El legado de doña Quintana

     —¡Ha muerto la reina! ¡La reina ha muerto! ¡Ha muerto la reina! ¡La reina ha muerto! —vocea el joven repartidor de periódicos—. Convoca el señor obispo a la lectura del testamento.

     —¿A qué hora será? —pregunta una voz.

     —A las siete y cuarto, cuando caiga el sol señora. Un leuro —el mocoso continúa con su arenga—. ¡Ha muerto la reina! Lectura de testamento en la iglesia. 

A las siete y cuarto, el lugar de culto a dios es un hervidero en el que cuatrocientas cuarenta y siete almas especulan y un par de bebés dormita. 

ITALY,Sicily,Prizzi: Sunday in the place.(c) Ferdinando Scianna/Magnum PhotosFotografía de Ferdinando Scianna, Magnum Photos.

El señor obispo se dirige al altar, su presencia es recibida con una salva de aplausos, mientras él muestra a la plebe el sobre lacrado que da fe de la procedencia y virginidad del contenido. 

     —Buenas tardes hermanos. Ante el Serenísimo y el Notario procedo a abrir el sobre con los últimos deseos de doña Quintana —comienza a proclamar con gran entusiasmo—, dueña del mar que se avista, ama del aire que respiramos, señora de la tierra que cultivamos, patrona de la virtud, y guía espiritual de nuestro pequeño reino que…

     —Déjese de historias y abra el sobre obispo, que no tenemos toda la noche —chilla un hombre ante el regocijo de todos los presentes. 

     —Comienzo la lectura. ¡Silencio! »Pueblo adorado, os hallo superando el dolor por haberme perdido en tan tristes circunstancias…«

     —¡Venga ya! Que murió de vieja. Sáltese lo que no tiene interés —grita una mujer con un pequeño en brazos.

     —Un poco de respeto, hermanos, respeto —pide el señor obispo.

     »Para la validez del testamento es necesario leerlo fuera de los muros de mi más inmediata competencia y por ello la lectura ha de celebrarse en la Plaza Mayor.«

     —Abandonen la Iglesia por orden. Mujeres y niños primero. Los hombres saldremos los últimos. Permanezcan en sus bancadas hasta que los primeros hayan desalojado.

     —Ya podría haberlo dicho antes —protestan algunos.

     —En el exterior del sobre no venía esa indicación, sólo que todos los censados deberían estar presentes y que yo realizaría la lectura —se exculpa el obispo.

Una hora después, y correctamente ubicados en la plaza, retoman la tarea.

     —Cállense. No puedo gritar más. Continúo donde lo dejé —dice el obispo. 

Un silencio funerario invade la plaza, sólo interrumpido unos breves segundos por una impertinente banda de estorninos. Las malas mentes pensaron que eran la sombra de la reina; una, ruidosa y alargada. 

     »Yo, doña Quintana, dueña de todo lo que ustedes disfrutan trabajando de sol a sol, habiendo muerto sin herederos, dejo todas mis propiedades a repartir a partes iguales entre todos ustedes, mis súbditos. No importa edad o sexo. Las familias más amplias, favorecidas por dios en su fertilidad, también lo serán en propiedades gracias a mi extrema bondad…« —la multitud prorrumpe en aplausos, y el obispo se da un respiro.

Los hombres, al margen izquierdo, sonríen a mujeres y niños sitos en el margen contrario, congratulándose de su buena suerte. Todos podrían, al fin y al cabo, ser amos de las casas y tierras que durante años y generaciones han trabajado. 

     —Continúo con la lectura. Silencio. Se ruega silencio —y la plaza enmudeció a una, como si hubiera pasado un ángel. 

     »Excepciones:

El señor Obispo queda excluido del reparto, salvo que demuestre tener hijo ilegítimo o similar —el hombre se queda sin palabras, continua leyendo en tono más bajo y lleno de asombro—. Su misión en la tierra no es acumular«.

En la plaza, comienza a circular un runrún de viejas, siempre hay alguien que ve algún parecido sospechoso con el jefe de la iglesia.

     —Orden —abronca—. Continúo —inmediatamente los presentes cesan en la burla—, hay más excepciones.

     »Quedan excluidos aquellos hombres y mujeres cuyas nalgas lucen un diminuto león naranja. Sepan ustedes, que estas criaturas, capaces de las mayores piruetas amatorias que uno pueda imaginar, se conforman con un par de cabriolas tristes que visten con elegante plumaje que no les deja ver más allá de sus ombligos«.

     —¿Qué está queriendo decir? —dice una malencarada mujer, mientras otras más duchas ya han echado a correr tras maridos infieles y amantes secretos. 

     —Tranquilidad —solicita el obispo. Echando un ojo de halcón sobre la hoja—. Habrá para todos, me temo. Prosigo.

     »Quedan excluidos aquellos hombres y mujeres cuyas medio espaldas lucen una pequeña serpiente amarilla. Sepan ustedes, que estas criaturas nada dan, y a cada embestida se apoderan de un trozo de tu alma, puesto que todo lo que vos tenéis es parte de lo que ellos ansían«.

Los que quedan en la plaza, mayoría, deciden mirar el suelo, como si entre sus adoquines se escondiera el mayor tesoro del mundo. 

     »Quedan excluidos aquellos hombres y mujeres cuyos ombligos están coronados por raquíticos lobos grises que aúllan a la luna llena. Sepan ustedes, que estas criaturas, amantes exquisitas, no velan por la satisfacción del acompañante, su disfrute procede de dejarle exhausto para el legítimo«.

