Patagonia

Digamos que voy en el autobús un lunes cualquiera. Sube un tipo. Es alto y delgado. Elegante, descuidado, un seductor. Comienza a contar en voz alta cómo mató a una familia entera en la Patagonia, Argentina. Cinco personas, dos adultos y tres niños. Se lo dice a alguien. Ese alguien aparentemente solo lo ve él. Debería captar automáticamente toda la atención del pasaje. Puede que algunos de los pasajeros no le prestasen atención. Están demasiado ocupados con sus cosas o simplemente no le ven. Puede que solo yo le preste atención. Puede que alguno de los pasajeros vea a la persona a la que se dirige el Asesino Argentino. Ya tiene nombre, no es un nombre bueno pero al fin y al cabo es un nombre. No será nunca más un tipo que sube a un autobús un lunes cualquiera y comienza a hablar solo. Es el Asesino Argentino, A.A., según me convenga, tiene entre 30 y 35 años, va bien vestido y algunos pasajeros le ven y otros no. Ha aparecido también su contraparte, el “escuchante”, ya veremos si es visible, “semivisible” o invisible. Aún es demasiado pronto para decidir. Dar nombres es agotador. 

Trent Parke 2001 AUSTRALIA. Sydney.Fotografía de Trent Parke, Magnum Photos.

Tras el esfuerzo de dar nombre al Asesino Argentino caigo exhausto pero vuelvo a la historia del crimen. Puede que simplemente se lo inventara A.A. Puede ser. Estaríamos entonces ante alguien falto de atención que se sube al autobús un lunes en busca de público. O puede que sea un actor ensayando para una obra o que se trate de un performance y en el autobús haya más actores. Quizá todo el pasaje son actores, alumnos de una escuela de interpretación ensayando para una hipotética obra de fin de curso. Puede que me deje de interesar el tema de que sea un actor y decida que es un loco. Es más interesante, los actores tienen demasiado ego y si encima son argentinos son demasiado tópicos, decido. Puede que tras determinar que mi Asesino Argentino sea eso, simplemente un loco comience a fijarme en la persona que le escucha. Puede que de tanto fijarme consiga verla y resulte ser un inspector de policía con bigote y perilla. Llevará un traje gris perla, algo anticuado. Puede que consiga verlo completo o solo hasta la cintura. Puede que se llame Rodolfo y que sea semivisible. En ese momento puede que mirara al pasaje para ver si encuentro caras de sorpresa por la entrada del Asesino Argentino y un inspector de policía semivisible que se llama Rodolfo. Puede que encuentre alguna cara de sorpresa y entonces me sienta mucho más tranquilo porque definitivamente sigo compartiendo un hilo la realidad con el resto. A veces consuela saber que aún se comparte algo con los otros. La gran mayoría de veces no hay consuelo. Puede que no encuentre ninguna cara de sorpresa y entonces lo más probable es que decidiera golpearme la cabeza contra la ventanilla con el propósito de despertar o de volver a colocar algo que seguramente se aflojó en la noche. Tras tocarme la frente en el sitio exacto donde me golpeé contra la ventana seguramente decidiría prestar toda mi atención a la conversación del Asesino Argentino y el Semivisible Rodolfo. Inevitablemente estaría ya revelando los detalles del sangriento crimen. Que sería sangriento es un hecho. A nadie le interesa cometer crímenes asépticos, más que nada porque para aséptico ya tenemos todo lo demás. Además A.A. se ve que es un tipo muy aseado, si cometiese un crimen sería sangriento más que nada por liberarse de las duchas diarias con las que comienza y acaba el día. 

Puede que el Asesino Argentino estuviera totalmente enamorado de una de las hijas, una de los tres niños. O mejor aún de la madre y de la hija y ante la imposibilidad de no poderse decidir por ninguna de las dos o tras sufrir el rechazo de ambas decidiera matarlas. Los demás murieron por trágica casualidad. Entonces seguramente comenzaría a llorar con lagrimas tan saladas que producirían cortes en su piel hasta llegar al hueso. A.A. sonreiría porque finalmente habría conseguido sentir, aunque solo sea culpa. El “SemivisibleRodolfo le consolaría abrazándole por la cintura diciéndole que él también amaba a la Bella Cyntia (Cyntia por extraño que parezca siempre tuvo nombre) y a su hija, que le comprendía y le agradecía que le hubiera librado a él de tener que matarlas. Él, el “Semivisible” Rodolfo no tendría que cargar con el pecado del acto aunque sí con el de la intención, que al fin es el pecado también por serlo de palabra y de omisión. Mientras dos pasajeras se abrazarían al Asesino Argentino y al Semivisible Rodolfo contándole que ellas también están enamoradas de un padre y un hijo y que no saben si matarlos o no. El resto del pasaje permanece impasible esperando su destino. 

Llego a mi parada. Bajo del autobús dejando atrás al Asesino Argentino, al Semivisible Rodolfo y a las Pasajeras Enamoradas. Puede que sienta algo de pena, sin duda siento cierto alivio. Con toda seguridad decidiría olvidarles en cuanto pusiera un pie en la acera. Seguramente les recuerde horas más tarde tras acariciarme la frente que aún seguiría doliéndome tras el golpe autoinfligido con la ventanilla. Puede que en ese momento decidiera olvidarles para siempre pero seguramente me acompañarán algún tiempo más. Volveré a tomar el autobús. Muy probablemente no subirá el Asesino Argentino. Con toda seguridad no estará el Semivisible Rodolfo. Seguramente habrá dos Pasajeras Enamoradas. Con toda probabilidad el pasaje seguirá impasible.  Puede que en algún momento necesite decidir qué fue y qué no fue. Qué sintieron y no sintieron los protagonistas de la historia. Seguramente decidiré qué sentí yo y qué no sentí yo. Quizás haya una historia con el Semivisible Rodolfo. Menos probablemente la haya con el Asesino Argentino. Definitivamente  seguiré con las Pasajeras Enamoradas. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies