Cuarenta

Liandra

El cercano repicar de los cascos la sorprendió sumida en sus propios pensamientos. Desde su accidentada llegada a las islas, hacía ya más de un año, había conseguido salir adelante a duras penas —con lo poco que ganaba leyendo la mano a los borrachos de las tabernas de Shouthwark—, pero la realidad empezaba a acorralarla. Roberto, su hombre, parecía no saber hacer otra cosa que estar borracho, y ya cada vez le costaba más conseguir algo de trabajo en el muelle. Aparte de su profunda amistad con el alcohol, el color de su piel gitana no le ayudaba. En realidad no les ayudaba a ninguno de los dos. El recelo ante los extranjeros era cada vez mayor entre los ingleses, sumido como estaba el país en una guerra por el control del mar contra los Países Bajos. Cuando los productos y el trabajo escaseaban, las miradas se volvían más hoscas a los diferentes.

Alphonse MuchaFotografía: Alphonse Mucha.

Hacía una hora que tras escapar por los pelos de la última taberna, con el paso de la tarde y el alcohol la líbido de aquellas bestias aumentaba de manera exponencial, se había topado con Mrs. Whitepool. Por supuesto, tras saludarla con exquisita amabilidad, le había propuesto de nuevo, por enésima vez, formar parte de su elenco de putas de postín.

     —Eres demasiado bonita y tu cuerpo demasiado voluptuoso y apetecible como para que solo lo disfrute un estibador feo y borracho —le había dicho, tan dulce y directa como siempre. 

Para los hombres ricos de aquel Londres de falsas apariencias, el prostíbulo de Mrs. Whitepool en Shouthwark era el refugio donde desencorsetar por un rato sus almas y sus limpios y perfumados penes.

Un relincho profundo y cercano la devolvió de golpe a la realidad. Los caballos. Miró a su alrededor inquieta en busca de algún portal en el que protegerse. Imposible. La calle en ese tramo era un doble muro desnudo. A ambos lados se situaban los campos de pasto para las ovejas de la catedral. A pesar de que el paso era especialmente estrecho, no apto para carromatos, siempre había algún potentado de la otra parte del Támesis que lo utilizaba para llegar pronto a cenar con su mujer y sus hijos, tras haber pasado la tarde resolviendo “asuntos propios”. La alternativa eran diez minutos de rodeo. Un mundo para sus impacientes señorías. 

Ante la imposibilidad de protegerse bajo ningún saliente tomó la única decisión razonable. Se pegó de espaldas al muro más cercano, conteniendo la respiración. El carruaje tendría paso suficiente, solo esperó no llevarse ningún mal golpe a su paso.

Segundos después y sin mucho más tiempo para reflexionar sobre ello dos caballos extenuados por el ritmo endiablado que les exigía su guía pasaban cercanos, pero suficientemente separados de Liandra. 

Todo se habría quedado en un susto si la providencia, esa que tanto mentaba la joven gitana cuando leía las ajadas manos de su clientela, no se hubiera revuelto en su contra. Uno de los pura sangres introdujo su casco en un saliente que albergaba el suelo adoquinado, con tan mala suerte que la herradura se le quedó enganchada provocando su caída y por ende la zozobra del carruaje. 

Dos toneladas de madera  y hierro se sobrevinieron sobre ella, sin darle apenas tiempo ni a asumir lo inevitable. Liandra sintió cómo con el impacto la espalda se le tensaba hasta partirse, con un ruido seco y aterrador. Al dolor más lacerante le siguió sin término de continuidad una ausencia de sensaciones mucho más sobrecogedora. Durante unos segundos interminables se vio allí, tirada en un charco de sangre como si su cuerpo y su alma se hubieran separado. Luego perdió el conocimiento.

Volvió en sí poco después. Desorientada y confusa, nada en su interior era capaz de decirle dónde estaba. Solo una sensación vaga de que algo le había pasado. Intentó moverse, pero no pudo. Todo en su mente estaba desordenado, pero de alguna manera, y mientras un terrible dolor de cabeza iba saliendo a la superficie, fue tomando conciencia de la situación. Al parecer solo su cuello estaba dispuesto a responderla. Lo movió, lo justo para poder aumentar su campo de visión. Era noche ya cerrada, y únicamente la leve luz de la luna, en estado menguante, alumbraba la escena.

