Persia, la importancia de un nombre

Es Persia contra Irán, Omar Jayam contra Hassan Sabah. Contemplo ruinas de grandes palacios en Persépolis. A la derecha se levanta el Palacio de la Apadana. A la izquierda fantasea la Puerta de las Naciones. Al fondo se ve el Palacio de las Mil Columnas. En las montañas se distinguen las tumbas de los emperadores y más allá se contemplan las lejanías de las estepas.

Empieza a llover. Me acerco a la Apadana y el muro con relieves está protegido con un toldo. Son los relieves más finos y más inolvidables. Infinidad de personas de todas partes llevan sus ofrendas al emperador. Marchan con la cabeza alta, no son humillados que se dirijan al matadero. Tienen túnicas delicadas y el talle estirado y orgulloso. Sus barbas están trenzadas y sus arcos parecen liras.

Pienso en un imperio que no masacraba a sus súbditos como los asirios, que no eliminaba pueblos enteros. Que toleraba la vida y la imaginación. Y en su arte no hay cacerías donde se vea la carne de las leonas como si fueran muestras de carniceros. Hay esbeltez de líneas, un vuelo, una soltura.

Me encuentro con el Palacio de las Mil Columnas. Se trataba de perderse, de imitar un verdadero bosque, de sugerir un laberinto. De hablar de la infinitud de la existencia. Para los griegos un templo era una casa, algo doméstico. Para los persas era el lugar de los sueños, aquel lugar en que los hombres se superan a sí mismos. Un poco como los paisajes de las pinturas chinas.

Inge_Morath_PersepolisRuinas de Persepolis, Irán / Foto: Inge Morath.

Camino bajo la lluvia y miro las lejanías. Me asombra la grandeza de las montañas donde duermen los emperadores. Parece que no querían estar lejos de su casa y sus diversiones. No eran tipos terribles ni tampoco conversadores de andar por casa. Querían hacer más intensa la vida.

El taxista me lleva a Naqs i Rustam, donde hay un relieve en la montaña que representa al emperador romano Aureliano arrodillándose ante el sha. Los romanos tienen montones de relieves y arcos celebrando sus victorias. Ellos aplastaban a todo el mundo con la fuerza de su ejército y llevaban a muchos sitios el cardus y el decumanus. Aplastaron a los partos, a los germanos, a Zenobia de Palmira, a los judíos. Pero aquí el emperador persa sojuzga al romano y éste tiene que arrodillarse. Los persas no le cortaron la cabeza ni lo cargaron de cadenas. Solo tuvo que arrodillarse.

Para mí representa el triunfo de la imaginación y del arte sobre el militarismo y la uniformidad. El triunfo de la fantasía, de la delicadeza y de la fiebre. El triunfo de la seda y del fuego de Zoroastro. Podré ser un vagabundo pero a mí me exalta esa visión. Así como me repugna esa película reciente llena de simplismos en que se idealiza a trescientos espartanos fascistas y doctrinarios y se dibuja sin rostro e indiferenciados a los persas. Y me exalto cuando leo el libro de Artaud sobre Heliogábalo o el anarquista coronado. El que subvierte los rigorismos romanos, la rigidez y la prepotencia.

En Shiraz llego al Jardín del Paraíso. El Paraíso es un jardín según los musulmanes. Y la verdad es que uno se abstrae de todas las contingencias del mundo al entrar ahí. Hay grandes avenidas llenas de árboles muy altos de todas las especies. Uno parece superar todas las mezquindades humanas, entrar en un retiro metafísico. Hay personas leyendo en los bancos, sombras aisladas. Al pasear por la tierra cada pisada parece rilkiana. Todo se hace delicado: los silencios, las reminiscencias, los pájaros, los colores.

Al final de la avenida hay un pabellón que casi flota. Está hecho de mármoles pero sus galerías y columnatas parecen de aire. Los persas son expertos en esas fantasías, son como tejer el espacio. Y debajo desciende una escalinata con unos canales de agua y jarrones cada tantos metros. Dos chicas conversan en mitad de las escaleras como si el agua las inspirara. La luz se hace suave e inspirada al pasar entre los árboles. Las chicas me echan una mirada fugaz, siempre atrae lo distante y lo que no va a repetirse nunca. A veces hay comunicaciones deliciosas en los momentos más pasajeros. Me siento en un banco a escuchar. En otro banco hay una pareja de adolescentes que juegan, la chica se sienta en las rodillas del chico, se ríe sin parar, se levanta y se sienta, se le cae el pañuelo de la cabeza constantemente. Y pienso como puede haber desocupados que se dediquen a imponer los pañuelos y esconder los cabellos.

