El deportista más grande de todos los tiempos

Ni Michael Phelps, ni Usain Bolt, ni Nadia Comaneci. El mejor deportista de la historia de los Juegos Olímpicos era griego y se llamaba Milón de Crotona. No nadaba como un anfibio ni tenía aspecto real de anfibio, no corría en nueve segundos cien metros, ni daba volteretas sobre una barra, pero levantaba un buey y caminaba con el animal a cuestas ciento veinte metros. Y era capaz de sujetar el techo derrumbado de una casa para que Pitágoras, padre de las matemáticas —pero también su suegro— salvase la vida. Y combatir contra trescientos mil soldados, liderando un ejército tres veces menor, ir a la batalla con sus coronas olímpicas —las medallas del siglo VI aC— y vencer. Imposible hacerle sombra. Ni todos los récords del mundo pueden con un mito, porque una cosa es firmar un contrato millonario de publicidad y otra tener en vida una estatua de bronce en el Olimpo.

Milo_of_Croton_Dumont_LouvreMilón de Crotona (1768), por Edme Dumont / Foto: Marie-Lan Nguyen.

Milón de Crotona debió nacer entre el 560 aC y el 550 aC, porque en los Juegos Olímpicos del 540 aC salió vencedor en la categoría de niños. En la siguiente edición, la del 536 aC participaría por primera vez en la competición absoluta de la prueba reina, el Pentatlon —salto, lanzamiento de disco, jabalina, prueba de velocidad sobre la distancia de un estadio (192 metros) y lucha—. Desde entonces, durante cinco Olimpiadas, el de Crotona se puso una vez tras otra la corona de los vencedores. Se convirtió en un mito, una figura venerada, con su propia estatua en Olimpia. Milón venía de una ciudad que debía ser como la Jamaica actual, una cuna de atletas. En las Olimpiadas del 576 aC, todos los finalistas de la prueba de velocidad eran de Crotona, ciudad-estado en lo que hoy es el sur de Italia.

Los primeros Juegos Olímpicos datan del 776 aC. Su celebración significaba, cada cuatro años, una tregua a cualquier eventualidad bélica. Durante el año previo a la competición, los atletas —que debían ser griegos y hombres libres— se entrenaban concienzudamente en sus polis, y se concentraban en la ciudad de Elis en las semanas previas al evento, bajo un estricto régimen disciplinario. La leyenda deportiva de Milón se amplió más allá de Olimpia. Los Juegos en honor a Zeus no fueron las únicas competiciones deportivas de la época. En pleno auge panhelénico, se inauguraron otros importantes juegos deportivos: los Juegos Píticos, en Delfos; los Juegos Nemeos, celebrados en sus primeras ediciones en Cleonas; y los Juegos Ístmicos, de Corinto. Los Píticos dieron arranque en el 582 aC, en honor a Apolo, celebrándose cada cuatro años, a dos de cada Olimpiada. Los Juegos Nemeos, según Eusebio de Cesarea, se iniciaron en el 573 aC, en recuerdo de una de las gestas de Heracles, la caza del León de Nemea. Los Juegos Ístmicos, así llamados por celebrar en el istmo de Corinto, datan su inicio en el 582 aC, dedicados a Poseidon. Todos los nuevos juegos, que vienen a sumarse a la competición olímpica, surgen en unos mismos años, como puede verse. Buena suerte para el palmarés de Milón haber nacido en esa época, pues sumaría a sus coronas en Olimpia, siete triunfos consecutivos en los Juegos Píticos (uno de ellos en la competición infantil), nueve victorias en los Juegos Nemeos, y diez en los Ístmicos. Si hiciéramos un paralelismo con las competiciones deportivas actuales, estaríamos hablando de alguien que se mantiene en activo alrededor de veinticinco años, y que gana más de treinta medallas de oro, dominando cinco pruebas en cada edición de Olimpiadas, competiciones mundiales y continentales. Durante más de dos décadas. Incontestable.

En los Juegos Olímpicos del 516 aC Milón se retiró, siendo vencido por vez primera. El rival que se hizo con su trono fue un joven de su misma ciudad, que le rindió pleitesía una vez vencido el veterano atleta. La leyenda de Milón en el deporte le valió una posición de prestigio en su ciudad y su tiempo. Inspirados por la máxima del equilibrio entre la mente y el cuerpo, Milón, como la gran mayoría de los atletas de la Antigua Grecia, debieron diferenciarse bastante en sus inquietudes espirituales, políticas y culturales de los profesionales deportivos de hoy día. Pitágoras, filósofo y primer gran matemático de la humanidad, residió bastantes años en Crotona, donde se erigió como la figura más notable de la polis. Milón, cuentan varias fuentes, era discípulo de Pitágoras —de ahí la anécdota-leyenda en la que el forzudo salva al sabio de un derrumbe—. No se sabe si por los méritos contraídos en Olimpia o por mera ascendencia y respetabilidad, pero Milón se casó con la hija del matemático, la también filósofa Myia

En el 510 aC, en una de las ciudades cercanas a Crotona, Sibaris, un tal Telys, hombre fuerte de dicha polis, desterró a cerca de quinientos de entre los más poderosos de sus conciudadanos, tomando sus propiedades. Pitágoras, actuando como político, logró el apoyo de la asamblea de Crotona para ayudar a los desterrados e intervenir militarmente sobre la ciudad vecina. Milón fue designado jefe del ejército de Crotona que intervendría sobre la Sibaris de Telys. El ejército que comandaba Milón estaba compuesto por unos cien mil hombres —según narra Diodoro Sículo, cinco siglos después—, pero vencería a unas fuerzas tres veces mayores. La leyenda del atleta de extraordinaria fuerza se revistió de elementos semidivinos. Milón, se cuenta, no fue a la batalla solo ataviado con sus coronas olímpicas, sino que se enfundó en la piel de un león, recordando a Heracles. Los de Crotona, con Milón al frente, se impusieron a sus vecinos de Sibaris. Antes de Diodoro, otros filósofos e historiadores contribuyeron a convertir al hombre en mito. Diógenes Laercio, al narrar la muerte de Pitágoras, sitúa al matemático en casa de Milón, incendiada. Pero fue Aristóteles quien comenzó a vincular al atleta con Heracles, y Ateneo de Náucratis continuó la leyenda relatando el famoso mito del buey que Milón cargó durante cuatro años. El atleta habría cogido a una cría recién nacida y cargado con ella ciento veinte metros, el mismo ejercicio con el mismo animal, según iba creciendo, cada día. Hasta conseguir cargar con un buey adulto.

La última de las leyendas sobre el mejor atleta de todos los tiempos es la de su muerte. Cuentan que, paseando por un bosque, Milón se encontró con unos leñadores que habían insertado unas cuñas en un robusto tronco cortado. El viejo atleta, en un afán de demostración de fuerza, metió las manos en la hendidura con el fin de partir el tronco por la mitad, pero la naturaleza fue más fuerte que él y sus manos quedaron aprisionadas al caer las cuñas. Sin poder liberarse, los lobos le devoraron al caer la noche. Lo más probable es que el hombre real que fue Milón se perdiera o fuera atacado por una jauría de lobos, y su cadáver encontrado a los pies de un árbol bastante más eterno y poderoso que él. Sea como fuere, la casi ridícula muerte del hombre le emparentó directamente con los héroes. Era trágico, pero hermoso. Porque la leyenda, y la realidad, dan cuenta de que a todas las victorias, a todas las coronas o medallas, les sucede, siempre, un último fracaso. En la forma de caer derrotado está el honor.

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