‘Kowloon’, la destrucción de la historia

Kowloon es deshacer las costuras que componen una historia, desplegando movimientos descontextualizados, originando una suerte de experiencia estética en el espectador. En nosotros. Cautivados, nos mantendremos en estado de suspensión del juicio, atónitos ante el despliegue de lo abstracto desconocido durante los 56 minutos que componen la obra producida por el colectivo LRM Performance Locus. Una obra artística interdisciplinar con una desmesurada abundancia de influencias, donde, fragmentadas y ensambladas, compondrán un frankenstein sin suturas, dando como resultado la destrucción del significado y la apertura a la resignificación laberíntica por parte del espectador. 

Kowloon_LRM_PerformanceKowloon / Foto: LRM Performance.

El colectivo LRM Performance Locus lleva ya más de 10 años en funcionamiento. Ellos son Berta Delgado, artista visual y performer y David Aladro-Vico, compositor y performer. Para esta ocasión han contado con Chen Zhihan, intérprete de movimiento colaboradora. Kowloon, esta última muestra de su esforzada labor inspirada en la cultura visual de Hong Kong, en la que llevan trabajando y perfeccionando desde hace un año, no contiene texto ni voz. Es un continuo de imagen, movimiento y sonido de veintidós escenas de acciones, luz, proyecciones analógicas y sonido directo y grabado. Actualmente realizan pases de prensa, y así llegó hasta nosotros. 

Apagamos móviles y prejuicios, nos dejamos arrastrar por una desconcertante fuerza, comenzaba Kowloon. Desde la primera instantánea que pronto cobraría vida, sentimos que éramos parte de una realidad deslumbrante y cegadora, irremediablemente arrasadora. Esta realidad estaba constituida por una amalgama en movimiento: proyectores de diapositivas, iluminaciones y sonidos. La música, compuesta y reorganizada para difuminar su referente en la realidad, y alcanzando de facto un acto de creación, contaría entre otras opciones con fragmentos de Phil Niblock, Tom Johnson, así como grabaciones de campo en Madrid o elementos de música tradicional de Tailandia y Hong Kong. La iluminación era a base de LEDs y lámparas de filamento antiguas, utilizadas por su cualidad de luz cálida. Luces dispares que iban encendiéndose y disipándose lentamente o de golpe. En cuanto al uso de proyectores de diapositiva y transparencias, convenientemente modificados, daba como resultado una imagen exclusivamente analógica y sin límites de resolución. Por último, el cuerpo humano transmutado ora en objetos ora en movimiento, contribuía en este universo al dotarlo de un tempo al que no estamos tan acostumbrados: una lentitud en consonancia con el legado del Legend Lin Dance Theatre de Taiwán, así como del cine de Tsai Ming-Liang

Todo esta herencia y presente solidificación artesanal constituirá e irá cimentando una atmósfera demoledora, donde lo onírico florecerá como una burbuja de aire ascendiendo hasta estallar al contacto con la superficie del mar. Como contara el grupo: “Nuestro trabajo busca emociones sin intermediarios, por lo tanto evita expresamente la narración mediante la inclusión de la mayor cantidad posible de influencias, cuidadosamente ensambladas para generar emociones en lugar de un hilo conductor o concepto”. Y como expresaran para otro medio, algunas de estas influencias provendrán de un profundo interés por Oriente: “Nos interesa Asia en general, fundamentalmente por su sentido del color, del tiempo y del movimiento”. 

La cultura asiática, por tanto, revitalizará la obra hasta conformar el título de su última creación. Kowloon hace alusión a la ciudad amurallada de Kowloon en Hong Kong, demolida en 1994 y convertida en un parque de jardines, zonas de juegos, varios lagos y un laberinto, entre otras opciones. Kowloon fue una fortaleza erigida en el siglo XVII bajo la dinastía Song, (960 – 1279). Más adelante pasó a ser un exclave de China y enclave del territorio británico, permaneciendo en un limbo legal. Durante la Segunda Guerra Mundial fue creciendo en densidad poblacional hasta alcanzar la mayor del planeta con 1.900.000 habitantes por km². Arquitectónicamente anárquica, la ciudad fue deshaciéndose de la entrada de la luz solar, llegando a ser un auténtico privilegio: era accesible únicamente a los hogares de las azoteas o fachadas. La iluminación en la ciudad provenía en gran medida de tubos fluorescentes. De esta situación aparecería el apelativo de Ciudad de la Oscuridad, además de por ser un territorio sin ley, gris y enmarañado: apresado por una pluralidad de cables, mangueras e historias insólitas.

