Merde pour la poésie

El joven Rimbaud en las calles de París (1978), por Ernest Pignon.

Merde pour la poésie fue lo que respondió Arthur Rimbaud, por entonces ya hombre de negocios entregado a una vida de comerciante en África, a quien le informaba de que sus poemas comenzaban a ser muy valorados en París, a raíz de la publicación de la antología Les poéts maudits, confeccionada por su antiguo amigo y temperamental amante, el también poeta Paul Verlaine.

Nada hay de extraño en que un hombre maduro reniegue de una pasión vivida en la adolescencia, sin embargo en este caso, como en todo lo de Rimbaud, la anécdota queda agigantada porque, como quien dice, le venían a avisar, sin saberlo del todo entonces como lo sabemos nosotros ahora, de que iba a ingresar en la historia de la literatura universal.

No obstante, ese desprecio por la poesía y por el arte no era nuevo en él, ni se debía exclusivamente a que su ocupación, en aquel momento de ser preguntado, fuera ya sólo conseguir ganancias económicas. Las conclusiones principales a las que había llegado con menos de 20 años y que había recogido en su obra llevaban en su núcleo la seguridad de que el arte en el mundo contemporáneo no tenía sitio. Su obra de niño prodigio que abandonó, para siempre, la creación a los 19 años sin preocuparse siquiera de distribuir la edición del único libro que publicó, dejándola casi completa arrumbada en un altillo, albergaba la gran revelación de que el arte y la poesía habían muerto.



Fue consecuente con lo que decía en sus poemas y lo llevó a la práctica. No sólo renegó de su poesía adolescente sino que su obra de poeta juvenil y genial concluía con una negación del arte y de la poesía en su totalidad. Une saison en enfer no es una poesía anterior a ese merde pour la poésie sino que es, en esa sesión en el infierno, donde se gesta y donde se explica. Escribe ya entonces: Ahora puedo decir que el arte es una tontería”.

Es sorprendente que en un momento dado dos de los poetas que a juicio de muchos habrían de fundar la modernidad, Verlaine y Rimbaud, escribieran versos parecidos y negativos respecto al arte sin que se pueda recordar a nadie antes hablando en su obra mal de la literatura en sí. Dice Verlaine: “Ya me río del arte, del hombre, de los cantos, / de los versos y de los viejos templos griegos. (…) Cansado de vivir, con miedo de la muerte, / mi alma está ya dispuesta a todos los naufragios, / semejante a un esquife, juguete de la mar”.

Porque: ¿…no es acaso Una temporada en el infierno una temporada en el arte…?

El arte, la poesía son un infierno en el mundo moderno donde la producción es lo importante. El artista tiene una percepción que le inhabilita y se ve abocado a desempeñar el papel del zángano, del parásito, del dipsómano, del diletante, imán de la polimorbilidad. Ahí aparece ese otro gran malentendido respecto al apotegma rimbaldiano repetido hasta la saciedad: “Hay que ser absolutamente moderno”. Se repite descontextualizado y para legitimar todo tipo de producciones o modas. Tan sólo con añadir la frase siguiente se entiende que ese lema contribuye a la teoría anteriormente expuesta: “Hay que ser absolutamente moderno. Nada de cánticos”. Es lo mismo, basta de poesía, basta de arte, ser moderno es ser práctico, productivo. Escribe pocas páginas antes: “Yo he creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. Traté de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. Creí adquirir poderes sobrenaturales. Pues bien, ¡debo enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Qué hermosa gloria de artista y de narrador arrebatada!”. No en vano el poema se titula Adiós.

Es pues el arte algo improductivo, efectivamente en el sentido kantiano algo desinteresado, algo que no sirve para nada, pero en un mundo en el que las cosas desinteresadas van desapareciendo ese ser desinteresado queda huérfano de sentido y utilidad. El arte es, visto así, algo del pasado, algo muerto cuyos tufos mareantes pueden conducir al pudridero. “En mi alquimia del verbo asegura— había buena parte de antigualla poética. Me habitué a la alucinación simple: veía una mezquita en lugar de una fábrica”.

Ya lo vaticinó Hegel aunque nadie sabe muy bien a qué se refería con su muerte del arte pero, indudablemente, acertó en que el arte, al menos el gran arte, el arte mágico, sería desde entonces y en adelante una cosa del pasado.

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