El carruaje seguía allí, de pie, sin grandes desperfectos y con los caballos relinchando de dolor, pero en apariencia sanos. En la esquina izquierda del habitáculo dos hombres parecían estar inspeccionando los bajos del mismo. A pesar del estruendo del accidente, nadie parecía haberse acercado al lugar. No le sorprendió. Era una zona apartada, de poco tránsito.

Algo debió de llamar la atención de los dos hombres, pues dejaron al unísono lo que hacían y miraron en su dirección. En seguida se percató de que se escuchaba un suave gorjeo, cerca de donde estaba tendida. Quizás algún pequeño pájaro había decidido ir a observar la escena. Uno de ellos, el más alto, se levantó, y tras cuchichear algo con su acompañante, estaban demasiado lejos para acertar a oírlos, se dirigió a la parte delantera del carro, poniéndose fuera del alcance de su limitada visión. El otro, bajo, rechoncho, miraba mientras tanto de reojo hacia donde estaba tendida. Se le notaba intranquilo. Se quitó el sombrero que llevaba y comenzó a pasárselo de una mano a otra, nervioso, mientras esperaba a que el hombre alto regresara.

No tuvo que esperar mucho. Volvieron a cruzar unas palabras entre ellos, algo más agitadas, siendo ahora el segundo  individuo el que se alejó hasta quedar fuera de su alcance visual. El hombre alto se quedó de pie, pensativo, mirando al suelo, hasta que tras un fuerte suspiro que llegó hasta sus oídos comenzó a caminar hacia ella. 

Un paso, dos. Liandra vislumbró nerviosa cómo ocultaba su mano derecha a la espalda, como si llevara algo que no deseara que ella viera. 

Tres, cuatro. El gorjeo iba en aumento, al parecer el ave respondía a la cercanía del extraño. 

Cinco, seis. Cada vez más cerca, comenzaba a vislumbrar algunas de sus facciones, aquéllas que no escondía el sombrero de ala ancha que llevaba elegantemente enhiesto. Piel blanquecina, mentón prominente, y una barba poco espesa. 

Siete, ocho, ya estaba a medio camino. Su vestimenta, totalmente negra, al igual que su capa, era discreta, como correspondía a un hombre que venía de degustar lo prohibido, aunque no ocultaba su posición social. Era ropa de calidad, con un corte impecable y sin la suciedad del que viste lo mismo a diario.

Cerró los ojos, intentando controlar la inquietud que empezaba a invadirla. El gorjeo paró durante unos instantes, para volver con más fuerza si cabe al volverlos a abrir. El caballero estaba ahora más cerca, enorme a la vista, dada su altura y el ángulo visual que le ofrecían los fríos adoquines. Era un hombre corpulento, poderoso. Sus botas, negras como el resto de su vestimenta, emitían un ruido quedo, extrañamente arrítmico.  

Un paso más, otro más corto, hasta que se paró a escasos centímetros de su cuerpo inerte. El gorjeo, que había ido en aumento tanto en volumen como en nerviosismo, paró de pronto. El hombre giró en torno a sí, observando la noche en todas direcciones. Después, con parsimonia, se arrodilló, junto a ella, hasta que sus ojos se encontraron por fin. La sonrió ensimismado, quitándose el sombrero, dejando por fin ante los ojos de la zíngara sus facciones. 

Era un hombre guapo, de ojos azules, nariz afilada y boca de labios gruesos. Su aliento hedía a alcohol y a sexo, su cuerpo a fragancias baratas de burdel y a salitre. El gorjeo volvió de repente con más intensidad si cabe, hasta que el extraño, con un gesto brusco, lo paró tapándole la boca. La sonrisa se le había borrado de cuajo. Liandra, que no podía retirar la vista de aquellos ojos azules, comenzó a sentir miedo. Miedo no, terror. Aquellos ojos hermosos, brillantes, estaban tamizados por un barniz de crueldad en su interior. Duros, hoscos, acostumbrados a llevar a cabo su voluntad sin importarle cómo.

