Los poetas de la guerra: todos los versos al frente

“Para nosotros, la cultura ni proviene de energía que se degrada al propagarse, ni es caudal que se aminore al repartirse; su defensa, obra será de actividad generosa que lleva implícitas las dos más hondas paradojas de la ética: sólo se pierde lo que se guarda, sólo se gana lo que se da”. Así se expresaba Antonio Machado, durante el discurso de clausura del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, culminado en Valencia, en agosto de 1937. Escuchándole estaban Pablo Neruda, André Malraux, César Vallejo, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Bertolt Brecht e Ilya Ehrenburg, entre otros. Tenía entonces 63 años, le quedaba poco más de uno de vida. Él, el más respetado de los poetas de España, acaso del mundo, había tomado partido desde el minuto uno, cuando la hora sonó grave. En aquel momento de 1937 circulaban por la España republicana centenares de publicaciones literarias, revistas, pasquines, apenas legajos, de partidos, sindicatos, brigadas, batallones, asociaciones populares de la retaguardia. Se calcula que, al finalizar la guerra, se habrían publicado alrededor de veinte mil poemas en todos los formatos posibles, anónimos y de reconocidos autores, tanto nacionales como extranjeros. La guerra convirtió a los poetas en soldados, y a los soldados en poetas. Fue un fenómeno maravilloso, único en la historia. La generación de poetas que alumbró el primer tercio del siglo español es extraordinaria, su compromiso político y el sacrificio demostrado durante la Guerra Civil pertenecen a un tipo de dignidad más alta que la literaria.

miguel_hernandezMiguel Hernández, en el frente.

La Generación del 27 —que fue la principal protagonista durante la guerra—, como la del 98 o la del 36 son, hoy día, un exiguo listado de nombres propios. Exiguo porque, aparte de los doce o quince nombres comúnmente recordados, hubo otros muchos que han caído en el olvido, cercenados por la pesada cuchilla de la noche franquista. El papel de tantos y tantos poetas durante la guerra y la obra que dejaron es uno de los grandes tesoros culturales que habrá que rescatar. Recuperar y poner en valor las poesías de escritores como Pascual Pla y Beltrán, Antonio Aparicio, Juan Gil-Albert, José Herrera PetereEmilio Prados, o Pedro Garfias es tan necesario como mantener vivo el legado de Miguel Hernández, Rafael Alberti o Luis Cernuda.

De entre los grandes nombres de la lírica española durante la guerra, en defensa de la legalidad republicana, en cabecera de cualquier estudio estará siempre Rafael Alberti, como gran líder y organizador. Federico García Lorca fue asesinado solo un mes después de golpe de Estado, el 18 de agosto. Su fusilamiento fue el punto determinante para que la intelectualidad de la época, en su mayoría, se decidiera a tomar partido, si antes no lo había hecho. Y tomar partido significaba tomar las armas, y defender la República. Miguel Hernández, junto con Antonio Aparicio, se alistó en el Quinto Regimiento. A ambos les costó un tiempo salir de la primera línea de combate para dedicarse, en el frente, a tareas culturales, hasta que la República entendió donde estaba el puesto en el que mejor podían ayudar a ganar la guerra. En El mono azul y Hora de España, las dos principales revistas culturales del frente republicano, publicaron José Bergamín, Manuel Altolaguirre, León Felipe, Vicente Aleixandre y Luis Cernuda. La plana mayor de las letras españolas estaba con la República, y estaba en guerra. De José Bergamín, católico e izquierdista él, cuentan que se paseaba por Madrid con mono azul de proletario y pistola al cinto. Manuel Altolaguirre, el menos recordado de los no olvidados del 27, tuvo un papel encomiable como poeta y como editor, durante la guerra se mantuvo leal y activo en la defensa de la República, a pesar de que su propio hermano, Luis Altolaguirre había sido fusilado por una milicia anarquista en los primeros días de la contienda; teniendo que salir por los Pirineos, como Machado, en 1939, Manuel Altolaguirre fue a parar a un campo de refugiados en Francia, la intervención de Picasso y Eluard le sacaría de allí y le garantizaría el exilio en Cuba. Vicente Aleixandre fue de los pocos republicanos que decidió quedarse en España al término de la guerra, recluido en su casa de Velintonia, en Madrid; el franquismo decidió obviarle, pensando que de aquella manera le vencían, nada más lejos de la realidad, porque Aleixandre convirtió su mítica casa en un refugio de la cultura y la libertad contra la dictadura. En el exilio murió León Felipe, en México, como también lo hizo Luis Cernuda, para muchos el más dotado de todos los poetas del 27. En 1961, Cernuda escribió uno de sus últimos poemas, titulado 1936, relato en verso del renacimiento de la esperanza ante la imagen de un viejo camarada de la guerra, un brigadista de los Lincoln con el que coincidió en un acto en el exilio; el poema es una de las cumbres de su obra, y por ende de la poesía española del siglo XX.

Entre los poetas extranjeros que vinieron a España y asumieron la causa republicana como la de la liberación de su propio país están quienes participaron en el Congreso de Valencia, por supuesto, como Neruda, Vallejo o Brecht; además están los que permanecieron meses en España, en labores periodísticas, como Ehrenburg; pero ante todo cabe destacar a quienes optaron por empuñar el fusil, sin dejar la pluma, brigadistas poetas internacionales como Ludwig Renn, Cecil Day-Lewis, Langston Hughes o Edwin Rolfe.

Sin embargo, los grandes olvidados son aquellos españoles que no aparecen hoy en los libros de textos, ni en los de literatura ni en los de Historia. Antonio Aparicio fue, de entre todos ellos, quizás el que contó con una voz poética más acabada y completa, un autor a la altura de los Cernuda, Lorca o Aleixandre; herido en la batalla del Jarama, se exilió en varios países y murió en Venezuela, dejando una importante obra literaria, en su gran mayoría dispersa, y aún por recopilar en una edición de sus Obras Completas. Pedro Garfias fue otro de los olvidados en el exilio mexicano, soldado en el frente de Córdoba, había sido Premio Nacional de Literatura en 1938, galardón otorgado por un jurado en el que se encontraba Antonio Machado, Garfias dejó un poema inmenso escrito en los días del exilio de 1939, camino de Inglaterra, titulado Primavera en Eaton Hastings, injustamente ausente de las antologías de su generación. Juan Gil-Albert, que fue fundador de Hora de España, tras una temporada en el exilio regresó a España, donde, como Aleixandre y otros, vivió lo que se dio en llamar el ‘exilio interno’. José Herrera Petere, pese a su juventud con respecto a compañeros como Rafael Alberti, fue uno de los líderes políticos de primera hora de la Generación del 27, en 1931 ya escribía en la revista Octubre e ingresó en el Partido Comunista, cuando éste era aún una fuerza minoritaria; Herrera murió en Suiza en 1977, sin poder deshacerse de la tristeza por la muerte en combate, en el frente de Teruel, de su único hermano. Emilio Prados murió en México, en 1962, poco antes que Cernuda, había sido fundador del Sindicato de Artes Gráficas y de la revista Litoral, junto a Altolaguirre, compartió el Premio Nacional de Literatura del 38 con Garfias y colaboró con Bergamín en su editorial Séneca, en el exilio; estuvo junto a todos, pero fue olvidado, como muchos.

“Recuérdalo tú  y recuérdalo a otros”, habría que decir —como Cernuda al encontrarse frente al brigadista norteamericano, tantos años después—, sobre los poetas de la guerra de España: recordemos lo que escribieron y lo que dejaron, un ejemplo humano y uno de los tesoros culturales más valiosos del siglo XX.

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