Visito la tumba de Hafez. Este es el gran poeta que cantan en toda Persia. El que interpretan con la guitarra en los restaurantes, el que recitan en el interior de sus casas. Lo he leído con fervor antes de venir y lo revivo ahora. Habla de una criada loca a la que busca por todas partes y que dará la vida por ella. Habla de una mujer de pelo revuelto que se sienta en su lecho y le habla apasionadamente. Habla de las tabernas donde vive y contra las que nada pueden los doctrinarios.

Entro en el recinto que es un espacio muy grande con construcciones alrededor. Hacia los cuatro lados hay jardines y soportales. Al fondo hay una biblioteca con ediciones preciosas del poeta. Y en el centro está la tumba que es como una urna sobre la que se levanta un pabellón lleno de gracia. Me dirijo hacia allí con fervor ligero. Yo también creo que algo del espíritu de los poetas debe de quedar en los lugares donde han estado. Me imagino que tocar algo, respirar esos sitios, transmite alguna esencia. Creo en el darshan de los orientales. Y me quedo allí un buen rato, tratando de darme cuenta de que estoy allí. En los soportales charlan estudiantes, intimizan parejas.

Entro en la biblioteca, hay unas chicas muy sonrientes con pañuelos de colores. Tienen un aire dinámico, como si nadie les prohibiera nada. Son estudiantes, en este país hay estudiantes por todas partes. Me señalan ediciones de Hafez en los mostradores, veo portadas en ruso, en francés, en inglés. Veo una en español editada en Argentina. Vuelvo al patio principal, doy vueltas entre los árboles. Este es un país que quiere a sus poetas, que siente el fervor de la poesía. Yo creo en la religión de la poesía, y ellos en gran parte también. Ellos lo llevan en la sangre, en la respiración. Y si les prohíben la pasión la llevan en la poesía.

Enciendo la televisión en el cuarto. Hay un santuario al atardecer y unos cánticos interminables. Un minarete que sube muy alto, el rojo del anochecer que abstrae todo. En otra cadena hay anuncios. Una mujer tapadísima con cara de buena dice lo buena que es una lavadora. Tiene una cocina que es un modelo, suelta una sonrisa meliflua. Estamos en mundo perfecto y santo.

Aparece una especie de telenovela. Un tipo barbudo le da instrucciones a una mujer. La mujer llora hablando con otras en una sala de estar. El hombre barbudo discute con otro en una oficina. Llega un mulá que los reprende a todos. Luego todos hablan de forma muy dramática.

Cambio y hay una reunión de clérigos. Hablan y hablan sin parar en torno a una mesa. Se ve que lo están arreglando todo, que lo dilucidan todo a la luz de la teología. Ponen unas caras muy serias y rigurosas. Las barbas son de varios días y les dan mucha importancia. De vez en cuando alguien les hace humildemente una pregunta. Los clérigos contestan con severidad y certidumbre.

Al llegar la noche se entrecruza por las calles gente de todas las cataduras. Shiraz fue la capital del reino de Fars y aquí se juntaban pueblos de muchas procedencias. Y en este hervor me parece sentir el hervor de la ciudad de hace siglos. Como si en las caras quedaran todas las marchas y las cicatrices de los siglos. Y entonces veo al pasar a dos mujeres nómadas de las montañas. Tienen una belleza agreste y una actitud indómita. Llevan unas faldas muy amplias llenas de dibujos de vivos colores. Y no se tapan la cara. Me quedo mirándolas alucinado como si fueran a llevarme con ellas a los Montes Zagros.

Inge Morath_Apadana_PalacePalacio de la Apadana, Irán / Foto: Inge Morath.

Estoy en la habitación y me acuerdo de la novela Samarcanda de Amin Maalouf. Miro en el mapa y ubico la fortaleza de Alamut donde se escondía el Mago de la Montaña. Pienso en esa amistad absurda y casual entre Omar Jayam y Hashan Sabah, entre el poeta tolerante y el doctrinario rígido, entre el amante del vino y el que prohíbe todos los placeres. Y manda comandos por todo el mundo a asesinar a los que viven y se salen de las doctrinas. El cabronazo que se prohíbe todo y rechaza todos los sentimientos.

Les hacía a sus discípulos tomar hachís y ellos creían que habían estado en el cielo. Y como habían experimentado el cielo, obedecían ciegamente todas sus órdenes. El tipo se retiró del mundo y negó el mundo totalmente. Levantó una fortaleza inexpugnable donde todo era fuerza y austeridad. El reino del desprecio y el prohibir todas las experiencias. El puritanismo más asesino, en el sentido más literal de la palabra.