     —Silencio, mi dulce pajarito gitano —le conminó una voz ronca, grave, dura como los tiempos que corrían—. Hoy tu insignificante vida me ha resultado especialmente molesta, insolente e irritante —el tono de aquella voz iba en aumento, al igual que la ira que cobijaba en su interior—. Por tu culpa, pajarito, llegaré tarde a una cena muy importante con mis suegros, mi mujer y mi primogénito, nacido hace pocas noches, y tendré que utilizar todo mi ingenio y mi encanto para explicarme —una nueva sonrisa se dibujó en sus facciones, aunque, ésta no transmitía nada que no fuera odio y desprecio—. Saldré de ésta, como siempre, no te preocupes por ello. Y lo cierto es que tengo prisa, cada segundo empieza a ser oro, pero antes tengo que dejar todos los cabos sueltos bien atados, pajarito, es una cuestión que hasta tú te das cuenta que es necesaria —sin otro preámbulo se echó a un lado, descubriendo el objeto que portaba en su mano derecha y que había tenido hasta ese momento oculto. Un gran machete apareció ante los aterrados ojos de Liandra, que intentó gritar bajo la ruda mano del extraño. Era inútil, paralizada físicamente y aterrorizada, cerró los ojos y mientras sentía como se tensaba el cuerpo de su verdugo, listo para asestar el golpe de gracia, se encomendó a sus ancestros. 

Algo sucedió entonces, pues justo antes de dejar de respirar sintió como una sensación nueva le invadía y lo inundaba todo a su alrededor de manera repentina: Odio. Un odio intenso, lacerante e implacable. Un odio que la agarró al mundo, aun después de que aquel machete le separase la cabeza del cuerpo.

Edmund

Limpió la sangre del filo en la capa, mientras volvía hacia el carruaje, fastidiado y aburrido de aquella noche torcida. La sangre de aquella furcia le inundaba la ropa y el cuerpo, pero no le preocupó en exceso. En cualquier caso tendría que parar en la casa de Pudding Lane, antes de dirigirse a la mansión familiar. Odiaba las prisas, y más en un caso como ese, pero un marinero como él sabía que la vida a veces tenía esas cosas. Al menos ese final le había generado una dulce satisfacción. Disfrutaba con la muerte, y rara vez tenía ocasión de mirarla a los ojos, salvo en la batalla. Y ya ni eso. Bajó su mirada hacia su pie izquierdo, perdido en combate, cuyo único reflejo externo, gracias a la prótesis de madera, era una levísima cojera, y suspiró.

En esas estaba cuando un ruido a sus espaldas llamó su atención. Un gorjeo. Suave al principio, más intenso después. 

Sintió como su cuerpo se paralizaba de repente, degustando un sabor amargo al que no estaba acostumbrado, y menos en tierra firme: el del miedo. El gorjeo cada vez más audible, comenzó a tomar forma de lenguaje humano. 

     —Edmund Booker, mírame, Edmund Booker —le conminó la voz. Aterrorizado, pero sintiendo que sus miembros respondían a algo superior a su voluntad, se giró, poco a poco, hasta estar de nuevo enfrente del cuerpo sin vida de la gitana. La cabeza, separada un par de metros del resto del cuerpo, le miraba fijamente, inquisitiva, con unos ojos marrones que brillaban con un halo fantasmal rezumante de odio. Cerró los ojos, diciéndose a sí mismo que aquello no podía ser más que una alucinación, pero al volverlos a abrir allí seguía, esperándole.

     —Capitán Edmund Booker, ¿qué has hecho, insensato? —un hilo de pus sanguinolento empezó a desprenderse de los labios de la zíngara, mientras el marinero empezaba a notar que al olor de la sangre y del miedo de su cuerpo empezaba a unirse el del orín caliente que de manera incontenible manaba de su entrepierna—. Acabas de condenarte a ti, y a tu primogénito, y al primogénito de tu primogénito y así hasta que finalice tu estirpe, a morir, la noche siguiente al cuarenta aniversario de su nacimiento. Estás maldito, capitán Booker, y yo maldigo a su vez a todos tus descendientes primeros y únicos.