Los adoquines parecen ser, a cada segundo que pasa, más interesantes.

     »Quedan excluidos aquellos hombres cuyo testículo izquierdo tapa un minúsculo cerdito rosa, y aquellas mujeres que lo ostentan en el monte de Venus. Sepan ustedes, que estas criaturas, amantes sorprendentes, improvisan las recetas más sabrosas y complejas, pero su voracidad no permite disfrutar plenamente al contrincante del producto elaborado«.

Algunos, pocos, comienzan a despejar la vista del suelo, e intentan sondear a los de al lado con un punto de socarronería. 

     »Quedan excluidos aquellos hombres y mujeres cuyos tobillos lucen un enano escorpión rojo. Sepan ustedes, que estas criaturas, coquetas y fuertes, en cuanto alguno de sus deseos queda al descuido inoculan un veneno que te arranca el corazón«. 

     —La vieja ésa estaba loca —dice un hombre. 

     —Orden. Continúo. »Quedan excluidos aquellos hombres y mujeres que llevan inscrito un insignificante garabato verde en el omoplato derecho. Sepan ustedes, que estas criaturas, no trabajan por holgazanería y no son, en modo alguno, los amantes que uno espera«.

     —Hija, si ya te decía yo que ése era un vago —grita y ríe una mujer ante la chanza general.

     —Prosigo. »Quedan excluidos aquellos hombres y mujeres que entre sus muslos lucen estrellitas azules. Sepan ustedes, que estas criaturas con su sabiduría amatoria, tienen más que suficiente para un par de vidas. ¿Para qué quieren bienes materiales cuando poseen la fuente del mayor de los placeres?«

     —La vieja no decía más que tonterías —protesta un hombre al que siguen muchos otros, temiendo todos quedarse sin nada. 

     —Nadie tiene ninguno de esos tatuajes. ¡Nadie! —chilla una mujer.

     —¿Lo dices porque no estás llena de estrellitas? —pregunta un hombre.

     —No tengo ningún tatuaje, me desnudo donde haga falta —vocifera un joven haciendo rodar sobre su cabeza una trenca azul desgastada, y dejándola caer al suelo con falta total de delicadeza.

     —Yo tampoco —alza la voz una joven mujer arrebolada, imitando el gesto del hombre con un llamativo y pesado abrigo rojo.

Como un solo cuerpo, los que permanecen en la plaza comenzaron a desprenderse de la ropa de abrigo. El señor notario, mirando por debajo del cristal de sus gafas, no da crédito cuando empiezan a deshacerse de zapatos, botas, jerséis, pantalones… Haciendo un esfuerzo sobrehumano para su mínima estatura brama como un perturbado:

     —¡Deténganse locos, deténganse! No es necesario montar este espectáculo bochornoso. 

Los pueblerinos, inundados por la sorpresa, cesan su actividad y posan fijamente la mirada en ese pequeño hombre que se desgañita y agranda por momentos. 

     —Queridos vecinos —continua el señor notario en un tono más calmado—, si ustedes dicen que no tienen tales tatuajes… ¡No los tienen! No se hable más. Doy fe. ¿Qué le parece señor obispo? 

     —Ante los ojos de dios, casi seguro que estamos pecando al no respetar literalmente los deseos de la finada; pero ante los ojos de los hombres es lo justo.

     —Ya ven, el señor obispo también piensa lo mismo —en ese momento, los bebés comienzan a llorar como uno solo.

     —Menos blablabla y dígannos de una vez qué van a hacer —pregunta un hombre aterido de frío mientras acaba de vestirse.

     —Las tierras que cada uno trabaja serán de uno, las casas que cada uno ocupa serán de uno, los enseres… —comienza a responder el obispo.

     —No se enrolle. Todo sigue como ayer pero sin rendir cuentas al amo, ¿no? —dice un hombre joven, al que la plaza comienza a aplaudir y a mantear como a un héroe.

     —No se hable más —concluye el señor obispo—. Mañana se procederá por orden a registrar las propiedades de cada uno. ¡Señoras, por favor, callen a esas dos criaturas!

Antes de que comiencen a retirarse, una veintena de hombres y mujeres pasan corriendo en medio del gentío como una exhalación. Ninguno de los presentes es capaz de frenarles.

     —Éstos del león son incansables —dice una voz.

     —Ya se les acabarán las pilas —anuncia una joven mujer.

     —O no, igual son insaciables como tus estrellas —le responde un joven, que antes de que la mujer le comience perseguir ya ha echado a correr como un poseso.

     —Buena solución, amigo —felicita el obispo al notario.

     —Ya ve. Al final lo mejor es seguir como de costumbre —responde el notario—. Aunque Caín y Abel no se lo han tomado muy bien —dice señalando a los bebés con la cabeza—. No paran.

     —Siempre dije que no debían de llamar al niño Caín. ¡Si no es por su intervención todo hubiera sido para ellos! Por cierto, ¿qué tatuaje tiene? —pregunta el obispo acercando su boca a la oreja del notario.

     —¡A usted se lo voy a decir yo!

     —No se preocupe, le delata su cara de satisfacción —contesta el obispo.

     —¡Y unos muslos de miss universo! —confirma el notario.

… Y aquí se acaba este cuento, como me lo contaron te lo cuento. ♦︎

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