capacidad raramente igualada para interpretarla a su manera por medio de personajes, siempre humanos y bien dibujados, que se enfrentan con situaciones límite resolviéndolas con audacia e inteligencia… y en general, con dominio de la espada. Nada que ver con los espesos y seguramente mejor documentados novelones históricos que hoy inundan los estantes de las librerías. Aunque su vida no fue precisamente feliz (tanto su hijo biológico como su hijo adoptivo murieron, con años de diferencia, en sendos trágicos accidentes) lo debió pasar muy bien escribiendo y, desde luego, nos lo hizo pasar muy bien a muchos. 



Scaramouche es, sin asomo de dudas, su obra más conocida, la que le catapultó a la fama, y uno de los libros más amenos que se han escrito sobre la Revolución Francesa. No de los más rigurosos, por supuesto, pero se trata de una novela y, en cualquier caso, es mucho más riguroso que las aproximaciones al mismo período que hizo otro maestro indiscutido, como Alejandro Dumas. Hay que fijarse en su protagonista, André-Louis Moreau, al que se define en la primera frase del libro con un afortunado inicio: “Nació con el supremo don de la risa y la sensación de que el mundo estaba loco”. (Una frase que la viuda de Sabatini puso en su lápida, como gesto de homenaje y amor; personaje y autor confundidos, como tantas veces). Moreau, inteligente y escéptico, que no cree en nada, se compromete con la revolución, y se compromete a fondo, por vengar a su mejor amigo, ese sí, idealista revolucionario, asesinado por los realistas. Y a través de sus andanzas como cómico, político, y espadachín se nos van contando, con todo detalle y bastante fidelidad, los acontecimientos que conducen a las jornadas de agosto del 92 y la proclamación de la República.

Hay en Scaramouche, aparte del admirable ritmo con que se desarrolla su entretenido argumento, dos aspectos interesantes a resaltar: el primero, el emocionado recuerdo a la Commedia dell’Arte, ese género teatral basado en la improvisación de los actores sobre un esquema de guión y unos personajes estereotipos (Arlequín, Polichinela, el propio Scaramouche…), género que en la época de la acción, finales del siglo XVIII, ya estaba en sus últimos  momentos, pero al que se debe todo el teatro europeo; el segundo, la componente fuertemente freudiana del desenlace, que no se desvela aquí por si alguien no ha leído todavía la novela, y que no coincide con el final de la estupenda película protagonizada por Stewart Granger

Scaramouche tiene una secuela, Scaramouche creador de reyes, en la que Moreau, siempre escéptico, pone su inteligencia y valor, por motivos estrictamente personales, al servicio de la contrarrevolución. Aquí el personaje central es una figura realmente existente, de la que en general hablan poco los libros de historia y uno puede imaginar por qué, el conspirador monárquico y especulador financiero barón de Batz, de cuyo equipo Moreau se convierte en elemento esencial. También aquí los acontecimientos de la etapa del Terror se relatan fiel y detalladamente, aunque subordinándolos, contra toda lógica, a las intrigas de los anteriormente mencionados conspiradores. Se supone que Sabatini, inglés al fin y al cabo, tenía que marcar sus diferencias con la revolución francesa. No obstante, queda muy claro su rechazo de lo que representaba la reacción realista. Es inolvidable la escena en que André-Louis, después de haber arriesgado tanto su vida por los derechos del futuro Luis XVIII, se entera de que han encontrado a su amada sentada en las rodillas de dicho príncipe. 

Hay también una larga secuencia de novelas de piratas y corsarios, siempre muy bien ambientadas y de gran entretenimiento, que no son lo que hoy más nos interesa. Y otro toque a la Francia revolucionaria, con Bonaparte conquistando Venecia. Pero lo que puede resultar más curioso es el tratamiento que da  a la figura de César Borgia en un conjunto de relatos cortos que, si no recuerdo mal, se publicó en España bajo el título La justicia del Duque. El duque es, por supuesto, el de Valentinois, el título francés de César (el “Valentino” de italianos y españoles). Para Sabatini, es un personaje positivo, e incluso admirable. Cruel, sin duda, pero ¿quién no lo era en su época? El César Borgia que aquí vemos es un caballero seductor de las damas (y probablemente lo era) y justiciero en sus decisiones (lo que ya cuesta más creer). Pero al fin y al cabo ¿qué sabemos de verdad? Lo que hace en estos cuentos Sabatini es romper unos moldes muy sólidamente construidos. Nunca sabremos qué le impulsó a esto, pero tampoco conviene escandalizarse. El problema real no es que César Borgia fuera mejor o peor que otros príncipes de su tiempo, de los que seguramente era muy representativo, sino que su padre, el cardenal Rodrigo de Borja, muy representativo a su vez de otros prelados contemporáneos suyos, llegara al trono de San Pedro como Alejandro VI.

Sabatini interpreta y manipula la historia, eso es cierto, pero no desfigura demasiado los hechos que relata. Corresponde al lector asociarse al gozoso disfrute con que se narran éstos o ponerse en la postura, bien lícita, de severo juez de tales interpretaciones. Pero debe recordar, si tal hace, que lo narrado, además de situarse en la realidad de las cosas ocurridas, no tan desfigurada, responde a actitudes que personas normales pudieron adoptar ante ellas. Tras tantas estocadas, aventuras, amores, desamores y traiciones como se nos cuentan, quedan seres vivos que bien hubieran podido ver y vivir los acontecimientos como él inventa. Y, después de todo, algo habrá aprendido de esos tiempos quien los ignorara, posiblemente con más matices de los que aportan ciertos libros pretendidamente más serios. Que también la historia es en no pocas ocasiones manipulada con otros fines, y casi siempre, con menos gracia.  Si la lectura de estas entretenidas novelas nos lleva a intentar un más riguroso conocimiento de lo que subyace en ellas, habrán estado bien empleadas. Y nadie nos quitará el placer y la diversión experimentados.

Una de las cosas más interesantes de Sabatini es que fuera un autor de pleno siglo XX. Debo reconocer que cuando leía sus novelas, en mis años jóvenes, siempre pensé que estaban escritas en el XIX, en la onda del romanticismo tardío, lo que sólo demuestra mi despiste, ya que el alegre desapego a los ideales de la mayor parte de los personajes sabatinianos es incompatible con cualquier clase de romanticismo. Releyendo Scaramouche y Scaramouche creador de reyes, muchos años después, y disfrutándolos como la primera vez, me di cuenta de mi error, y de que el autor había podido disponer de textos históricos que sus predecesores (inevitablemente, Dumas otra vez) no conocían, así como de un distanciamiento que sólo da el tiempo y la contemplación de otros episodios. Porque la visión de los acontecimientos históricos es producto del paso de los años y de la evolución del conocimiento y de las ideas, y el lúcido cinismo de André-Louis Moreau no hubiera entrado en los esquemas de un Alejandro Dumas o (permitidme la blasfemia) un Víctor Hugo, sin que con esto quiera establecer ningún paralelismo en méritos literarios, ni mucho menos en valoraciones éticas. ¿Tendré que pedir una vez más que nadie se escandalice? 

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