Cómo fue capaz de volver de nuevo al carromato es algo que se le escapaba a Edmund, pero cuando entró en su apartamento secreto de Pudding Lane y se aseó con rapidez para poder ir a celebrar su cuarenta aniversario junto a su hijo, su mujer y su adinerada familia, no podía dejar de temblar. Una vez limpio, se tumbó en el catre de la habitación intentando relajarse un poco. Había mandado a su fiel Robert a casa, pensando en ir paseando hasta la mansión. Iba a llegar tarde en cualquier caso, así que prefería airearse mientras sus nervios se templaban. Cerró los ojos dándose un último respiro. 

Era sábado, 3 de septiembre del año de gracia de 1666.

Jonathan y Edmund

El sueño, como todos los que le habían acompañado desde su trigésimo cumpleaños, era vívido y omnisciente. Él era ahora Edmund, como tenía que ser por otro lado, al fin y al cabo mañana era la última noche. Estaba en la habitación que su antepasado tenía alquilada en Pudding Lane, y aunque le sentía consciente, era incapaz de moverse. Se había quedado dormido tras asearse, presa del pánico tras los incidentes de la noche. En ese momento, las tres de la mañana, hacía una hora que se había despertado. Aterrado, y consciente que toda su familia lo estaría buscando, había intentado levantarse para dirigirse a casa. Había mandado al buen Robert para allí, pero éste no soltaría prenda hasta pasados unos días. Si es que lo hacía. Maldita lealtad, pensó desesperado. Todos sus intentos por levantarse fueron infructuosos. Estaba paralizado, tumbado desnudo en mitad de la cama, esperando a que sus miembros recobraran de nuevo vida. A duras penas movía la cabeza, manteniendo todos los sentidos intactos pero siendo incapaz de articular palabra. Cada vez que lo intentaba solo salía un leve gorjeo de su garganta. Había conseguido controlar el pánico, convencido de que aquella maldita bruja le había envenado de alguna extraña manera que explicaba las alucinaciones y aquella parálisis. Aun así no temía por su vida, dado que las sensaciones de su cuerpo no eran malas. Poco a poco se había convencido de que lo más seguro es que el efecto fuera transitorio, con lo que esperaba fastidiado el paso de los minutos. 

John en cambio sabía lo que venía después, y la espera lo angustiaba sobremanera. Llevaba diez años muriendo con ellos, cada noche, cada madrugada, y aunque no llegaba a sentir su dolor, sí sentía su angustia, su desesperación, sus vanas esperanzas ante lo inevitable. No era éste el caso, por que Edmund fue con el que dio inicio la maldición, pero sí en el de los demás. La duda que asaltó a los primeros, no queriendo asumir lo irremediable; la esperanza de Richard, el primer Booker que había emigrado al nuevo mundo, deseando con ansia que la maldición se quedara en la vieja Europa. Había habido de todo, desde el que moría de manera pacífica en su cama hasta el que lo hacía presa de horribles torturas. Distintas muertes, tan distintas como las almas de todos aquellos Booker, ya más de diez generaciones. Desde beatos hasta asesinos en serie habían pasado a la otra vida bajo el manto de la maldición de la implacable Liandra, incapaz de sentir conmiseración ante ninguno de ellos. 

Empezaron a llegarle los primeros signos de lo que estaba por venir, con la extraña algarabía que se oía en la calle, siendo altas horas de la madrugada. Alguien tocó la puerta, advirtiendo del desastre.

     —Si vive alguien ahí, salgan pronto. Se ha desatado un incendio en casa del panadero Farriner, repito, salgan sin pensárselo. 

