No fue solo la guerra de los abuelos

España se había levantado frenética aquel 19 de julio. Las noticias aun eran confusas, aunque iba pareciendo evidente lo que había comenzado dos días atrás en el protectorado de Marruecos y el día 18 en todo el país: una nueva intentona de acabar con la legalidad republicana. No era el primer golpe militar que se daba contra la República, ni mucho menos el primer pronunciamiento militar de la historia de nuestro país, acostumbrado durante más de un siglo al intervencionismo militar. 

Robert_Capa_Montblanch, near Barcelona. October 25th, 1938Soldados republicanos, Barcelona, octubre de 1938 / Foto: Robert Capa/Magnum Photos.

Pero aquel 18 de julio iba a ser diferente de entre todos los golpes. La célebre cita de Mola, el Director del golpe, dejaba claro hacia donde se encaminaría la Nueva España que ciertos sectores de la sociedad anhelaban construir: “Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar una gran impresión, todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado”. 

El 18 de julio no fue una mera sublevación militar, fue una conspiración bien planificada, iniciada abiertamente desde la victoria del Frente Popular y con un claro protagonismo de los sectores mas reaccionarios del Ejército, contando con todo un entramado civil y apoyados en las organizaciones derechistas y fascistas que actuaban en el país. 

El golpe fracasó y tras él vino una larga y cruenta guerra civil, pero tampoco sería una mera guerra entre hermanos y compatriotas, como en cantidad de ocasiones se nos ha señalado. España quedaba partida en dos: aquellas regiones más avanzadas, las grandes ciudades y núcleos industriales (la cornisa Cantábrica, Madrid, Cataluña, el Levante y ciertas zonas rurales de la Mancha, Andalucía y Extremadura) donde las organizaciones populares tenían un gran desarrollo, se mantuvieron leales a la República. Las zonas rurales y más atrasadas, aquellas en las que la Iglesia tenía un peso determinante en la vida social, el golpe triunfó y rápidamente se genero esa “atmósfera de terror”.

España era el ojo del huracán de lo que se avecinaba en Europa. Hitler y Mussolini no iban a dejar pasar la oportunidad y acudieron sin vacilaciones a la ayuda solicitada por Franco. La guerra en España desde sus inicios dejó de ser una mera lucha civil para convertirse en un conflicto internacional, un conflicto revolucionario, una guerra entre el fascismo y la libertad, entre la barbarie y el progreso. 

Franco se apoyo en toda la maquinaria bélica de las potencias nazi-fascistas desde los primeros días. Sin ella, le habría sido imposible, o muy complicado, atravesar el estrello de Gibraltar con la punta de lanza de su Ejército: las tropas africanistas. La intervención de Alemania e Italia dejó un reguero de sangre y destrucción por buena parte de nuestra geografía. España se convirtió en el laboratorio de pruebas de lo que ocurriría durante la Segunda Guerra Mundial. 

Cada pueblo y ciudad que caía en las garras de Franco se convertía en un campo de exterminio. Hoy en día, cuando se habla de la Guerra Civil, se nos presentan dos bandos luchando casi en igualdad de condiciones, donde los abusos y atropellos se sucedieron por ambos bandos. Se habla de Paracuellos, de las checas y de la quema de iglesias como símbolo de la represión republicana, como si aquellos hechos sirviesen para equiparar a ambos bandos.

La represión republicana existió, como es evidente en cualquier país en el que se produce un golpe militar y se ve inmerso en una guerra, pero la represión en la zona franquista tuvo un alcance cualitativo y cuantitativo muy superior. Fue una represión perfectamente planificada y sistémica, organizada por los mandos militares y apoyada por las organizaciones fascistas, a diferencia de la zona republicana. Cuantitativamente, las víctimas de la represión franquista duplicaron o incluso triplicaron a las de la represión republicana. Y esto hablando de la represión durante la guerra, sin contar con la posguerra, donde la dictadura se puso a la cabeza en cuanto a represión y crueldad de entre todas las que se vivieron en Europa en épocas de paz, superando incluso a la propia Alemania e Italia fascista.

La guerra que se inicio aquel 18 de julio no fue solo la guerra de nuestros abuelos, fue nuestra guerra, la guerra de toda la humanidad avanzada, la guerra de la generación de los 80, de los 90 y de las que vendrán. No se trata de reabrir heridas y remover los fantasmas del pasado, sencillamente porque las heridas jamás se curaron, ni los fantasmas se fueron. 

Las heridas fueron tapadas con tiritas con clavos hacia dentro, con el silencio, el miedo y la manipulación histórica. Los fantasmas nunca se fueron y el panorama que vivimos hoy en día es un heredero no tan lejano de aquel 18 de julio. No olvidemos que las grandes empresas y bancos que hoy hacen y deshacen a sus anchas en nuestro país, crearon sus enormes riquezas y poder en la España que posibilitó aquel 18 de julio.

La guerra generó muerte y enorme destrucción, y no debemos volver a vivir un hecho así, pero también generó grandes aspiraciones de lucha y resistencia, de dignidad y solidaridad, durante más de cuarenta años, de todo un pueblo que se levantó contra la barbarie fascista. Porque lo poco que tenemos hoy fue precisamente por esa gente que jamás se rindió. Por ellos y por nosotros, tenemos prohibido olvidar.

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