El ‘espíritu olímpico’, entre otras guerras

A casi cualquier evento se le puede definir como la ‘fiesta’ de algo. Los Juegos Olímpicos, cada cuatro años, son la ‘fiesta mundial del deporte’. En la Antigüedad se instituía un periodo de paz de un mes, coincidiendo con la competición, en el que se suspendía toda actividad bélica. No es una de las tradiciones que se hayan respetado en la actualidad. La gran ‘fiesta del deporte’ lanza sus fuegos artificiales sin óbice de que fuegos de guerra sigan prendiendo en cielos lejanos de la villa olímpica. Tal vez por eso, la insistente apelación al ‘espíritu olímpico’ —uno de esos conceptos de vaguedad en expansión— crispe los ánimos más críticos. Dentro del ‘espíritu olímpico’ caben todas las buenas intenciones y una cantidad insoportable de hipocresía, doble moral y diplomacia politiquera. De lo que no hay duda es de que, cada cuatro años, los Juegos Olímpicos nos dejan un buen montón de ejemplos para entender el mundo, y otro puñado de lecciones sobre muy diversos asuntos.

La primera de las cosas que aprendemos gracias a unas Olimpiadas es que el deporte puede ser algo maravilloso y hermoso. La ética que está en la base de la práctica deportiva, más allá de la gloria y la competición, implica una conciencia y unos valores, individual y a nivel colectivo, muy valiosos. El espíritu de superación, la colaboración en equipo, unos hábitos de vida sana. Todo eso es el deporte. Y la belleza de los lances de cada disciplina, la leve bandeja de una entrada a canasta, el vuelo sincopado del triple salto, la sincronización de un baile en el agua. El deporte es una de esas cosas que nos hace humanos, nos distingue como especie. El deporte ha sido desde la Antigüedad una de las expresiones del deseo de ir más allá, de conocer y averiguar cuáles son los límites del ser humano. 

Sin embargo, lo hermoso del deporte es una rareza rodeada de miserias en unos Juegos Olímpicos. Los de Río 2016, como anteriores ediciones, son un evento fundamentalmente político. Como la guerra —en la famosa máxima de Clausewitz—, la continuación de la política por otros medios. El medallero refleja, con mucha precisión, las relaciones de poder en el mundo actual. Arriba del todo, los Estados Unidos. Rusia se ha visto apartada de numerosas pruebas de la competición por un escándalo de dopaje de Estado, gestionado de una manera difícilmente comprensible por parte del COI, dejando fuera a atletas sin una mácula de trampa en sus carreras, como la plusmarquista de salto con pértiga Yelena Isinbayeva. 

La cobertura informativa de los Juegos Olímpicos se ha visto habitualmente intoxicada por un enfoque machista. Si la menor atención que el deporte femenino alcanza en los medios ya es grave, el tono sensacionalista de muchas informaciones, centrado en el aspecto físico de las deportistas, ha sido deplorable. Una de las imágenes que se presumen icono de estas olimpiadas es la de las jugadoras de voley playa de Egipto y Alemania, una con el llamado ‘burkini’ y la otra en bikini; a ambos lados de la red hay machismo. Otra de las miserias durante las dos semanas de competición la han propiciado cuatro nadadores de los Estados Unidos, entre ellos el medallista Ryan Lochte. El escándalo está aún por esclarecer en todos sus detalles. Después de una noche de fiesta, alcohol y vandalismo, los cuatro deportistas estadounidenses decidieron —aún nadie sabe por qué— fingir que habían sido atracados a punta de pistola en las calles de Río, y llegaron a poner la denuncia pertinente ante la policía brasileña. En un par de días se descubrió que el robo nunca existió y que los nadadores se habían dedicado a pegarse una noche de desmadre, pagando in cash por los destrozos que iban produciendo. Se ve que algo se les debió ir de las manos, algo que aún es un misterio, para que decidieran cubrirse las espaldas poniendo una denuncia falsa. Por si acaso, cogieron los primeros vuelos que salían de vuelta a su país; pero dos de ellos, los más lentos en la huída, fueron sacados del propio avión para declarar en dependencias policiales brasileñas. La estrella Lochte ya anda en su país, no demasiado arrepentido, y a salvo. Si el COI tuviera un mínimo de decencia, debería retirarle las medallas conseguidas en Río. El respeto al ‘espíritu olímpico’ y un patriotismo beatífico han llenado las difusas explicaciones dadas por los implicados. El ‘espíritu olímpico’ vale para todo. El mismo ‘espíritu’ y un mismo patriotismo exacerbado que el público brasileño expresó en infames abucheos al pertiguista francés Renaud Lavillenie, que acabó llorando en el podio ante tal situación. 

Miserias y contradicciones las hay por doquier en la gran ‘fiesta del deporte mundial’. El deporte, le pese a quien le pese, por muy obtusamente que se niegue a admitirlo cualquier apologeta del olimpismo, es inseparable de la política. ¿Acaso hay algún tema a estas alturas que permanezca en una urna de cristal? La situación del mundo es tan extrema, el sistema se encuentra en una fase tan avanzada —y tan terminal— de su desarrollo, que nada puede quedar al margen de sus intereses más básicos. El ser humano puede hacer cosas increíbles, como correr cuarenta y dos kilómetros en apenas dos horas, o cien metros en menos de diez segundos. Y sobre todo, puede soñar con hacer cosas que parecen imposibles, y terminar haciéndolas. Qué pena que tanto esfuerzo quede al servicio de quienes solo quieren expandir territorios y asegurar fronteras.

21 de agosto, 2016.

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