No hubo mucha insistencia. No había demasiados inquilinos en aquel tugurio, y pronto dejaron de oírse los pasos acelerados del vecindario. En la calle en cambio, el ruido iba in crescendo, a la par que el desasosiego de Edmund. El obrador del panadero estaba tres edificios más abajo, con lo que las posibilidades de que llegara el fuego hasta él antes de extinguirse eran pocas. Más le inquietaba que derruyeran la casa para cortar el fuego. Intentó de nuevo mover el cuerpo, con el mismo infructuoso resultado. 

Cuando treinta minutos después empezó a llegar hasta la nariz de Edmund el olor a quemado de la casa contigua, su angustia comenzó a devenir en terror. Sus esfuerzos por moverse solo conseguían congestionar su cara, sus intentos de gritar pidiendo auxilio terminaban en patéticos gorgoteos apenas audibles. Los ojos, que miraban acelerados en todas direcciones, buscando cualquier indicio de fuego, se quedaron de repente congelados. Junto a la puerta del baño, observándole, pudo vislumbrar la silueta de una mujer. 

Supo antes de que sus ojos pudieran ver su cara que era ella. Su cuerpo, delgado y flexible, comenzó a acercarse contoneándose. Incluso en aquella situación, Edmund no pudo de dejar de apreciar su belleza felina. No pudo dejar de desear su cuerpo. Al menos hasta que sus ojos se clavaron en él. Aquellos ojos fríos, rodeados de un brillo espectral volvieron a soltarle los esfínteres, mientras un alarido silencioso pugnaba por salir de su garganta. Algo parecido a una sonrisa satisfecha se dibujó en la cara de Liandra. Después, se acercó con paso firme hasta la cama y se sentó junto a su verdugo.

     —Shhh, pajarito, no te esfuerces por cantar, no puedes —le acarició la cara, mientras el terror de Edmund empezaba a enterrar la poca cordura que le quedaba. Los ojos parecían pugnar por salirse de las órbitas, deseosos quizá de dejar de ver lo que su cerebro le decía que era imposible que viera. La mano de la zíngara comenzó, lentamente, a bajar por su cuerpo, mientras las primeras volutas de humo empezaban a entrar por debajo de la puerta. 

     —Ohhh, que pena de pajarito, tan fuerte y apuesto, tan buen padre y esposo. Aún en la flor de la vida, y ya ves, a punto de perderla —su mano llegó hasta su objetivo, y poco a poco y con suaves movimientos empezó a masajearle el sexo—. ¡Pero bueno!, después de todo parece que no todo tu cuerpo está paralizado —la confusión en la mente de Edmund era ya completa. Su cuerpo bombeaba sangre hacia su pene erecto, mientras el cerebro gritaba en silencio presa del más absoluto terror. 

El fuego hizo por fin aparición en la habitación, con la explosión de la puerta de entrada. En pocos minutos la estancia, de madera podrida y mohosa, prendió hasta que rodeó la cama, donde Edmund, atrapado entre el terror y el deseo más salvaje movía imaginariamente las caderas al ritmo que marcaba aquella aparición vengativa. Quería salir corriendo de allí tanto como deseaba que aquello no acabara nunca. El orgasmo llegó a la par que el fuego empezó a quemar su cuerpo. El grito de placer fue sofocado con rapidez por los alaridos de dolor, una vez liberada de repente la voz, al quemarse vivo. 

John, a pesar del asco que sentía hacia a aquel antepasado suyo no pudo más que sentir conmiseración por aquel hombre, por su sufrimiento, mientras moría carbonizado. Liandra dirigió una última mirada hacia Edmund, aunque en realidad ya no le miraba a él. Por primera vez, después de diez años, demostró reconocerlo. 

     —Jonathan Booker, tú eres el próximo.

John

Se despertó gritando, envuelto en un charco de sudor, mientras todos los cartones que le habían mantenido a salvo de la intemperie caían al suelo. “Jonathan Booker, tú eres el próximo” le había dicho Liandra, y efectivamente esa era la mayor certeza que jamás había tenido en su vida. Miró al banco que había sido su refugio durante los últimos años, y marcó la última muesca de la cuenta atrás que había comenzado el día en el que nació. Hoy era su cuadragésimo cumpleaños. Hoy celebraba su nacimiento para asumir su muerte.

