Lorca, el nombre de todos los poetas del mundo

Todos los poetas llevan su nombre: Lorca, el mismo de todos los muertos del franquismo. Hablar de Federico García Lorca significa tratar no solo con uno de los escritores más importantes del siglo veinte, sino con una figura histórica de simbolismo universal. Su sonoro segundo apellido, el heredado de su madre, es hoy un nombre propio. Lorca significa poesía. Y más cosas. Su muerte, con todas las incógnitas veladas que aún encierra, y con la verdad terrible de su causa, sigue siendo —y será por siempre— uno de los capítulos significativos en la historia de España, y de la literatura universal.

Son tantos los nombres —de lugares, de personas, de ciudades, de momentos— asociados al suyo y convertidos en paradigma de unas y otras ideas que hacen del autor granadino uno de los más difíciles, pero necesarios, de analizar. Poesía, teatro, viajes, amistad, política, homosexualidad, libertad. Romancero, la Barraca, Nueva York, la Residencia, República, la familia, el fascismo. En su vida y muerte, ligadas íntimamente a su obra, están todos los temas humanos esenciales y los propios de la época que le tocó vivir. 

Lorca_UHArchive_GettyFederico García Lorca / Foto: Universal History Archive/Getty.

La Universidad, para un Federico estudiante de Filosofía y Letras y de Derecho pero más interesado en la música, especialmente en el piano, significó un inadvertido trampolín al mundo de las letras. Los viajes de alumnos organizados por Martín Domínguez Berrueta, profesor de Teoría de la Literatura, llevaron a Lorca, entre otros sitios, a Baeza, donde conoció a Antonio Machado. En 1918, el joven granadino publicó su primer libro, titulado Impresiones y paisajes. Un libro de prosas nacido de las experiencias de aquellos viajes universitarios. El viaje, tema en sí mismo, es uno de los elementos fundamentales para entender a Lorca. Después de los primeros años universitarios en Granada, su traslado a Madrid, por recomendación a sus padres de Fernando de los Ríos, amigo de la familia, para que el chico continuase sus estudios en la Residencia de Estudiantes, supuso el nacimiento del Lorca que hoy conocemos, guía espiritual y natural de la generación más talentosa de las artes españolas. Su primer libro de poemas —titulado precisamente así, Libro de poemas— data de 1921, igual que su primera pieza teatral, El maleficio de la mariposa. Era aún un Lorca muy joven, pero no estaba lejos del maduro poeta del Romacero gitano (1928) y del dramaturgo de Mariana Pineda (1927). Tras la universidad, el reconocimiento crítico y popular de sus obras le reportaron una posición de difícil equilibrio: era el emblema de una nueva popularidad, un tradicionalismo renovado, políticamente avanzado y folclórico en su imaginería social. A finales de la década de los 20, Lorca se sentía incómodo en aquel papel. Era el momento de las vanguardias y él aparecía como quien no termina de quitarse los trajes del orden. Es un costumbrista, avanzado, pero costumbrista, le disparan incluso sus mejores amigos desde las trincheras del arte en abstracto; un costumbrista, y tan avanzado, que la dictadura de Primo de Rivera le prohíbe representar algunas de sus obras, como Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín. Sintiéndose en tierra de nadie, Lorca puso un océano de por medio. Y se fue a América, acompañando a Fernando de los Ríos, que viajaba a Nueva York para incorporarse como profesor en Columbia. Otro viaje, éste, el más significativo, quizás, de toda la poesía moderna. 

Lorca vivió cerca de un año en Nueva York, desde junio de 1929 hasta marzo de 1930. En la ciudad de los rascacielos nació el poemario más determinante de la lírica contemporánea. Una suerte de Guernica de la poesía, que conjugaba todos los elementos en disputa en aquella época de los ‘ismos’ de principios de siglo. En Poeta en Nueva York lo popular se da la mano de lo vanguardista, lo personal camina junto a lo político. Era un libro español nacido a cinco mil kilómetros de España. Los negros de Harlem eran los gitanos de Granada. Poesía universal. Después de Nueva York, Lorca continuó su viaje hacia La Habana, donde permaneció tres meses. De vuelta en España, el viaje seguiría dominando sus ritmos vitales y creativos. Danza por toda España con La Barraca, el mítico grupo de teatro universitario ambulante, parte integrante de las Misiones Pedagógicas de la República recién nacida. El compromiso de García Lorca con el proyecto republicano fue natural y de primera hora. Fernando de los Ríos, eterno tutor, había sido designado Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. En Nueva York, Lorca, como se constata en sus poemas de entonces, adquiere y aplica a sus obras una conciencia política de carácter anticapitalista. Su prestigio se extiende y vuelve a hacer las Américas, en este caso del Sur, girando por Argentina y Uruguay, donde la representación de sus obras cosechaba un enorme éxito. El regreso a España, en 1934, como le ocurriera a la vuelta de su primer viaje americano, le reportaría un tiempo de intensa actividad creativa. En dos años, que serían los últimos de su vida, termina obras capitales como Yerma y La casa de Bernarda Alba, revisa Poeta en Nueva York —que no se publicará hasta 1940— y completa Diván del Tamarit y Sonetos del amor oscuro. Todo ello sin dejar La Barraca, ni de participar en la vida pública mediante conferencias y recitales.

El fusilamiento de Federico García Lorca, en la madrugada del 18 de agosto de 1936, y su enterramiento en una fosa en algún punto entre los pueblos granadinos de Víznar y Alfacar puso un punto y aparte en la poesía del siglo veinte. Hacía solo un mes del golpe de Estado de Franco, fallido, y del inicio de la guerra. Lorca había vuelto a Granada el 14 de julio. El 14 de agosto, entendiendo al fin que corría serio riesgo, se refugió en la casa familiar de su amigo Luis Rosales, dos de cuyos hermanos eran altos cargos de Falange en Granada. El propio Luis Rosales se había afiliado a Falange el 18 de julio. Como parece lógico pensar, no le valió de nada a Lorca aquella protección. El 16 de agosto, guardias civiles, falangistas y otros cargos de la Gobernación Civil en Granada tomaron la casa de los Rosales y se llevaron detenido a Federico. Dos días más tarde el poeta más reconocido de España sería fusilado. Ochenta años después de su muerte aún no se han encontrado sus restos. Como él, más de cien mil cuerpos siguen enterrados en fosas comunes repartidas por todas las cunetas, barrancos y pies de tapia de todo el país. El esclarecimiento de los sucesos de la muerte de Lorca, más que el mero hallazgo de sus restos, debería ser una de las tareas de obligado cumplimiento para cualquier gobierno central. España es, a día de hoy, el segundo país del mundo con mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido encontrados. 

En abril de 2015 se hizo público un informe, fechado el 9 de julio de 1965, de la Brigada Político-Social de la Dictadura, que corroboraba el fusilamiento del poeta, acusado de “socialista” y “homosexual”. El crimen, por si a alguien le cabía alguna duda, fue político. Las teorías sobre disputas familiares como causa del asesinato de García Lorca son una herencia de la interesada oscuridad que el franquismo se vio obligado a sembrar sobre los hechos. El crimen fue en Granada, escribió Antonio Machado, y, una vez más, uno de los nombres propios de Federico adquirió resonancias universales. Granada es uno de esos lugares donde mueren los inocentes, un lugar que está en todas las partes del mundo donde se lucha por la libertad. Decir Lorca no es solo decir Poesía, es también decir Libertad.

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