Mandrágoras de tinta china

No quiero que me quieras. Lo que quiero son orgasmos secos, orgasmos de esos que hacen daño y se quedan dentro y estallan allí mismo, entre las vísceras. De ti, sinceramente, únicamente quiero eso. Eso y que me muerdas por la noche, que me muerdas hasta que me mates, hasta que sea mi sombra y no mi cuerpo quien te agarre y te aleje de mi lado regalándote un arañazo en el cuello que cambie de forma y textura durante los próximos tres meses. Si el arañazo se convierte en una herida infesta me echarás de menos en tus últimas horas mientras el veneno se esparce por tu alma, y si no es así, acabarás quitándote tu mismo del medio porque no podrás vivir sin mí. Únicamente quiero ponértelo fácil, de verdad. Quiero que estas palabras, que esta extensa carta que no tengo esperanza que leas sirvan realmente para algo, que me hagas caso por una vez, que sigas mis consejos. 

Chinese poet and calligrapher ZHANG RUSHI.Fotografía de Gueorgui Pinkhassov, Magnum Photos.

Si el mundo fuera sensato te tomarían por un loco y si tú también lo fueras, un día, al regresar a casa del trabajo, cogerías el pañuelo de seda que te regalé por tu treinta cumpleaños, atarías una parte a la traviesa del techo y con la otra darías una vuelta a tu cuello, y después dejarías que tus piernas se mecieran, que bailaran con el aire. Si yo fuera tú, a modo de previsión, antes del impulso final me bajaría los pantalones hasta los tobillos para que tu semen de ahorcado fluyera sin problemas en el momento oportuno. Y si es la lucidez y no la confusión lo que te acompaña durante todos estos preparativos también puedes poner a tus pies una maceta que se convierta en el útero húmero  y terroso para la mandrágora, pues tú ya eres condenado y tu casa hace tiempo que se convirtió en patíbulo. Si tienes pensado escribir una nota, una carta de suicidio, desestima la idea desde ahora mismo. No es necesario que añadas palabras porque cuando vean el espectáculo del cuello partido y la cara morada sabrán que tú mismo te has encargado de masturbar a la muerte siguiendo tus propios instintos. 

Pero por si acaso, antes de nada, quiero que leas con atención esta historia: 

Durante muchos años en China existía una especie de tribunal de Inquisición Literaria que velaba por el cumplimiento del riguroso “tabú sobre los nombres”. Este tabú era mucho más que eso, era una ley por la cual se prohibía el uso, tanto oral como escrito, de los nombres de algunos mandatarios, miembros muertos de clanes familiares y personajes ilustres. Tan supersticiosos como sumergidos en una especie de limbo en el que la tradición era el único camino a seguir los chinos tenían asumido, por ejemplo, que no debían escribir el nombre de algunos emperadores, tampoco el de sus ancestros. Durante un periodo de la dinastía Jing incluso se prohibió escribir el nombre del gran Confucio. Estaban locos estos chinos porque muchos de estos personajes eran sumamente relevantes, más en una cultura que vivía mirando el ombligo de su propia historia, así que hubo que inventar formas de “ocultarlos” en los pergaminos. Así fue como se convirtió en algo común camuflar los nombres tabú entre caracteres modificando los ya existentes o dejando un espacio en blanco que únicamente el sentido común era capaz de llenar. Hubo emperadores que cambiaron sus nombres para evitar problemas y que sus nominativos originales pudieran pasar a la historia. Y sí, seguro que lo estás pensando y que además estás en lo cierto: quienes controlaban la caligrafía china debían ser auténticos genios del lenguaje, magos de las alusiones y de la rhetorica latina que tan lejos les quedaba. Lo eran, sólo que en su caso, más que para persuadir, enseñar, entretener, emocionar o crear belleza, ellos usaban todas las figuras literarias a su alcance para algo mucho más importante: salvar su propia vida. Estos escribientes eran ilusionistas del lenguaje, Houdinis de la palabra, tan expertos en decir lo que no decían como en mesar sus perillas largas y canosas, se escabullían de los nombre prohibidos con la misma solemnidad con la que sostenían el pincel en un ritual en el que cada músculo, cada impulso eléctrico de la mano, la muñeca o los dedos, se ponían al servicio de las letras. Estos eruditos, algunos burócratas, otros empleados del gobierno y otros religiosos,  controlaban el acto de la escritura con la respiración, la misma que respiración que les hacía llegar al éxtasis sexual basado en la contención. Cada una de estas exhalaciones de aire, cada sutil y desgastado embiste de cadera, cada movimiento de pierna, de brazo o de mano, tanto en el sexo como en la escritura, era estudiado para alcanzar el equilibrio máximo emocional y físico, fantástico, fabuloso, solemnemente imperfecto. ¿Y sobre eso que te preguntas ahora? Te conozco bien y sé que piensas que el sexo no es eso, que entre las sábanas todo es animal y que se come, se bebe, se succiona y se huele. Que todo baila al ritmo de las hormonas, que el balanceo de la mente ciega el espítu. Y puede que tengas razón aunque eso no importa. Volvamos a la historia de los escribas chinos.  