El dolor de cabeza era intenso, una resaca hostil y cegadora a la que combatió como solía. Cogió la botella de whisky de su petate azul y le pegó un buen trago. La borrachera del día anterior había sido de las que hacían época, pero qué coño, sabía que aquello no le iba a matar. Al menos no ese día. Se rascó aquella barba espesa, de Dios sabía cuantas mañanas sin afeitar, y pegó un último trago matutino. Aún no era hora de abandonarse al alcohol, tenía cosas que hacer. 

No dormía todo el año en Central Park. En lo más crudo del invierno intentaba cobijarse en el metro, o en algún albergue si es que los malnacidos de seguridad le pillaban por allá abajo. 

No le gustaba acogerse a la caridad, solía decir al que se lo preguntaba que él era un Booker, y que tenía demasiada clase para eso. La verdad es que la razón real por lo que no lo hacía es que pensaba que no era digno de ello. Era una miseria humana, una piltrafa de la sociedad que no merecía más que morir congelado en cualquier esquina de Harlem. Había días que rezaba por ello, pero lo cierto es que a la hora de la verdad, cuando se veía con el agua al cuello, no tenía pelotas para dejarse ir. Solía pensar que era la vieja bruja que no le dejaba morirse antes de lo debido, aunque lo cierto es que no quería hacerlo. Cuando el frío o el hambre le atrapaban, acababa acudiendo a algún refugio. Sobre todo al de Harry’s, en la 112 con St. Nicholas, siempre cerca de su banco favorito, en Central Park norte. Aunque no durmiera en él todos los días sacaba un rato para acercarse a allí y hacer la muesca de rigor. Un día menos para su cita con la dulce gitana. “Cómo mola, compañero”.

“Joder, Dios tenía un regalito de cumpleaños para mí” pensó  con una sonrisa sardónica, cuando se encontró una Big Mac enterita sin tocar en la basura de al lado del McDonalds de la calle 96 con Broadway. Se la comió con ansias, mientras se dirigía a despedirse de las dos únicas personas que amaba en esa vida. 

Volvió al parque, atravesándolo hasta salir por el sur de Manhattan, y luego se dirigió por Madison hasta la 50. Miró su reloj. Aún quedaban diez minutos para que Jared, su ex, llegara con el chico al colegio. The Beekman School era uno de los más selectos centros educativos de Nueva York. La elección había sido sencilla, toda la familia de su mujer había estudiado allí; él había estudiado allí, al menos hasta que duró el dinero que había dejado su padre. Al contrario que él, que había elegido la autodestrucción como mejor manera de afrontar el tema, su padre, Richard Booker III, había decidido dilapidar la fortuna familiar antes de que le alcanzara la parca en forma de zíngara vengativa. 

Se gastó su dinero en una juerga tras otra, en un viaje tras otro, mientras su mujer y su hijo subsistían como buenamente podían. El hecho de que Jared fuera de familia acomodada había sido una bendición para la frágil moral de su madre, aunque a él le había dado más bien lo mismo. Ahora se alegraba que Michael tuviera la oportunidad de disfrutar de la vida, al menos hasta que la maldita Liandra comenzara a jodérsela. 

Se escondió en la bocacalle que estaba enfrente a la entrada del colegio. Como todos los días durante los últimos 5 años, cuando había roto con todo para rumiar su pena a su manera. Llegaron puntuales, como siempre, Jared con el bocadillo del crío en la mano, él con la mochila a la espalda. Era ya todo un mozalbete de diez años, aunque la dependencia de su madre aún se notaba en los gestos, en el cariño y añoranza con la que la abrazaba al marcharse. Lo miró mientras el corazón se le hacía añicos. Había engordado, iba a tener que cuidar un poco esa alimentación, diantre. Quizás un padre le pudiera ayudar en eso. No sabía qué esperaba Jared, la verdad, para buscarse un hombre que la cuidara a ella y al chico. 

