El estallido de lo íntimo en Clarice Lispector

Clarice Lispector. Foto: Paulo Gurgel Valente.

Si nos adentramos a un nombre, el de Clarice Lispector, veremos lo inabarcable de su obra. La cantidad ingente de títulos que probablemente no nos sonarán familiares. Si abrimos uno de estos ejemplares, en veinte minutos de lectura tendremos una buena idea de lo que nos espera. Muchas veces leerla no significará entenderla, podremos incluso llegar a dudar de los personajes. ¿Acaso ellos mismos se están entendiendo? De lo que no podremos dudar es de la expansión de la realidad que su lectura nos reportará, mostrándonos desgranados cada instante en el que sus personajes habitan. Este movimiento podría asemejarse al instante en que nos son dadas las primeras gafas graduadas, y de la nada aparecen detalles antes imperceptibles. Clarice nos acercará las gafas pero, a cambio, la narración de hechos quedará relegada de su función de sostén de la obra. Los pensamientos, sentimientos y algunas descripciones paisajísticas pasarán a ser lo principal. 

Lispector publicó su última novela en 1977, justo antes de morir en el Hospital de Río de Janeiro el 9 de diciembre, a los 56 años. Tenía cáncer, muchos libros escritos y una vida envidiable. Viajó a Europa, donde cuidó a soldados brasileños heridos en la II Guerra Mundial, viajó a Estados Unidos, donde viviría ocho años en la capital, tuvo dos hijos, hablaba varios idiomas, a los 19 años escribió su primera novela, Cerca del corazón salvaje, publicada a sus 21 años y ganadora del premio Graça Aranha como mejor novela del año, y en escasos meses escribió lo que sería su obra maestra La pasión según G.H. Además, Clarice escribió cuentos, poesías, libros infantiles y dibujaba. 

La escritora nació en Ucrania, con el nombre de Chaiuya Pinkhasovna Lispector. Al año la familia se trasladó a Moldavia y Rumanía, y desde allí viajaron a Brasil, donde parte de la familia les esperaba. Cambiaron sus nombres y Chaya pasó a ser Clarice. Siguieron desplazándose dentro de Brasil hasta que se asentaron en la capital. A los 10 años Clarice perdería a su madre. A los 14 se mudaría a Río de Janeiro. Estudió Derecho mientras escribía para periódicos y revistas de la época. Como dato curioso, pasó algunos meses en el hospital por unas quemaduras, se quedó dormida con un cigarrillo encendido.



Lispector, de origen judío, es considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Autora experimental a la altura de Virginia Woolf o James Joyce. Leerla para algunos es encontrar el cáliz de la vida. Mujer extraordinaria, supo encajar las sensaciones y emociones más difíciles de transmitir en sus historias, dejando estas últimas a la espera de que los pensamientos cesaran para poder continuar. Desde pequeña podría notarse esta inclinación al plano de lo sensorial, predisposición que la dejaría fuera de ser publicada en la sección infantil del Diario de Pernambuco debido a su lejanía con el resto de cuentos infantiles, donde sí había narrativa, frente a su reiterada descripción de sensaciones. 

La obra Aprendizaje o El libro de los placeres (1969) es una clara muestra de lo anterior. En ella podemos adentrarnos en la vida íntima de la protagonista, Lori, Loreley, —la sirena de la leyenda alemana—. Durante casi 200 páginas, podremos acompañar a esta mujer en su aprendizaje y gozo hacia la existencia homeostática, partiendo de la confusión de las emociones: “Y en Lori el placer, por falta de práctica, estaba en el umbral de la angustia”. Mantener la sensación de alegría puede ser un tormento: “Pues cuando se demoraba demasiado en ella y buscaba apoderarse de su levísima vastedad, lágrimas de cansancio le venían a los ojos”. Por esto hay que tener cuidado, tampoco se debe ir a los extremos, cimentando una existencia banal: “no puedo tener una vida mezquina porque no combinaría con lo absoluto de la muerte”. Lori, como podemos ir intuyendo, solo sabe dirigirse en vida desde el dolor, y debe ahora con la ayuda de su mentor, Ulises —en este caso el marinero encandilado por la presencia de la Ondina—, conducirse hacia la existencia plena: “Fue entonces cuando Ulises apareció casualmente en su vida. Él, que se había interesado por Lori únicamente por el deseo, parecía ahora ver lo inalcanzable que era ella. Y más: no solo inalcanzable para él sino para ella misma y para el mundo”. 

La nada o el vacío, los nervios, lo oscuro, acompañan la existencia de Lori al punto de saber que en cualquier desliz podrá estar acechándola: “Inútil huir a otra ciudad. Pues cuando menos se espera se lo puede reconocer —de repente—. Al cruzar la calle en medio de las bocinas de los coches. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces en el propio corazón de la palabra se reconoce el Silencio. Los oídos se asombran, la mirada se atemoriza —helo aquí—. Y esa vez es un fantasma”. Además de las figuras imaginarias, Lorelei carga consigo la desazón de ver alejarse a todos los que estaban un día a su lado: “Lori sabía que ella misma era quien había cortado vínculos toda su vida, y tal vez alguna cosa en ella sugiriese a los otros la palabra «adiós»”. Podía acabarse en ella la emoción, era consciente, y cortar los lazos sin mayores miramientos: “Ah, y decir que eso iba a terminar. Que por sí mismo no podía durar. No, ella no se refería a lo que sentía. Lo que sentía nunca duraba, terminaba y podía no volver nunca más”. Ella misma se deshace de los vínculos, como decimos, creando y perpetuando su enmarañada soledad. 

El proceso levemente descrito en el libro conllevará a la consecución del conocimiento final necesario para alcanzar la serenidad, pudiendo tener pensamientos que la arraigan a la vida y a los otros sin dejarla exhausta: “[…] para su alegría inesperada, advirtió que lo amaría siempre. Después de que Ulises hubiera sido de ella, ser humana le parecía ahora la más cercana forma de ser un animal vivo. Y a través del gran amor de Ulises, entendió finalmente la clase de belleza que tenía. Era una belleza que nada ni nadie podría alcanzar para llevársela, de tan alta, grande, honda y oscura que era. Como si su imagen se reflejara trémula en un embalse de aguas negras y translúcidas”.

En Cerca del corazón salvaje (1944), las cavilaciones sobre las posibilidades de la vida nacen en Juana: “y de pronto hubiera descubierto que tenía sed, una sed vieja y profunda. Tal vez fuera sólo falta de vida: estaba viviendo menos de lo que podía y su sed tal vez pedía inundaciones”. La necesidad de más irá acompañada de la imaginación, piedra angular en su pensamiento íntimo: “a veces, en un momento del juego, perdía la sensación de que estaba mintiendo, —y tenía miedo de no estar presente en todos sus pensamientos”. Tenía miedo de no ser agente de su imaginario, alcanzando un estado mental en el que fuese posible liberarse, evaporarse, dejar de habitarse y, por tanto, de atesorar la agencialidad sobre sus pensamientos. Por otro lado, esta existencia de imaginación desbordante no conllevará a la felicidad ipso facto. No será lo esperado de la operación: “[…] tal vez serás feliz alguna vez, no lo sé, con una felicidad que pocas personas envidiarán. No sé siquiera si se le podría llamar felicidad. Tal vez nunca logres encontrar a alguien que sienta como tú”. Juana, así como las demás protagonistas de Lispector, se verán inmersas en estas encrucijadas una y otra vez. La mujer de las narraciones es sola, la existencia es descubierta en su intimidad, en la vastedad de palabras con la que puede nombrar las cosas: “Un color pesadamente sombrío se había posado sobre los campos aletargados del último sol y la brisa leve volaba mansamente. Es preciso que no olvide, pensé, que fui feliz, que sigo siendo feliz, más de lo que se puede ser. Pero lo olvidé, siempre me olvido”. En este vaivén entre caer en lo más profundo del día y salir a base de recordar los bramidos de las estrellas, los últimos fulgores ya olvidados, es de donde renace la esperanza, aunque sea ya quebrada. Como dijera Clarice Lispector en este, su primer libro publicado: “Dios, qué dulcemente se hundía en la incomprensión de sí misma”. Mujer misteriosa, gozosa de ahondar en lo más dificultoso de su ser, nos regaló este universo incomparable: la belleza de desentrañar minuciosamente cada sensación y pensamiento. 

* Más artículos de Blanca Victoria de Lecea aquí.

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