Los (otros) momentos del Tour de Francia 1991

Hace ya 25 años que empezó una de las mayores historias de amor entre una carrera y un ciclista. La prueba más grande, además, la más importante, la que durante tres semanas lleva a los corredores a recorrer el Hexágono mientras pisan terrenos de leyenda, recodos donde se han escrito gestas desde principios del siglo XX. Hace 25 años Miguel Indurain vencía en su primer Tour de Francia, el que parecía nunca iba a llegar, ese que acabó siendo nada más que prólogo a lo que vino después. Un Tour, un desafío, marcado por la monstruosa etapa de Val Louron, la de Chiapucci, la de Lemond haciendo eses, la del primer amarillo de Indurain. Seguramente el mayor cataclismo en forma de cambio generacional que jamás haya contemplado este deporte. Pero hubo más, hubo mucho más. Porque reducir toda una Grande Boucle a siete horas de carrera es siempre injusto. Así que aquí les contamos, en voz bajita, las otras claves del Tour de Francia de 1991. Esas que nadie más les va a recordar.

Indurain_Tour_1991_Pht_MarcaMiguel Indurain, el día después de Val Louron, vistiendo su primer maillot amarillo / Foto: Marca.

Primera Etapa. Lyon

En 1989 el equipo Reynolds-Banesto (era el primer día que el banco de moda en la España de los ochenta aparecía en un maillot ciclista) perdía el Tour en Luxemburgo, cuando Perico Delgado se pasó de calentamiento entre las calles del Gran Ducado (o lo que fuera) y salió como último en la general tras un prólogo que debía de ser prueba apenas testimonial. En 1990 durante la primera etapa, final en Futuroscope, la fuga de cuatro corredores coge más de diez minutos de ventaja, y uno de ellos, Claudio Chiapucci, acaba segundo en París. La idea es que, a estas alturas, todos estaban avisados de que algo podía ocurrir en esas primeras pedaladas. Y Banesto más que nadie, en suma. Pero ocurrió, y les volvió a pillar con la guardia baja. Haciendo el canelo, vaya, o el cateto, porque nos retrotraía a tiempos heroicos en los que los españoles perdían el tren en las planicies iniciales y luego solo quedaban para fuegos de artificios. Trueba sonriendo en casa, y todo eso. Un par de minutos de ganancia para Lemond y Breukink, que fueron los más listos de la jornada. Por la tarde, tras una contrarreloj por escuadras disputada en el segundo sector del día (más pérdida para el equipo navarro, que dijese García) cuenta la leyenda que José Miguel Echavarri se acerca al grupo de periodistas españoles y les entrega un sobre cerrado: “Sólo podréis abrirlo en París, al acabar la carrera”. Y se marcha, sin decir nada más. Tres semanas más tarde alguien rompe el lacre. En un papel, escrito a mano, hay una leyenda: “Ni Lemond ni Breukink ganarán este Tour”. Apócrifa o no, la historia muestra el aura de Echavarri en aquellos años, donde su forma enigmática de expresarse creó toda una corriente de opinadores profesionales sobre lo que había dicho y lo que había pretendido decir.

Alençon

Breukink viene con los mejores tiempos durante toda la contrarreloj, la primera individual del Tour, pero se hunde miserablemente en la última parte, apenas un puñado de metros en los que va literalmente clavado sobre el asfalto. Al año siguiente le pasará algo parecido en la Vuelta a España, holandés poco fiable, pasado esplendoroso, presente trufado de problemas. Al final la etapa va para Indurain, su primera crono en el Tour. Las diferencias son grandes con todos menos con Lemond, que parece tener perfectamente encaminada su cuarta victoria. Cuenta con ventaja, con un equipo fantástico, con su proverbial inteligencia en carrera y, quizás sobre todo, con el respeto que impone quien ya ha visto tres veces los Campos Elíseos desde lo más alto del pódium. Y una por delante de Hinault. Nada menos.

Quimper

Los años noventa son un territorio complicado en el ciclismo. Seguramente sea cuando toda la antigua tradición de pócimas, brebajes y, en general, ayudas prohibidas o permitidas, se desmadra. Es cuando se pasa de los corticoides de los setenta y ochenta (que te permiten ignorar el dolor) al dopaje sanguíneo (que aumenta tu motor). Tendencia peligrosa que en pocos años había dejado un par de cadáveres entre antiguos profesionales, y que terminaría con una catarsis casi absoluta de la que aún se sienten las consecuencias. Pero, en 1991, aun nada de eso se sabe. O poco. O se sabe y no se cuenta, vaya. Ferrari ya está trabajando en Ariostea, y en Holanda empieza a susurrarse una palabra mágica. EPO. Algo totalmente diferente, totalmente distinto. “¿Sabes el viejo cuento de que nada transforma a un burro en un caballo de carreras? Pues quizá estás equivocado”. EPO. En la etapa con final en Quimper todos los componentes del equipo holandés PDM tienen que retirarse. Fiebre, vómitos, y, en general, un aspecto en algunos casos de estar con un pie en la tumba. Ciclistas pálidos, rostros cadavéricos. La explicación oficial es una intoxicación alimentaria, una mayonesa en mal estado que curiosamente solo afecta a los deportistas y esquiva a mecánicos y directores. Las voces bajas empiezan a lanzar mensajes. Hablan de una noche de terror, de productos corrompidos por el calor, de inyecciones que llevan muerte bajo el émbolo. Recuerdan el hundimiento final de Erik Breukink en la crono de dos días antes. Nadie confirma nada hasta muchos años después. Pero, aun en la inocencia, todos cuchichean. Breukink, uno de los máximos favoritos, está fuera de la carrera. Con él se han ido Alcalá o Kelly.

