Niza y Turquía, ejemplos de una crisis superior

Occidente, como se sabe, es un espacio político, no geográfico. En Occidente está a punto de entrar Turquía, y está Israel, pero no Marruecos, ni mucho menos América Latina. Occidente llega hasta sus mismas antípodas, a Australia, que también es Atlántico Norte. En ese confuso lugar llamado Occidente lo que marca las coordenadas de su ubicación es el nivel histórico de desarrollo de su sistema socioeconómico. Occidente es, para aclararnos, allí donde el capitalismo ha alcanzado sus máximos niveles de centralización. Y luego está su trasunto oriental, Japón, que es otra historia.

El capitalismo, superada su fase primera de libre comercio, ya en los inicios del siglo XX, avanzó en su desarrollo histórico hacia el imperialismo, la época de los monopolios. El imperialismo es más que una política exterior, es un ejercicio del poder dominado por las grandes empresas, sobre otros países en forma de explotación de recursos e intervencionismo militar, pero también sobre su propio país de origen. En los países de Europa y de Norteamérica, el Occidente clásico, el capitalismo se desarrolló en el último medio siglo de una forma más o menos similar, teniendo que ceder amplios espacios de derechos a las clases trabajadoras, el Estado de Bienestar fue la vacuna ante el temor de que la pandemia soviética avanzase desde el Este. Una de las características más importantes en Europa y Norteamérica tras la Segunda Guerra Mundial fue la ausencia de grandes conflictos en términos de guerra abierta sobre su suelo. Los conflictos armados que se dieron fueron locales, como en Irlanda, o como en Yugoslavia, no considerada ‘políticamente’ parte de esa Europa hasta entonces. 

El 11S supuso una conmoción en Estados Unidos y en el mundo entero no solo por la naturaleza novedosa del ataque, sino por el hecho de que Estados Unidos sufriera una agresión en su propio territorio, y además de tales magnitudes. Los atentados de Madrid y Londres, después, abrieron una nueva etapa que cambió la concepción de la Europa occidental como territorio a salvo de agresiones. Francia, con tres atentados en el último año y medio, confirma que el viejo continente no está a salvo de sufrir severos ataques en su propio territorio. Es un nuevo tipo de guerra, asimétrica —como se sabe—, y por eso mismo desproporcionada. La única guerra posible en la época del capitalismo monopolista.

El atentado de Niza y el fallido golpe de Estado en Turquía, el 14 y 15 de julio de 2016, respectivamente, ponen de manifiesto las dimensiones de la crisis en la que se encuentra el sistema. 

En la ciudad francesa un hombre de nacionalidad francesa y tunecina solo tuvo que alquilar un camión para asesinar a más de 80 personas y dejar centenares de heridos. Pronto se dijo que se trataba de un nuevo ataque yihadista, a pesar de que ningún grupo asumió la autoría del atentado, y de que no existía prueba alguna que indicara que el autor —muerto en el acto por disparos de la policía— estuviera bajo órdenes o tuviera simpatías yihadistas. Los servicios de inteligencia franceses, de hecho, ni siquiera le tenían fichado por este motivo. Dos días después, el ISIS declaró que el ataque era obra de uno de sus ‘soldados’, aunque no tuviera conocimiento alguno del ‘soldado’ en cuestión. Esta guerra permite situaciones como esta: no son necesarias directrices, solo inspiraciones. El horror puede funcionar sin método. 

En Turquía, el gobierno islamista ultraconservador del AKP, con Erdogan al frente, tuvo que enfrentar un intento de golpe de Estado en la noche del 15 al 16 de julio. Por unas horas el golpe estuvo muy cerca de triunfar. Un sector del ejército controló rápidamente puntos estratégicos de Ankara y de Estambul: puentes, ministerios, parlamento, televisión pública, etc. La conexión de la CNN turca, por videollamada, con Erdogan, sirvió para que el presidente del país hiciera un llamado a protestar contra el golpe saliendo esa misma noche a la calle. Él, sin embargo, no se sabía donde estaba, pero todo indicaba que estaba a salvo, fuera del país. Las redes sociales, Facebook y Twitter, habían sido intervenidas y quedado anuladas; interesante lección para ciberactivistas. A pesar de ello, los partidarios del AKP salieron a la calle. Enfrentamientos aéreos entre fuerzas militares y golpistas, y en tierra entre la policía —partidaria de Erdogan— y los militares sublevados, supusieron los primeros reveses para el golpe. Eso y el número cada vez mayor de gente —mayoritariamente hombres, era difícil ver a alguna mujer— en la calle, anticipó las declaraciones diplomáticas de los Estados Unidos y de la Unión Europea. El momento en el que Obama, ya de madrugada, anunció su apoyo ‘“a la democracia”, refiriéndose a Erdogan, el golpe quedó derrotado. Los bombardeos y enfrentamientos dejaron más de dos centenares de muertos y de mil heridos, muchos civiles. El pueblo turco, en medio de la lucha entre facciones del bloque de poder en Turquía, sigue perdiendo.

Las contradicciones del imperialismo alcanzan un punto dramático. Las potencias capitalistas alimentaron al monstruo yihadista, y ahora el monstruo, desatado, exporta el horror para el que le entrenaron. El gobierno de Turquía ha sido el mejor aliado del ISIS durante los últimos años, comprándole petróleo a los yihadistas. La sucesión de lo ocurrido en Niza y en Turquía es la muestra de que el sistema ha entrado en una nueva etapa, la de una crisis sin precedentes, la de una violencia desatada. La hora es grave, porque el capital solo sabe sobrevivir a sus crisis mediante la guerra. Occidente ya no parece tan lejos del resto del mundo, es lo que tiene la globalización capitalista, que lo globaliza todo, también la experiencia cotidiana del terror. El futuro se presenta oscuro.

17 de julio, 2016.

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