Los paseos de madrugada de Montgomery Clift

Sus padres le educaron para ser lo más parecido a un príncipe en un país sin realeza, los Estados Unidos. Colegios de pago, clases de golf, viajes a Europa. Querían que Edward Montgomery adquiriera un halo distinguido que hiciera destacar la herencia de la familia por sobre el resto de los de su clase. Y el chico tuvo algo de ese porte, una especie de afectación y delicadeza que le hacían diferente, y que le hicieron destacar en aquello a lo que decidió dedicarse, que nada tuvo que ver con los negocios familiares ni con el prestigio de alguna profesión liberal. Era especial, pero no del modo que sus padres hubieran deseado. Leía a Chejov, como ellos querían, pero no se envanecía por ello, y cuando terminaba su lectura caminaba solo hasta algún antro de Christopher Street, en Nueva York, donde se emborrachaba y se drogaba, y donde participaba, a veces, en orgías con otros hombres. A los 45 años, pareciendo un hombre más viejo, Montgomery Clift murió de un ataque al corazón, solo y desnudo en su cama. 

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Montgomery Clift, Nueva York, 1948 / Foto: Stanley Kubrick/Look.

Alguien dijo una vez que se había consumado “el suicidio más largo de Hollywood”. Pero no fue así. Montgomery Clift no se quitó la vida, nunca quiso hacerlo. Si Montogomery Clift hubiera querido quitarse de en medio lo hubiera hecho. Él vivió de la única manera que supo hacerlo, y eso significó su muerte prematura. Su tormento y su autodestrucción eran una pulsión vital. Él sufría, porque en la vida, bien pensado, hay más motivos para sentir dolor que para ser feliz. Aceptó eso y lo llevó como pudo, con alcohol y barbitúricos, con soledad y con dedicación obsesiva al trabajo, con pocos amigos.

De los cuatro grandes nombres del Actors Studio —Brando, Dean, Newman y Clift—, Monty fue el más enigmático. Marlon Brando fue el talento desmesurado, la fuerza de la naturaleza capaz de manejarlo todo desde su quietud, el rebelde con causa que no paró de hacer cortes de manga a Hollywood. James Dean, tal vez, el menos dotado en términos dramáticos, aunque es imposible saber qué hubiera podido hacer de no haberse convertido en icono absoluto del joven rebelde y maldito. Paul Newman fue el equilibrio, la belleza canónica que llegó a viejo dando recitales de contención interpretativa, como si tratara de equilibrar los excesos melodramáticos en que cayeron todos los discípulos de la famosa escuela neoyorquina. Y Montgomery Clift fue el talento callado, la más reflexiva de las miradas, la precisión y el estudio pormenorizado hecho actor de cine; era bello, como todos ellos lo eran, tenía el paso melancólico de Dean, los ojos de Newman y la mirada de Brando. Era el mejor de ellos, el mejor entre los mejores, reconocido por todos. El más natural, sutil, el más genuinamente cinematográfico. Y quizás, el primer actor de autor del sistema, el primero que se permitió elegir papeles y condicionar toda la dirección artística de un film. Rechazó protagonizar La ley del silencio, que encumbró a Brando; rehusó protagonizar Al este del Edén, para suerte de Dean; y protagonizar, también, entre otras obras maestras, El crepúsculo de los dioses. Sus papeles en Río Rojo o en Un lugar en el sol le habían servido para ser la pieza deseada de los mejores cineastas del momento, a pesar de sus, ya por entonces conocidos, problemas con el alcohol. En lo más alto de su carrera se permitió desaparecer. Después del rodaje de Un lugar en el sol, Montgomery Clift decidió apartarse, estuvo dos años sin rodar ni una sola película. Cuando regresó a los platós lo hizo para dejar tres films en un mismo año, con Hitchcock, Vittorio de Sica y con Fred Zinnermann en De aquí a la eternidad. Casi nada. Después volvería a tomarse otra de sus temporadas sabáticas, en términos cinematográficos, tres años, hasta que su amiga y amor platónico Liz Taylor se lo llevara al rodaje de El árbol de la vida, de Edward Dmytryk. Y fue en el tiempo de aquel rodaje cuando Montgomery Clift se encontró, por la fuerza, con el lado más tenebroso de la vida.

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Montogomery Clift en De aquí a la eternidad (1953) / Imagen: Columbia Pictures.

El 12 de mayo de 1956, Clift cogió el coche de noche, borracho, se marchaba de una fiesta que Elizabeth Taylor había organizado en su casa. Delante de él iba otro coche que ejercía de guía, conducido por el actor Kevin McCarthy, que fue quien pudo hacer la llamada de alarma cuando vio por el retrovisor que Monty se había estrellado contra un poste telefónico. El accidente fue brutal. El hermoso rostro de Montgomery Clift estaba desfigurado. Se cuenta que, cuando Elizabeth Taylor llegó al lugar del accidente, se echó sobre su regazo a su amigo, que se ahogaba, y le sacó varios dientes que tenía incrustados en la garganta. El rodaje, por supuesto, quedó suspendido varios meses, hasta que la estrella se recuperó de las heridas y pudo volver a ponerse frente a la cámara, aunque fuera con un rostro obligatoriamente cargado de maquillaje y en planos que ocultaban sus cicatrices.

Lo cierto es que, después de todo, el rostro de Montgomery Clift tras el accidente no sufrió grandes cambios externos, la piel algo más ajada, quizás, pero poco más que eso. Sin embargo, algo se había roto definitivamente por dentro. Antes de aquello, contaban sus allegados que no necesitaba más que ir a uno de sus restaurantes favoritos en Nueva York, en la calle 51 con Lexington, uno que abría toda la noche, y sentarse contemplativo a mirar por la ventana, para atraer a un hombre que le hiciera no pasar la noche solo. Su homosexualidad, reprimida y ocultada por la industria casi por contrato, significó un verdadero tormento para Clift. Su independencia como actor la tuvo que pagar manteniendo una imagen pública de galán, sensible y ambiguo, pero eterno novio prometido de todas las jóvenes norteamericanas. Uno de sus primeros compromisos en este sentido fue el de acompañar a un estreno a Liz Taylor cuando ella tenía solo 18 años. Ese sí que fue el comienzo de una hermosa amistad. Ella se enamoró de él, e incluso le pidió matrimonio, pero la cosa, pronto se dio cuenta la chica de los ojos violeta, sería imposible. Imagínense que hubieran acabado juntos, ¡qué tipo de ojos podrían haber salido de la mezcla de ambos! 

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Montgomery Clift en Vencedores o vencidos (1961) / Imagen: MGM/UA.

La farsa mediática propiciada por Hollywood se terminó después del accidente. Monty ya no estaría jamás dispuesto a seguir con ello. En los diez años que vivió después del accidente se dedicó a ser más el mismo que nunca, a dar rienda suelta, sin control, a todas sus tristezas. Fueron los años de las borracheras, las orgías, los desconocidos, las palizas, las noches deambulando con su perro por Nueva York. Fueron los años, también, de la demostración última y espeluznante de su talento como actor. En Vidas rebeldes, de Huston, se comió al mejor Clark Gable y a la mejor Marilyn Monroe. En De repente, el último verano volvió a encumbrarse junto a su amiga Elizabeth Taylor y con Katherine Hepburn. Y finalmente, en Vencedores o vencidos dejó la definitiva muestra del mayor talento surgido del Actors Studio. Stanley Kramer le propuso uno de los papeles protagonistas del film, pero Clift, en su línea, lo rechazó; a cambio, le propuso al director interpretar un pequeño papel secundario, el de un hombre que había sido víctima de los programas de esterilización de los nazis, y que aparecía como testigo en los Juicios de Nuremberg. La propuesta de Clift era muy particular: renunció a cobrar por el trabajo, pero exigió que la secuencia se grabara del tirón. Solo quería actuar. Los días previos al rodaje se pasó horas y horas mirando una fotografía de Franz Kafka. El día de la grabación todo estaba preparado para recibir al actor, que apareció delgadísimo y con un corte de pelo como el del autor de La Metamorfosis. La secuencia en el film comienza en el minuto 50 y dura 17 minutos, los planos de Clift concentran poco más de 7 de ellos. El recital interpretativo, de profundidad, de expresividad, de comunicación dramática, que dio Montgomery Clift es uno de los grandes momentos del cine. Una lección magistral de interpretación, eterna.

Montgomery Clift fue, como tantos otros, una víctima del sistema de la industria del cine. Marilyn Monroe, después del rodaje de Vidas rebeldes, dijo de él que era la única persona que había conocido que estuviera peor que ella. El chico de la mirada triste educado para príncipe murió cuatro años después que Marilyn, después de muchos paseos solitarios de madrugada. 

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