Jaca

Se llega a España. Primera toma de contacto con la montaña. Medios, afición y “entorno” esperan un estacazo sideral de algún ciclista ibérico. Por pedir, que sea el gran favorito de todos, Perico Delgado. Pero… nada. Escapada lejana que llega con ventaja a Jaca, victoria de un Charlie Mottet que entra de lleno en la lucha por la victoria final y amarillo para una esperanza francesa llamada Luc Leblanc. Leblanc es del Lemosin, vecino de Poulidor, y ha sido adoctrinado por el más querido de entre los queridos. Que Poulidor dice que hay que cortar troncos en invierno para favorecer el trabajo de riñones (como hacía también Hinault) para allá que se marcha Leblanc a cortar bosque y medio. Tiene cara de niño, ojos azules, pelo rubito y un punto de timidez que encandila. Es escalador y batallador. Es la nueva gran estrella francesa, una vez que Fignon parece que jamás volverá a ser el de antes. Todos le adoran. Tiene, además, un pasado trágico detrás, un atropello en el que su hermano pierde la vida, en el que Luc sale con una pierna más corta que la otra. Le aman. Ganará el Tour, dicen. Él, sonriente, lo celebra. “Este primer maillot es para mí, el siguiente se lo daré a Poulidor”. La Historia es tan justa como cruel: jamás habrá un segundo… Pero en España apenas se habla de Leblanc, centradas todas las críticas en los corredores de casa, que llegan a casa y hacen el ridículo en casa. Echavarri, nuevamente, sentencia. Le han preguntado qué ha pasado y ha dicho que los Pirineos son dos etapas, y esta es solo la primera. Le han preguntado por el estado de Perico y él, enigmático, dice que Perico está bien, sí, pero que Miguel está muy bien. Muy. Sonríe. Al día siguiente se llega a Val Louron. Indurain viste por última vez en ese Tour con los colores azules y blanco de Banesto. El sol espera.

Gap

A Gap se llega con mal tiempo y después de una etapa quebrada, con tachuelas aquí y allá, subidas antipáticas, muchas curvas y, en general, terreno del que los ciclistas llaman pestoso. Pero está todo controlado. Lemond sigue tan batallador como siempre, y hasta Chiapucci se anima, pero el Banesto funciona a la perfección aquel día. Además, la ventaja de Indurain es tal que permite algunas pequeñas alegrías. Una jornada de transición, pues. Que no lo fue. Lo contaron algunos protagonistas años más tarde, cuando todo formaba parte de los recuerdos, de las batallitas de antiguos profesionales. Aquel día Indurain no iba, no podía seguir el ritmo del pelotón. Se olvidó de comer, la lluvia masacró su musculatura… un poco de todo. Nadie se dio cuenta, pero estuvo a punto de perder una minutada. Historias…

Alpe d’Huez

La primera exhibición de Indurain en montaña siendo líder. La primera vez en que se vio esa forma de rodar, de controlar pausada pero firmemente que más tarde acabaría desquiciando a toda una generación de ciclistas. Una etapa que pudo haber vencido Indurain, que parecía el más entero en la montaña alpina del trío que se juega el parcial. Pero vence Bugno. Al sprint. Era más rápido que el navarro, pero algunos hablan de que éste se ha dejado ganar para agradecer la colaboración del italiano. Será también la primera vez que se escuche ese mismo argumento. No, ni mucho menos, la última.

Morzine

Apenas se puede ver la retransmisión porque los Alpes se han puesto juguetones y quieren ser invierno en verano. El ascenso a Joux Plane se hace, así, a paso sostenido, con un grupo de los mejores donde nadie intenta nada, salvo un par de tímidos acelerones de Bugno. Ninguno contempla el menor signo de fatiga de un Indurain que, dicen, vuelve a sufrir como un perro. Nunca le gustó Joux Plane al de Villava, sus pendientes sostenidas, su asfalto descarnado, descenso traidor y mortífero. Nunca. Pero si nadie se da cuenta de que vas mal es porque, quizá, nadie vaya con la suficiente frescura para verlo. Llegan a Morzine de la mano, quedan solo cuatro etapas hasta París.

Una nueva era estaba naciendo…

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies