‘Miles Ahead’, cine sobre un silencio

Miles Davis odiaba el pasado, pero no podía deshacerse de él, porque lo amaba. Ningún otro músico había hecho tanto por destruir todo lo ocurrido y adelantar lo nuevo. El 6 de mayo de 1957 comenzó a grabar el que sería su segundo disco para Columbia. De esas sesiones de grabación, que se alargarían hasta entrado el verano, salió un LP titulado Miles Ahead. El título hace un juego de palabras, traducido podría ser tanto Miles adelante, como Millas por delante. Es el mismo título que escogió el actor Don Cheadle para dirigir su primera película, una suerte de biopic vanguardista, centrada en los años más oscuros y dolorosos por los que pasó Miles Davis. Adelante, siempre el primero, en vanguardia.

Miles_Ahead_Bifrost Pictures / Crescendo Productions / Naked City FilmsDon Cheadle, en Miles Ahead (2015) / Imagen: Bifrost Pictures/Crescendo Productions/Naked City Films.

El proyecto Miles Ahead le ha costado cinco años de empeño a su director —también productor y protagonista—. El mismo tiempo que Miles Davis, a partir de finales de 1975, estuvo desaparecido de los escenarios y de los estudios de grabación. Sumido en un hastío existencial y profesional propiciado por más de tres décadas de trabajo y drogas, el más importante de los músicos de jazz —término que no le gustaba— estalló dentro de sí mismo. Se recluyó en su lujosa casa del Upper West Side y cerró la puerta al mundo entero. Sobre esa época ancla Cheadle su película, que no es un biopic al uso, sino un verdadero retrato del hombre escondido tras el mito. El atrevimiento es tal que, posiblemente, es la película sobre sí mismo que Miles Davis hubiera dirigido —de haber decidido hacer tal cosa—. Armada en forma de flashbacks a partir de una delirante trama en la que Miles y un periodista de la Rolling Stone pasan un par de días entre persecuciones y tiroteos por las calles de Nueva York, en busca de una cinta con la única grabación del trompetista en su periodo de silencio, el film salta de un momento del pasado a otro. La adición a la cocaína, la obsesión del artista sobre el acierto conceptual de su música, y el recuerdo de su primera esposa, Frances Taylor, son las líneas maestras que dibujan el retrato del músico. 

Su figura, ciertamente, debe ser la más fascinante para relatar que ha dejado el mundo del jazz en toda su historia. Si Charlie Parker era el tierno bruto inconsciente con un talento que pareciera instintivo, Miles Davis era el emblema de la contradicción consciente, el existencialista melancólico, el genio responsable de una parte de la historia del arte, el ególatra callado, un hombre más moderno que nadie en su profesión, pero tan antiguo como cualquiera en su vida personal. Genio y tirano. Tierno y miserable.

Don Cheadle apuesta por un film tan imprevisible y melódico como la música de su protagonista. En una cena en la Casa Blanca, cuando la mujer —blanca— de un político —blanco— le preguntó a Miles que había hecho para merecer estar allí, el genio le respondió que había cambiado la música cinco o seis veces —y que qué había hecho ella, aparte de ser la mujer de un político blanco—. Lo que importa de la anécdota no es el merecido corte a la señora de quien fuera, sino la consciencia del papel del propio artista como tal, el conocimiento de sus méritos. Había cambiado el curso de la música cinco o seis veces. Y no exageraba. El film de Cheadle, sin poder decir que ha inventado nada, puede vanagloriarse de acertar con una propuesta arriesgada, que tiene reminiscencias del cine Blaxploitation, e influencias clarísimas de la Nouvelle Vague más experimental y americanizada. Las secuencias del film no responden a un orden cronológico para mostrarnos las diferentes etapas en la vida de Miles Davis hasta su implosión silenciosa de mediados de los setenta, sino que se ordenan temáticamente. Vemos a Miles componiendo, Miles drogándose, Miles amando, Miles tocando, Miles recordando. Algo parecido a lo que el músico hizo en sus últimos años en Prestige, antes de fichar por Columbia, cuando dejó los discos Cookin’, Relaxin, Workin’ y Steamin’ with the Miles Davis Quintet. Don Cheadle, en definitiva, pone todo el alma en Miles Ahead, se zambulle hasta la médula del personaje, y allí lo conoce, y desde allí cuenta la historia que él decide contar, siguiendo el consejo que Miles despacha al inicio del film: “Si quieres contar una historia, hazlo con la actitud correcta”. Y esa, parece ser, es la de asumir riesgos bien pensados.

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