‘Peaky Blinders’, entre el espejo y el abismo

Demasiado Peaky Blinders. En su tercera temporada la serie de los mafiosos más peligrosos de Birmingham sucumbe víctima de sí misma. Enamorada de su arrolladora identidad, pierde la personalidad adquirida en sus primeras temporadas, cayendo en un exceso del maquillaje que ha caracterizado su estilo. Todo indicaba que podía ocurrir. Cuando se juega apostando fuerte sobre reducidas bazas, se puede triunfar, o pegarse un batacazo clamoroso. A veces mirarse demasiado en el espejo conduce directamente al abismo. Las bazas de Peaky Blinders fueron una atmósfera pesadillesca y bizarra, unos acusados rasgos de estilo sostenidos en una planificación efectista y una banda sonora anacrónica, la seducción de un personaje protagonista arrollador —Thomas Shelby— y una valiente denuncia sobre el papel del Estado como aparato de represión política. 

peaky-blinders-season-3Peaky Blinders, temporada 3 / Imagen: BBC.

En la tercera temporada, Peaky Blinders vuelve a jugar sus cuatro grandes cartas, pero lo hace con desigual suerte, apostando demasiado sobre ellas. Y se la pega, en buena medida. Thomas Shelby refuerza su papel protagonista, hasta el punto de borrar la importancia dramática de cualquier otro personaje; solo Arthur, su desquiciado hermano mayor, merece una mirada cercana y encuentra un desarrollo importante; Polly se convierte, como personaje, en una sombra ridícula de lo que fue en otras temporadas. Todo orbita alrededor del jefe mafioso, todo se apuesta a sus respuestas lacónicas y sus miradas gélidas, y aunque Cillian Murphy sigue dando la talla, el guión se resiente, quedándose sin tiempo para desarrollar con el mínimo de rigor cualquier subtrama que no le implique directamente a él, e incluso obviando la importancia dramática de sucesos sumamente significativos. 

El estilo formal de la serie, padre de su atmósfera, ofrece el mayor de los excesos de la tercera temporada. Cada dos por tres se recurre a una secuencia videoclipera de cámara lenta y rock and roll. Hasta formar una colección de imágenes estéticamente muy poderosas, que harán las delicias como fondo de escritorio para fans, pero que reducen la serie a lo que pareciera, por momentos, una parodia de sí misma. El dibujo del contexto histórico, con su acerada crítica a los poderes del Estado se mantiene como motor de la trama. Si en las dos primeras temporadas la lucha parapolicial contra comunistas e independentistas irlandeses había sido el fondo elegido para que los Shelby andaran de por medio haciendo de las suyas; en este caso la conspiración adquiere tintes más cruentos y de carácter internacional, situando a los Blinders entre la espada y la pared de la Liga Económica, la poderosa organización creada en 1919 que estuvo formalmente activa hasta 1993, dedicada a la conspiración anticomunista. La Liga fue una organización real, clandestina, compuesta por destacados miembros de la oligarquía británica de principios de siglo, con el objetivo de evitar, por cualquier medio, el desarrollo y triunfo del comunismo en el Reino Unido y más allá de sus fronteras. Peaky Blinders saca a colación uno de los capítulos más oscuros del Estado británico, formalmente democrático. Solo por este motivo, la saga de los Shelby mantiene su interés y merece reconocimiento.

El carisma de Tommy, como la valentía de su dibujo sociopolítico, siguen intactos. Pero un guión cada vez más chapucero y acelerado puede terminar por arruinar el recuerdo de una serie que destacó por sus innovaciones formales en un terreno, el del subgénero gangsteril, en el que hay que demostrar algo rayano en la genialidad para ser reconocido. El final de la tercera temporada, igual de tramposo que muchos otros lances del libreto, consigue, no obstante, abrir una puerta a la esperanza de que la cuarta recupere el ritmo y el tono más calmado y comedido que tan buenos resultados dio al inicio de la serie. El formato de seis capítulos por temporada, sin duda, se torna corto para esta historia, que exige miradas más atentas y pacientes. Será ese el gran obstáculo que condicione la resolución de una trama compleja, como en la que se han metido los Peaky Blinders. Esperemos que los creadores de la serie no compartan con su personaje protagonista la falta de capacidad para ponerle fin a las cosas cuando bien están. En ocasiones la ambición se confunde con la avaricia. Y lo mejor es poner punto final a las cosas antes de que se vayan a la mierda.

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