Henry Miller escribió El tiempo de los asesinos para hablar de la libertad y la ruptura de todos los prejuicios. El asesino, el tomador de hachís, le parecía el prototipo de todas las liberaciones. Rimbaud escribió un poema lleno de entusiasmo y sabiduría, Mañana de embriaguez, donde acaba con todas las tiranías y da la bienvenida al tiempo de los asesinos. Pero no me explico cómo pudieron tomar a ese tipo como símbolo de libertades. Cuando es el prototipo de todas las intolerancias. El rabioso intolerante que persigue por todas partes a los que sueñan y viven. El diosecillo reseco que no quiere vivir él mismo ni dejar vivir a nadie. El mayor amargado de todos los tiempos.

Y enfrente de él está Omar Jayam, el poeta, el que le gusta el vino, el que duda a menudo, el que tiene experiencias intensas, el que vive a veces secretos inefables, el que ahonda en su vida por instantes. El que seguramente era sufí, el que duda de las doctrinas pero no de la vida. El que estuvo a punto de morir varias veces por sus afirmaciones. El que tuvo que escapar de tantos sitios. El que descubre cosas y no puede decir que las descubre. El tipo de la montaña no lo mata porque tuvieron una conversación casual una noche en una posada y los dos eran perseguidos.

Y así se debate Irán contra Persia. El poeta persa contra el clérigo iraní. La fortaleza contra los vagabundos, el teólogo contra el viajero que ha visto tantas cosas y ha tenido que tolerar tantas cosas. Y el poeta que tiene que esquivar al doctrinario, y la gente que tiene que vivir secretamente con el poeta por debajo de las fórmulas resecas del doctrinario. El tipo que te ofrece vino y brinda contigo contra el que te corta la cabeza.

En Isfahan me he comprado unas postales y voy a escribirlas en la tetería Qeysaríe. Desde lo alto de la terraza todo parece aún más ligero y más tenue, las personas que circulan como en un cuento, el estanque a lo lejos, los coches que apenas hacen daño desde arriba. Enfrente la mezquita del Imán se pone estupenda en los cielos de plomo, se elabora en curvas y contracurvas, en azules nostálgicos. Hacia la derecha se ven los tejados curvos que caen encima del Bazar, hay claraboyas y tejadillos. Y la melodía de hilos azules y rosas se lanza a lo lejos en el interior de las arquerías. Es increíble que alguien haya sido tan minucioso y a la vez tan musical. Hay una regularidad que no cansa, una repetición que es un capricho y une con levedad todos los edificios que se asoman a la plaza. Tiene algo de religioso y a la vez de ligero.

Salgo de allí, me voy al parque de los Ocho Paraísos. No se puede dejar de ir a un parque con ese nombre. Aquí, como en Oriente en general, se viaja con los nombres. Es un parque con árboles gigantescos, de diferentes especies, que dejan pocos claros de vez en cuando. Hay bancos y gente fantasmal sentada en ellos, parece que se vuelven irreales. Y uno parece estar lejos de los caprichos y fanatismos de los hombres. Y en mitad del parque, casi escondido, encuentro el Palacio de los Ocho Paraísos. Es un pabellón de recreo lleno de ligereza y de gracia,  poco más que una terraza sujeta por columnas altísimas de madera. De nuevo encuentro esa elegancia  extremada, esa estilización que hay en todas las épocas en los persas. Hay una sala grande con pinturas en las paredes y mosaicos y estalactitas. Hay figuras en el techo. No, estos chiitas no prohíben las figuras, conocen la magia de las imágenes y los sueños que producen. Hay escenas de caza exquisitas, ciervos que escapan entre los bosques, recepciones con bailes e insinuaciones de músicas.

Voy a un cine en la avenida Bagh. Empieza la película, se ve a un hombre y una mujer en un coche que avanzan por la carretera de las montañas. Atraviesan desfiladeros increíbles, se comen las distancias. El parece dispuesto a todo, la mujer está desbordada. A lo lejos se ve el mar Caspio, se dirigen a él. De pronto aparece una barrera de policías, el tipo del coche se detiene delante de ellos, no sabemos qué hará. De repente arranca a toda velocidad hacia ellos.

Y entonces vemos lo que ocurrió antes. El hombre está enamorado de una mujer que va a casarse con otro. La ronda, la persigue, le dice sus sentimientos, la mujer está escandalizada y desbordada. Evidentemente es un criminal, por dejarse llevar por sus sentimientos, incluso por tenerlos. En una escena está lloviendo a cántaros y el hombre entra en el jardín de la casa de ella, que se ha casado. Se acerca a la ventana y la ve, la mira desesperadamente. Aparece detrás de él el marido, lo ataca y lo mata accidentalmente. Entonces entra en la casa y rapta a la mujer. Se la lleva en un coche y tienen conversaciones desesperadas. Todo es desaforado en ese tipo, la pasión es demoníaca. Siguen avanzando hacia el mar Caspio, se meten en lo más grandioso de las montañas. La carretera va por desfiladeros hondísimos, se asoma a precipicios. El mar es como la finalidad soñada, donde se superarán todas las limitaciones, donde su pasión se olvidará de todo. O será la muerte. El hombre es alguien que tiene que morir, que se ha salido de la sociedad. El director lo condena moralmente, pero por debajo se cuela su grandeza trágica. Y uno sueña como él con llegar al mar Caspio.