Los maestros chinos de la caligrafía sabían que el ritual de la escritura podía romperse con un pequeño fallo que a veces era fruto, únicamente, de un poco de tinta derramada inoportunamente, tinta demasiado cara, tinta del precio de la sangre de unicornio. ¿Que si fue eso lo que hizo que Wang Xihou perdiera la cabeza? Sí, algo así. Desde luego el culpable de aquella tragedia no fue un mal amor o una partida de Go torcida por una inoportuna ficha blanca de menos. Lo que le pasó a Wang Xihou es muy parecido a lo que le pasó a Boticcelli al ver algunos de sus cuadros metidos entre los vanidosos trastos de Savonarola. Esta historia renacentista siempre te pareció muy triste porque estás convencido de que no hay nada más deprimente que ver parte de tu alma entregándose a un fuego terrenal pero con un poder eterno. Pero yo creo que sí hay algo peor, sinceramente, y creo que es perder la vida por una puta línea. Porque eso es lo que le pasó a Wang Xihou, el mayor erudito de la China del emperador Qianlong: que se olvidó de borrar una puta línea. Un pequeño despiste hizo que los defensores del tabú se le echaran encima. Pero lo peor de todo es que Wang Xihou no sólo perdió la cabeza él sino que dejó nueve rastros de sangre por el camino porque junto a la suya rodaron las de nueve de sus familiares: esa era la forma más grave de pena capital en la China imperial. Y esta es la historia del trazo más caro del mundo.

Evidentemente yo no sería capaz de matar a tu madre y a su hermano, a tus dos hermanos varones, a la esposa del mediano de ellos y a sus tres hijos, y a tu ahijada. De verdad que no, que por mucho que pienses que mi frialdad no tiene límites nunca llegaría hasta allí. Y menos cuando sea ya sombra sin manos ni pies, sólo alma podrida sin gusanos a los que alimentar. Pero aún así te invito a que nunca escribas una nota de suicidio mencionándome. Mi nombre está sujeto a tabú. Y nunca es nunca, nunca es esta vida y todas las que vinieron y vendrán. Es como si yo no existiera, como si nunca hubiera existido. 

Lo que tenemos, eso que aún nos une, es como azúcar en leche hirviendo que se disuelve y deja un rastro denso, grasiento y sucio para los ojos y para la nariz. Al pensar en esta nata quemada irradiando antinaturalidad pienso en que lo que mejor puede convencerte para que me regales unas mandrágoras es que te recrees en tu propia imagen, que te veas a ti mismo desnudo de cintura para abajo y con el pito sudoroso tras una polución en la que tu imaginación prodigiosa poco o nada ha tenido que ver porque ha sido un proceso puramente neurológico, un placer del que jamás podrás presumir. A lo mejor eso te motiva porque puede que siempre hayas sido ese cabroncete viciosillo que conocí una vez e imaginarte así te dará fuerzas para quitarte la vida, para largarte sin remordimientos. Esta última será tu mejor erección, te lo digo en serio, y no serás el primero que se muere con una soga ahogándole al cuello o con una bolsa de plástico atada a la cabeza. Vamos, piénsalo: un orgasmo de puta madre a cambio de vida, la Petite mort más sublime. ¿Te parece un precio demasiado alto? 

¿Sabes lo que me pasa? ¿Sabes por qué te deseo una muerte placentera pero muerte al fin y al cabo? Porque creo que en el fondo sé que me merezco más, que me merecía más. Por eso soy tan dura contigo, porque yo me merecía algo más que una polla dura un par de veces a la semana. Creo que te amé, que me preocupé de amarte, y que eso fue lo peor que pude hacer. Me centré tanto en querer que me olvidé de llevar el control y tú empezaste a gobernar mi vida, y ese es uno de los errores que nunca acaban de llegar al fondo del saco y que siempre están colgando, siempre sacando nuevos jirones de donde ya no queda piel. Por eso la gota no llegaba, porque la esperanza era el soporte que siempre mantenía unido el contenido del vaso; la esperanza como resorte, como suspensorio, la esperanza como soporte y esperanza en sí misma. La esperanza es verde, verde como tus ojos que saben a café y que me mantenían siempre en vilo. ¿Te das cuenta? Ya he aprendido a enumerar tus principales virtudes en pasado y eso es un gran paso hacia el futuro.

El rencor no forma parte de mi vocabulario, no es parte de mí, así que guárdame cualquier cosa antes de partir. Un beso, un folio en blanco o un dardo envenenado, lo que sea, pero por favor no me guardes rencor porque eso es lo único que nunca te perdonaré. Porque sí, allá donde voy también sentiré un desgarro cuando me olvides y será más fuerte si ese olvido viene promovido por el odio. ¿Sientes que te he engañado durante tiempo? No lo creas, lo que pasa es que cuando sentimos la muerte cerca algunos nos volvemos más sinceros. 

Y para terminar, si tienes que dejar alguna carta antes de suicidarte que sean las instrucciones para mantener vivo durante el máximo tiempo posible el recuerdo de nuestro amor. Sabes cómo hacerlo. La leche, a poder ser fresca, será el caldo de cultivo perfecto para ella o él, que se convertirá en protector de todo lo que hemos destruido. Que todos la coman, que todos mueran, que todos sepan que tú y yo, en el fondo, también tenemos un corazón de mandrágora que, al latir, sólo es capaz de expulsar viscosidades. ♦︎

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