William Faulkner, o la revolución de la narrativa

William Faulkner. Foto: Getty Images

Ha sido prácticamente un mes lo que he dedicado a la trilogía de los Snopes de Faulkner: La aldea, La ciudad, y La mansión. Hay que hacerlo así, todo seguido. Hace más o menos treinta años había leído el primer volumen, y me había gustado, claro, pero nada más. Sí me había impresionado ya entonces aquel personaje femenino, todo cuerpo y sensualidad, pero que no abre la boca en toda la novela, Eula Varner. No es que hable mucho en los otros dos tomos que ahora he conocido, pero se va comprendiendo el universo que se teje a su alrededor, su fracaso ante la miseria moral del mundo Snopes, y el chantaje tácito al que es sometida con su adulterio como motivo y su hija como rehén. Verdaderamente se comprende que entre la presión de su innoble marido y el marco social opresivo de la pequeña ciudad, el suicidio sea una salida digna. Casi dan ganas de aplaudir cuando se descubre la forma, bastante sórdida, en que la venga su hija, tantos años después.

Este hilo argumental es casi lo de menos, con ser una obra maestra de estructura narrativa. Lo que importa es todo el mundo que se abre alrededor de estos personajes, la complejidad de ese microcosmos de la ciudad de Jefferson, ese mundo que es tan lejano al nuestro cultural y socialmente, y que, sin embargo, llegamos a entender y conocer tan bien. Es la epopeya de los trepadores lo que se nos muestra en toda su crudeza, y el mérito de Faulkner es que, siendo estos trepadores, los Snopes, tan característicos del tiempo y lugar en que se nos muestran sus maldades, nos resultan conocidos y familiares a tantas millas y años de distancia. Podría catalogar, con nombres y apellidos, a bastantes Snopes que he conocido.



He disfrutado mucho con estas mil páginas de literatura mayor. Hacía bastantes años que no leía a Faulkner, quizá quince o más. No es casualidad. No se le puede leer en ratos libres, a salto de mata, tres páginas hoy, cinco mañana, sino que hay que dedicarle tiempo y atención. Casi se me había olvidado lo complejo que llega a ser. Pero compensa el esfuerzo. Es, desde luego, el gran autor de la literatura americana del siglo XX; o puede que el gran autor americano de cualquier siglo (que me perdone mi admiradísimo Mark Twain). Lo más curioso, lo que más me impresiona, es lo universal que llega a ser desde sus acciones en ese pequeño mundo sureño, tan localista y provinciano. Trascender lo localista en universal es una de las señales del genio.

Y eso es lo que hizo. Creó el imaginario condado de Yoknapatawpha como una síntesis del viejo Sur americano, al que se debía. Un viejo Sur en el que desde ningún punto de vista nos podemos sentir reconocidos, pero en el que, por medio de los personajes que por él discurren, reconocemos lo que importa y da color y significado a los seres humanos. Todo en el marco de la decadencia, más bien el hundimiento, de una sociedad y una forma de vida que nadie, ni antes ni después de él, ha sabido describir tan fiel e implacablemente.

Sin la menor concesión al romanticismo fácil, no oculta su identificación con ese espacio del que uno de los mejores símbolos es el anciano Bayard de Sartoris, al que hemos visto también como jovencito en Los invictos. Aunque relacionadas por este personaje, son dos obras muy diferentes (y de muy desigual valor literario) que leídas por separado e ignorando en cada una la otra tienen una total autonomía, y forman, sin embargo, un conjunto coherente. Lo que representa el medio siglo transcurrido entre la muerte del coronel Sartoris, tras la guerra civil, y la de su hijo Bayard, el viejo banquero, en los años veinte, es tan patente que no hacen falta mayores explicaciones, ni Faulkner se molesta en dárnoslas. Lo que pretende es contarnos cómo funcionan estas personas en su interior y en su relación con los demás y con el complicado entorno en el que viven.

Un entorno que se hace más complicado todavía en Absalon, Absalon, posiblemente su obra más representativa. Con ese coronel Sutpen, seguramente uno de los mayores hijos de puta que han pasado por las páginas de un libro, cuya grandeza, sin embargo, es difícil de ignorar. Si hay algo que no es Faulkner, es confortable. Leerle es hacer oposiciones a pasar un mal rato y alegrarse de ello después. Y así ocurre con Mientras agonizo, con El ruido y la furia, con  Desciende Moisés, y no digamos con Santuario, donde la sordidez alcanza sus cotas más altas. Hay que decir que, sin que la obra sea precisamente condescendiente,  su bienintencionado relato evangélico en la guerra del catorce Una fábula es desde el punto de vista literario lo menos afortunado de su producción, o a mí así me lo parece.

Faulkner fue un auténtico revolucionario de la técnica narrativa. Su forma de relatar ha impregnado el siglo XX en una medida sólo comparable con la influencia de Marcel Proust y James Joyce. Son ellos los tres pilares de la ruptura con la novela decimonónica que, a su vez, fue la ruptura (no por heredera directa menos clara) con la literatura de la Ilustración. Sólo reflexionando en lo que representaron en su día una Jane Austen, un Thackeray, un Dickens, un Stendhal, se puede entender lo que en la primera mitad del XX han representado los tres mencionados. Y Faulkner, una generación más joven que los otros dos, no es el menor de ellos.

No tuvo una vida fácil. Aunque en realidad ganó bastante dinero, todo se le fue en un sinnúmero de obligaciones familiares y en su propio desorden. La consecuencia fue el alcoholismo que terminó con él. Ni siquiera el premio Nobel (en 1949) arregló las cosas y debió dedicarse, alimenticiamente, a escribir guiones cinematográficos, con lo que el cine salió ganando. Aunque la mayor parte de su producción como guionista fue anterior al premio Nobel, ya era muy famoso cuando la hizo. Trabajó, sobre todo, para Howard Hawks, y también para Jean Renoir. Nada es casual, aunque todo obedeciera a la lógica económica de los estudios de Hollywood. Un Hollywood  en el que directores que hoy consideramos justamente geniales se apoyaban en los guiones de un escritor reconocido y tronado y hacían maravillas que nunca olvidaremos, mientras bebían whisky (seguramente mucho) juntos.

Sin embargo, algunas de sus obras mayores, por ejemplo la trilogía de los Snopes mencionada al principio, son de la última etapa de su vida. Soñó con ser un caballero del Sur, y así intentó construir su imagen, pero nunca perdió la lucidez y lo más valioso de su herencia es el testimonio de la miseria de los “blancos pobres” en un mundo que se hundía en el que sólo podían agarrarse a las diferencias con sus vecinos de color. No aprobando tal postura, pero sí reflejándola con fidelidad y crudeza. Basta acordarse de Luz de agosto

Recordar a Faulkner es reencontrarse con la mejor novelística del siglo XX. Y limitándonos al castellano, la deuda con él de Juan Benet, Luis Goytisolo, García Márquez, Vargas Llosa y tantos otros es inmensa (y reconocida por ellos, por cierto). Su forma de narrar obliga al lector a otra forma de leer, una forma de leer activa y esforzada que enriquece al que la practica y que permite una profundización en personajes y situaciones difícil de encontrar en una narrativa más atada a los cánones de la novela decimonónica. Así pues, leamos y releamos a Faulkner, que merece la pena.

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