Ahora bien, aunque sepamos de algunas de las influencias que marcarían líneas de pensamiento en la obra Kowloon, éstas serán meras ideas que irán desarrollándose y brotando. Esta información no puede ser portadora de una comprensión holística de la obra. Dicho lo cual, prosigamos con otras dos influencias indispensables. La primera será la obra de Gordon Matta-Clark (1943-1978), quien trabajó en la deconstrucción de edificios existentes, fotografiando casas atravesadas por surcos o hendiduras que él mismo realizaba, y desde las cuales eran visibles otras partes del inmueble. Por último, el cementerio nuclear de Onkalo, que podríamos traducir por “oculto”, sería también una gran influencia para el colectivo, y un cementerio nuclear situado en Finlandia con el propósito de ser olvidado. Una increíble construcción subterrestre donde alojar material nuclear y esperar de él no ser encontrado jamás. Sin embargo, Michael Madsen creó un documental en 2010: Into Eternity, para que, en caso de ser hallado el cementerio, los habitantes de dentro de cien mil años puedan entender de qué se trataba. El documental, a este punto, plantea preguntas como: ¿De qué manera podríamos hacer saber a estas personas de un posible futuro tan lejano, de la existencia de estos residuos radiactivos y letales que marcaron gran parte de nuestra historia contemporánea? Los expertos a este respecto, conscientes de la necesidad de olvidar este lugar y de no ser encontrado, también entienden que la posibilidad puede no darse, y de ser así, mejor dejar una serie de advertencias.

La obra Kowloon, al crear un universo descontextualizado de cualquier signo que pudiera revelar o recordar a algo, al establecer la imposibilidad de saber lo que está pasando, de igual manera, podrá conducir a tantas historias como espectadores haya. Todas las posibilidades son válidas, como el grupo dijera: “Queremos poner el énfasis en el respeto al derecho del espectador a una interpretación libre, que es algo que creemos que las artes conceptuales y narrativas impiden. Así, si alguien hace una interpretación propia de la pieza, viendo sus propias referencias o incluso citas, es bienvenido a hacerla”. La disparidad de opiniones respecto a la obra será la satisfacción postrera del colectivo. Por consiguiente, la obra jugará con nosotros, trataremos de darle un sentido último, encontrar mediante el intelecto la clave para comprender las acciones, movimientos, sonidos y luces que logran su expansión en un espacio inusitado, y nos daremos de bruces contra la opacidad todas las veces pensables, hasta intuir que podamos estar errando en el intento: no se trata de entender, sino de sentir, dejarse ir. La obra está abierta, como vemos. El mensaje que quiere transmitirnos está siempre por ser escrito: la interpretación corre a cargo del espectador, las obras están conformadas por infinitas interpretaciones. En este tipo de obras contemporáneas, la apertura es intencionalmente buscada, promoviendo así en el intérprete actos de libertad consciente, donde podrá proponer su lectura. Por lo tanto, esta entrada del espectador a la obra le hace partícipe de la autoría de la obra, creando una vinculación diferente entre autor y espectador, como dijera Umberto Eco, y permitiendo, a fin de cuentas, que la obra viva y reviva siempre que haya un nuevo intérprete, impidiendo así su muerte. 

Este juego puede sernos útil al dejarnos espacio para un autoanálisis, al darnos pistas de lo que ponemos como sujetos sobre la obra: cómo la miramos al realizar una lectura de la misma. Y esta que os muestro es la mía. Una interpretación onírica en la que encontré una suerte de espíritus perdidos, conflictos imperecederos, en la que me dejé inundar por la brisa de una atmósfera de demolición. Me sumergí, mea culpa, porque como dijera Giacomo Leopardi en su ya atemporal poema El infinito: “naufragar me es dulce en este mar”.

* Más artículos de Blanca Victoria de Lecea aquí.

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