La araña de la ventana

El otoño y el invierno de ese año fueron especialmente extraños, sobre todo desde que desapareció la araña que vivía en la ventana de Esteban. 

Era curioso ver la nieve derretirse de un día para otro, cosa que ocurría cada semana sin descanso desde que nació noviembre. La verdad es que el último día de octubre se fue como agonizando bajo un atardecer rojizo que imploraba una piedad demasiado pura y grandiosa, piedad que nadie tenía y que, de tenerla, no se habría sabido usar. 

Se vaticinaban tiempos extraños, tiempos crueles, como casi todos los segundos de cada historia, aunque mucho menos duros que los de hoy. Se dice que en aquella época había hueco para limpiar las heridas con ungüentos maravillosos y que la ginebra sabía mucho mejor que ahora, las calles de la ciudad estaban pobladas por asfalto, las avenidas se entrecruzaban como dos cuerpos lo hacen en la cama, y la gente se ahogaba bajo el humo de coches que rugían y poblaban de pesadillas los sueños en las madrugadas más frías que se puedan imaginar.

Australia. New South Wales. Newcastle. 2003.Fotografía de Trent Parke, Magnum Photos.

Esteban vivía frente a la playa, donde ese ruido de motor le quedaba algo más lejano, donde podía amortiguarlo con los cantos de sirena y el eco de las olas. Era habitual ver a Esteban en el balcón fumando o bebiendo cerveza, era habitual verlo solo y era habitual verlo acompañado de alguna chica. Recuerdo especialmente a una chica de pelo moreno y cara pálida que estuvo con él hasta que murió el último día de octubre. Era una mujer hermosa con ojos oscuros y manos pequeñas. Esteban tenía ese fetichismo con las manos pequeñas y los pies. Ella tenía unos pies grandes sin embargo, aunque podría decirse que eran perfectos. Siempre me gustaron sus pies. Verla desnuda en el balcón con Esteban, en la noche, despertaba esa misma sensación que se tiene al presenciar la ejecución de una ópera de Wagner, con el sonido casi omnipresente de las olas de mar. Ella era Tannhäuser, quizá El Holandés Errante, no lo sé.

Esteban no siempre había vivido allí. Nadie sabía con exactitud de dónde venía, a los pocos que lo conocimos, cuando se le preguntaba, nos decía que estuvo en una pequeña ciudad al norte de aquí antes, otras veces se quedaba callado unos segundos, sopesando, y respondía con “¿Quieres un trago? Me apetece un trago”. En alguna ocasión le oí decir que estuvo luchando en la guerra de independencia, aunque lo cierto es que era un hombre demasiado joven para tan siquiera haber nacido cuando tuvo lugar.

Esteban descubrió la araña que vivía en la ventana de su habitación en verano de ese mismo año. No le prestó mucha atención a ese bicho. Se acercó a su cocina, se preparó un café esa mañana y se lo bebió tranquilamente mientras oía levantarse de la cama, vestirse e irse sin decir adiós a esa chica morena de la que hablé antes. Es una de las cosas que tenía esa mujer, era un cuchillo de barro. Podía besarte y entregarte su corazón o podía desenterrar tu cadáver para escupirlo. Esteban se encendió un cigarro y entornó los ojos como intentando no sentir cómo se iba, pero, como hasta entonces, se fue. Cada vez estaba más seguro de que esa sería la última que la vería, aunque nunca fue así. 

El silencio nunca tuvo menos sentido que cuando Esteban se resguardaba en las copas de whiskey, en su máquina de escribir o en esa vieja guitarra resquebrajada que tocaba tan a diario como se respira.

No se sabe cómo se conocieron. Ellos no llegaron a saberlo tampoco. Amanecieron una mañana abrazados en la cama y eso fue todo. Nunca supieron sus nombres y sin embargo se conocieron tan íntimamente como puede hacerlo uno consigo mismo. No se necesitaban y eso era todo. Eran la misma persona pero eran personas diferentes. Eran una condena al ostracismo perpetua y regular con largos períodos de libertad condicional. Eran algo extraño y perfecto.

Esteban comía de las largas noches que pasaba en burdeles tocando blues y emborrachándose. Llegó a ser muy importante y a tener una gran demanda dentro del círculo de locales de la ciudad, pero él acudía a ese burdel donde había estado tocando desde la primera vez que llegó aquí, hacía apenas un par de años. Si hubiese querido, podría haber vivido allí, pero él ya tenía un hogar.

Después de esas largas noches de trabajo, se despertaba y miraba por la ventana de su habitación hacia el horizonte de antenas de televisión y paredes pintadas de fotos amarillas y arrugadas. Un día le prestó atención a esa araña que se había quedado a vivir con él. Eso le pareció agradable, tendría compañía al fin, algo de vida para su morada que no había advertido correctamente antes.

Desde ese día, comenzó a sentarse largas horas fumando y observando a la araña tejer y envolver moscas y mosquitos mientras él disfrutaba de ese pequeño oasis de naturaleza en mitad del humo denso de asfixia.

Todo eso coincidió con la definitiva decisión de aquella chica de quedarse a vivir con él en esa casa, decisión que tomó sin consulta previa, pero que poco a poco se convirtió en algo sobreentendido, como el aire que se respira y que uno no se pregunta por qué.

La corta vida de esa mujer con Esteban se puede resumir en sexo, alcohol y tabaco, excepto por las noches, cuando Esteban ganaba dinero con su guitarra.

Esa mujer se convirtió en una espectadora de la vida de Esteban y en la receptora de los más íntimos trabajos de ese hombre.

El verano pasó rápido y, aunque fue monótono, fue alegre y leve. Cada noche que Esteban no trabajaba, como si se tratase ya de una costumbre ancestral, Esteban y su acompañante salían a su balcón a fumar hasta que la noche dejaba de ser noche para convertirse en un mañana que fue hoy y ya es ayer.

A finales de septiembre, Esteban se levantó de la cama y fue a mirar, como ya era su costumbre, a esa araña, pero no estaba. La buscó alrededor, pero no encontró nada. Ni rastro de esa tela sedosa que dejaba a su paso, y mucho menos de los insectos que había recolectado para alimentarse.

Las cosas empezaron a ir mal desde entonces. La majestuosa relación que tenía comenzó a marchitarse tan rápidamente como se afianzó y ese trato de estancia dejó de pasar inadvertido. A mediados de octubre esa chica se fue una madrugada de su casa. La noche que precedía a su ida sería la última vez que se verían antes de morir ella. 

Él pensó que volvería. Pensó que tenía que volver. Pero no fue así y llegó el último día de octubre, ese día que se fue como ahogándose en sí mismo. 

Una llamada al despacho del agente 577 le hizo coger su coche y dirigirse a las afueras de la ciudad, donde habían encontrado el cuerpo sin vida de una chica de unos 20 años tumbado bajo un árbol que había visto dos guerras y podía contarlas. 

Al llegar a ese lugar, el forense ya había inspeccionado el cuerpo, y no había encontrado señales de violencia. Horas más tarde, los exámenes toxicológicos no revelaron nada más allá de los niveles habituales de sustancias en sangre. Nadie supo jamás lo que había sucedido.

Cuando fueron a ver a Esteban, semanas después, a mediados de ese noviembre extraño, no estaba en casa, a pesar de que todas sus pertenencias estaban colocadas tal y como él las tenía siempre. ♦︎

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