‘Todos queremos algo’, o el síndrome del algodón de azúcar

No conecto con el cine de Richard Linklater, debo reconocerlo. Le doy una oportunidad tras otra, pero me pasa como con el algodón de azúcar, que, por más que lo pruebo cada año en la feria, seducido por su seductora pinta, no me sabe a nada.

Entiendo que está muy bien hecho, que su cámara no deja costurones mal cosidos, que todo fluye con normalidad, eso que los expertos llaman ‘naturalidad’, si se quiere. Pero ¿y qué? ¿Acaso es un ejercicio de estudiante de cine, para conformarse con la formalidad de una planificación correcta o de una historia sin estridencias tonales? Ya con la famosa trilogía me aburrí a grandes ratos, pero podría decir que se deja ver. Con Boyhood, consagración del ‘prodigio’, pensé que tanta obcecación con el tiempo de rodaje para obtener poco más que una buena secuencia final, quizás era exagerarse en el método, y perder por ello la perspectiva a la hora de evaluar el resultado final, pero bueno, lo dejé pasar. Sin embargo, con Todos queremos algo —y la coral manifestación de entusiasmo erudito que la abrigó desde su estreno—, no pude más que revolverme en el asiento. Todos queremos algo, de acuerdo, pero yo no sé lo que quiere Richard Linklater… el juego de palabras es facilón, disculpen, pero era inevitable.

EVERYBODY WANTS SOMEEverybody wants some!! (Todos queremos algo, 2016) / Imagen: Annapurna Pictures.

El film tiene las habituales virtudes que le imprime su director, largos planos fijos o de escaso movimiento de cámara para conversaciones, buena dirección de actores, diálogos poco realistas que suenan naturales, una buena puesta en escena, una atmósfera generacional muy conseguida. Pero cuenta poco. Más allá del ejercicio cinematográfico y de nostalgia, apenas nada que destacar. El guión avanza por bloques, la fiesta beisbolista, la fiesta country, la fiesta punk, la fiesta intelectual, el entreno, la noche a solas en el lago, y el  breve epílogo en el aula, quizás el mejor momento del film, dejando un poso de ambigua amargura que rompe por primera vez un discurso acomodaticio y tontorrón. La mirada sobre la juventud universitaria de los Estados Unidos de 1980 es tan complaciente como, posiblemente, certera. La ignorancia y la supina estupidez dominan el ambiente, es el festejo exacerbado de un hedonismo inconsciente, de la feliz enajenación. La juventud y la universidad son sexo y alcohol, lo demás solo excusas para vivir una etapa de la vida dominada por pulsiones bacanales, y entre ello, quizás, el amor. 

Linklater, nacido en 1960, idealiza su propia experiencia, su época universitaria. Es algo perfectamente legítimo. Uno puede guardar muy buenos recuerdos de una época y de una actitud vital asociada a ella, pero pretender hacer un retrato generacional fijándose únicamente en la experiencia personal, no parece el mejor método para conseguir una obra de arte representativa, por muy buena que sea su factura. Por supuesto, se podrán sacar múltiples ejemplos de la profundidad filosófica de Todos queremos algo, incluso en clave metacinematográfica —lo que parece un elemento infalible siempre que se hable de ciertos directores—, pero lo cierto es que por mucho que se diga que Linklater hace una ‘reflexión sobre la nostalgia’, la reflexión no está por parte alguna, sustituida más bien por un ‘regodeo’ en el propio álbum de recuerdos; que aunque se hable de ‘retrato generacional’, lo que hay es una hagiografía generacional; y que cuando se dice que rueda un ‘naturalista nacimiento del amor’, lo que hay es plano y contraplano con miraditas y beso y miraditas, como en cualquier comedia romántica. No nos engañemos.

El algodón de azúcar tiene muy buena pinta, y hasta se disfruta comiéndolo, pero saber no sabe a mucho. Y tampoco alimenta.

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