Una vez Michael entró para dentro, ella como hacía siempre miró hacia el callejón. No le veía, pero sabía que estaba allí. Y sabía seguro el día que era. Vio que dudaba, pero haciendo de tripas corazón comenzó a cruzar la calle en su busca. Mierda, todavía le quería la muy tonta. Él la adoraba, y por eso se había marchado y les había abandonado a ella y a Michael. No se podía ser feliz al lado de un Booker.

Salió pitando mientras ella esperaba que bajará la intensidad del tráfico para acabar de cruzar en aquella esquina sin semáforo. Oyó su nombre, cuando ya se había alejado algo, y no pudo resistirse a girarse. Ya no le seguía. Un sencillo beso de despedida lanzado al frío aire del noviembre neoyorquino. Él se lo devolvió, y se dio la vuelta, desesperado, mientras las lágrimas recorrían su cara demacrada y ajada por la vida en la calle. “Maldita puta gitana”, se dijo para sus adentros, le había robado la vida mucho antes de matarlo.

Volvió caminando hacia Harlem, temeroso de que si se quedaba en Manhattan acabara pasando el día en un calabozo para mendigos. Hoy no necesitaría conseguir dinero, en uno de sus mayores logros en los últimos cinco años había estado ahorrando para la gran juerga de ese día. No hay como tener incentivos para mover el culo, como bien le decía su padre antes de pirarse. En esta ocasión paró en la licorería habitual, recogiendo armamento extra. “Hoy ponme del whisky bueno, Leonard”. La ocasión lo merecía. Volvió a su mansión del parque,  y comenzó suave y metódicamente su última borrachera en la tierra. Oye, quién sabe, igual se moría antes de que viniese la perra a por él.

Se despertó con un pedo descomunal aún en su máximo apogeo. Miró el reloj. La una de la madrugada. Todavía le quedaban un par de horas para que viniera la parca gitana a por él. Metió la mano debajo del banco, a tientas, para coger la botella que había dejado a medias. Nada. Se giró de medio lado buscándola ahora visualmente. No estaba. No es que se la hubiera bebido, las posibilidades de no acordarse eran altas, es que no estaba. Seguramente algún niñato se la estaba bebiendo ahora a su salud. “Joooder, que mierda” rebuscó entre los múltiples bolsillos de su gabardina raída, hasta que aparecieron algunos dólares entre billetes pequeños y monedas. No más de tres o cuatro, pero los suficientes para comprarse una última botella, aunque fuera de las infectas. “Ni para despedirme tengo suerte, joder”, pensó malhumorado, mientras se dirigía dando tumbos de nuevo a la licorería. Cómo amaba ese país y su libertad de horarios. 24 horas para dejarse los cuartos.

Salió del parque por la 110, y cruzó la calle a ciegas. Estaba demasiado borracho para mirar, demasiado abandonado a su suerte, para que le preocupase el tráfico. 

Charles

Charles Brown volvía a casa después de desahogar todas las frustraciones que le generaba Wall Street en casa de Sasha. Sasha y sus chicas guarras, como se las conocía en los pasillos de la bolsa. Medio Wall Street estaba en sus fiestas diarias. Los hombres que sustentaban el poder económico del país más poderoso del mundo se juntaban en la casa de aquella fulana todas las noches, dando rienda suelta a sus vicios más secretos y a sus perversiones más profundas. Si la concentración del poder se pudiera medir, se podría decir que aquella mansión de Manhattan era el centro del universo conocido. 

Subió por Madison hasta la 112, rodeando Central Park, como le gustaba hacer todos los días. Le ayudaba a relajarse darle un poco de gas al Ferrari último modelo de su colección personal. Se saltaba un par de semáforos, pegaba un par de acelerones y para casa. Al fin y al cabo nadie le esperaba para cenar. 

Hacía dos años que se había separado de Mirta. Ella se había quedado con la custodia del chico, gracias al cielo, y 15.000 dólares al mes de manutención. Había sido lo mejor que podían hacer, él no la quería ni ella a él. En general no los echaba de menos, salvo en días señalados. Aquel era uno de esos días. Su cumpleaños. Lo acababa de celebrar con tres putas de lujo y mucha, mucha coca. Se lo había pasado de cine, para qué negarlo, pero no se engañaba a sí mismo. Era una mierda de cumpleaños y no había más. Suponía que el recuerdo de su infancia junto a sus padres hacían ese efecto en él. Se ponía tierno y tal.

