‘The Commitments’: soul (y sueños) del proletariado

Hay películas que nunca me cansaré de ver. Todo el mundo tiene las suyas. Esas ocho o diez películas que dejamos de fondo cuando estamos haciendo otra cosa, y podemos seguirlas, escucharlas, aún sin verlas, nos vale para sentirnos mejor. A veces las pillamos por la tele, ya empezadas, y nos quedamos viéndolas hasta el final, nos tragamos los anuncios y los doblajes horrorosos que a menudo tienen. En la estantería tenemos el DVD con un montón de extras, pero eso no importa. Hay que quedarse a verla hasta el final, dejando aparcado lo que fuera que nos propusiéramos hacer.

Commitments-Film-Stills-11The Commitments (1991) / Imagen: Alan Parker/Beacon Communications.

Una de esas películas que yo puedo ver o escuchar siempre con placer, sin importar las veces que lo haya hecho, es The Commitments, de Alan Parker. La historia del joven Jimmy Rabbitte, manager musical en ciernes, y su sueño de montar una banda de soul en Dublin, es una de las grandes películas británicas de las últimas décadas. Una de esas muestras de cine sencillo pero cuidado, humilde pero ambicioso, modesto pero orgulloso. Para eso, el cine británico ha tenido siempre un especial talento. No en balde se llevó los principales premios BAFTA de su año, superando a películas hoy mucho más recordadas —injustamente, en comparación—, como Bailando con lobos, Thelma y Louise y El silencio de los corderos. Casi nada. Alan Parker se llevó el premio al mejor director, reconocimiento para uno de los cineastas que mejor ha sabido conjugar la música y el cine, lo hizo con The Wall, y se superó con The Commitments. Sus guionistas, entre los que se encontraba Roddy Doyle, el autor de la novela original, también fueron galardonados.

“Sois de clase obrera, ¿no? —les espeta Jimmy Rabbitte a sus muchachos— […] La música tiene que hablar de vuestros orígenes”. La historia de Jimmy y sus Commitments podría ser un una clásica historia de ascenso y caída, pero es algo más. El tono de comedia disparatada hace de lo que podría ser un típico relato de realismo sucio bienintencionado, una extraña epopeya urbana y musical, convirtiendo la suciedad en magia. En términos de estilo, está más cerca de Gabo que de Bukowski, a pesar de los litros de cerveza, los tacos y las peleas de bar que salpican todas las secuencias. El film posee el mismo valor que su protagonista, es diferente a fuerza de tener una idea perfectamente definida de lo que se dispone a ser. Jimmy le dice a sus chicos que van a hacer el ‘Dublin Soul’, les arenga que “los irlandeses son los negros de Europa, y los dublineses los negros de Irlanda, y los dublineses del norte los negros de Dublín”. Siendo así, cómo no van ellos a tocar soul, ¡la música negra por excelencia!. “¡Soy negro y estoy orgulloso!”, esa es la consigna, en un arrebato tan delirante como lógico, mágicamente lógico. El film hace gala de esa misma seguridad en sí mismo, sabe que es diferente, que tiene un tema y una historia no tratados, y sabe a quién se dirige, a los trabajadores y a los soñadores. Jimmy presenta a los Commitments como el grupo más trabajador del mundo. Son los salvadores de Dublin, su mensaje es el soul, música al “ritmo del obrero, sexo y fábrica”. Tiene las cosas claras, cuando pone un anuncio en el periódico para buscar a los componentes lo deja claro: “abstenerse fachas y dublineses del sur”. La identidad es la clave. El triunfo dependerá de la confianza y la claridad con la que se mantenga leal a su idea originaria.

Una vez montado el grupo, lo que queda esperar es el esperado ascenso, pese a todas las dificultades, y la más esperada caída. Después de la caída, habrá quien espere el duro y esforzado, honorable, renacimiento desde las cenizas. Pero los momentos perfectos, como cuando el indeseable Declan, ese borracho con la voz de Dios, canta At the dark end of the street, suelen triunfar solo como recuerdos. Ese es otro de los aspectos valientes de The Commitments, que no va a permitir una salida en falso de la realidad. Las cosas pueden salir bien, incluso cuando se tiene todo en contra, como lo tiene el heterogéneo grupo de parias a los que Jimmy les ofrece un sueño en el que creer, que casi tocar. Pero lo más normal es que todo se vaya a la mierda por los motivos más miserables. Es injusto, sobre todo para quienes, como Jimmy, tienen talento y capacidades. Pero es así. Y suele ser por culpa de otros.

La historia de The Commitments es la de un grupo cojonudo, pero no por sus músicos, sino por el único del equipo que no toca una nota, y es más, es la historia de la persecución de una idea, la materialización de una idea hermosa. Pero la belleza y las buenas intenciones no valen por sí solas. A veces hay que tener algo más, llámenlo suerte, llámenlo dinero. Cuando, al final del film, Joey ‘Labios’ Fagan, el viejo trompetista fabulador compulsivo le dice a Jimmy que no importa que el grupo se haya ido a la mierda, que eso es lo bueno, que es de agradecer que no hayan triunfado, porque “de este modo es poesía”, Jimmy le responde dando una lección de vida y haciendo realmente poesía, en este punto ya sí, de realismo sucio: “una mierda es lo que es”. Y tiene razón el pobre genio Jimmy, hijo de la clase obrera, soñador permanente, parlanchín, profeta del soul del proletariado, genio sin suerte. Es una mierda, perder siempre no es poesía, es una mierda. Y habrá que seguir cantando sobre eso.

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