La avenida Bagh es impresionante, una rambla central la embellece y le da un toque de lirismo. Veo una sucesión de quioscos con libros y revistas. En algunos se exponen pósters de actrices famosas, estrellas del cine occidentales con los santos cabellos al aire, figuras del pop. Joder, en un póster encuentro a Elvis Presley. Voy avanzando y veo grupos de jóvenes que bromean y dicen cosas a las chicas, chicas que pasan riendo con los velos casi caídos, adolescentes que sueltan bravatas, muchachos que llegan en moto. Sigo avanzando y pateo la avenida donde está la modernidad y el dinamismo, donde resuena la vida y el movimiento, donde mandan menos los clérigos. Las mujeres llevan pañuelos de hermosos colores y los vestidos se atreven casi a dibujarles el cuerpo y ofrecen sonrisas exquisitas.

Los escaparates más lujosos se encuentran en esta calle. Hay parejas que se paran a mirar los escaparates y es su diversión de la tarde, el equivalente a ir al cine. Muchas mujeres disfrutan de ver estas bellezas en el país del puritanismo. Hay escaparates donde se muestran vestidos exquisitos, pañuelos de colores innombrables, túnicas, adornos, joyas que darían fantasía a cualquier vida. Me quedo mirando los escaparates de las dulcerías. Hay construcciones de pasteles, hechos con nueces o frambuesas o pistachos o dátiles o moreras, y parecen tan sugerentes como los poemas de Hafez o las historias de Saadi, e imagino las fiestas que provocan, los delirios del paladar.

He venido a comer al restaurante Sharzad, en una calle lateral de la avenida Bagh. Hay pocos clientes y parece que están todos en una ceremonia sutil o que han acudido a la ópera. Se han puesto de gala y las mujeres dirigen sus miradas más exquisitas. En las paredes hay unas pinturas deliciosas que parecen de hace siglos, se ven palacios y jardines y personas elegantes. Me traen un plato gigantesco lleno de carne rodeado de salsa verdosa que tiene un sabor alusivo. Y me ponen un zumo de no sé qué y una especie de yogurt muy espeso que parece fabricado por cabras de las montañas. Y miro a los otros y cómo están disfrutando de una especie de éxtasis. Y pienso en aquellos que comen solo para alimentarse y en mi antigua suegra que decía que todos los vinos eran el mismo vino. Y me parece terrible cómo se puede empobrecer de tal modo el mundo. Y pienso en cómo se cuela de cualquier modo la sensualidad en la vida de los persas, cómo se aprecia aquí también el secreto de Omar Jayam.

Y estoy en Teheran otra vez y le digo a un taxi que me lleve al hotel Naderi. Era un hotel de escritores y una guía dice que aquí estuvo Kafka. Tengo una cama solemne de hierro y no hay televisión. En el baño hay un lavabo que gotea y una bañera enorme con manchas de óxido y desconchones en la porcelana. Entro en el bar y me sirven un café muy escaso y cargado. Tendré que tomarlo a sorbos muy pequeños mientras disfruto de los pequeños detalles a mi alrededor. La chica que coquetea sutil, los estudiantes que charlan, las muchachas animadas, los camareros atareados. Por la ventana se ve un jardín repleto de rosas que deslumbran. En lo alto el padre Jomeini nos vigila a todos.  Es la hora de comer y decido pasar al restaurante. Me siento en la primera mesa y pido lo que está comiendo un vecino. Me sirven un plato gigantesco acompañado con una especie de leche. En otra mesa está una mujer ya entrada en años que deja caer el pañuelo hacia un lado. Simulo que me resulta muy atractiva y la miro con timidez de vez en cuando. Y ella se pone ilusionada y satisfecha, ensayando miradas interesantes con los ojos claros.

Salgo a la calle y me dirijo hacia el Museo Nacional, con sus colecciones persas e islámicas. La avenida es como si fuera una antigua elegancia sobada. Encuentro una fuente de mármol oscuro, el antiguo edificio de un periódico, una casa con galerías enmarcadas de estucos. Tuerzo hacia la derecha y veo una plaza llena de sauces llorones. Hay una umbría y una fuente llena de espumas en medio. Una pareja de jóvenes se besa con alegría insolente debajo de los árboles y siento tentación de aplaudirles. Sí, es Persia contra Irán, Omar Jayam contra Hassan Sabah.

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