La verdad es que no vio al puto mendigo. Salió de la nada, en mitad de la 112. Por los tumbos que daba debía de tener una borrachera de muerte, pero aún así, no le había dado tiempo a frenar. El golpe había sido brutal.

Salió del coche, sin poder creerse aún su mala suerte, cuando se percató que, por raro que pareciese, no había nadie en la zona. Joder, era un puto mendigo, y él era el que se había abalanzado sobre su coche. Debería denunciarle, cojones. Iba ciego de coca, y si daba parte se le iba a caer el pelo fijo. Volvió a mirar a la calle desierta, mientras arrastraba a aquel maldito patán para separarlo de la trayectoria del vehículo, “joder, menudo bollo tengo la hostia, me va a salir un ojo de la cara arreglarlo”. Una vez lo pegó a la acera, y sin dejar de mirar a todos los lados, comenzó a volver al coche, dispuesto a arrancar y pirarse de allí. 

Estaba en ello, cuando de repente una especie de gorjeo extraño a su espalda le congeló la sangre en las venas… 

Charlie y Johny

De nuevo estaba soñando, de nuevo dentro del cuerpo de otra persona, aunque en este caso no conocía al individuo. Le sorprendió la familiaridad de la escena, un hombre tumbado desnudo en una cama, con los ojos abiertos, pero incapaz de mover nada que no fuera la cabeza. Lo intentaba con denuedo, pero no era capaz.

No hacía otra cosa que pensar en la mierda que le había suministrado Sasha, y la paliza que le iba a dar cuando la volviese a ver. Movía la vista nervioso, de un lado a otro buscando la manera de pedir ayuda, cuando de repente una silueta humana apareció ante la vista periférica del hombre. Levantó la cabeza todo lo que pudo y se sorprendió al ver a una mujer, morena y terriblemente atractiva, en el loft de su ático de veinte mil dólares al mes. Intentó preguntarle que quién coño era, pero en vez de palabras solo le salió un gorjeo quedo, sin fuerza. La extraña se movía en la cocina, con calma, parecía que buscaba algo. Después de un rato pareció encontrarlo, y volvió con ello en la mano. Era una pequeña vela, que se encendió sola al acercarse a la cama.

Cuando la cara de Liandra se dibujo claramente en su campo de visión, John sintió miedo por primera vez, pensando que quizás esta vez no estaba dormido, que el extraño era él y que había llegado su hora. Aunque sabía que no. Sentía que no. La gitana le miró fijamente a los ojos, a sus ojos, no a los del extraño, y le habló con parsimonia. 

     —John Booker, ¿qué haces todavía aquí? Tienes toda una vida por delante, pajarito, disfrútala…

John y Jared

Se despertó gritando como un loco, mirando a su alrededor, desorientado, hasta que descubrió, poco a poco, que el ático había desaparecido para dejar sitio a la habitación… de un hospital. Aun así se agitó, confuso, mientras unas manos expertas intentaban tranquilizarlo.

     —No se mueva señor Booker, tiene las piernas rotas y se va a lastimar— intentó tranquilizarse, controlar el temblor que recorría su cuerpo, mientras la cordura retomaba su cabeza dolorida. La imagen de Jared, sentada en una esquina de la habitación, le ayudó sobremanera. Y su preciosa sonrisa.

     —¿Qué hora… qué día es hoy?— acertó a preguntar aún desorientado.

Nadie pareció querer responderle. Jared se levantó de la silla, y se acercó hasta él con una sonrisa radiante. Espléndida… y aliviada. Las lágrimas empezaron a recorrer su hermoso rostro, aunque sin poder ocultar aquella sonrisa contagiosa.

     —Feliz cumpleaños, mi amor. Aunque sea con un día de retraso… ♦︎

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