‘Fahrenheit 451’: amor por los libros y homenaje al cine

En 1955 un jovencísimo François Truffaut, aún periodista, cineasta en ciernes, entrevistaba junto a Claude Chabrol a un veterano director inglés que llevaba años trabajando en la industria de Hollywood, un director que cosechaba películas bien vistas por el público pero con poca trascendencia entre la crítica. Era Alfred Hitchcock. Y el joven Truffaut, que aún estaba a cuatro años de filmar Los cuatrocientos golpes, se quedó fascinado con el autor de Sospecha, Recuerda o Rebeca —entre otras, por entonces—. Siete años después, Truffaut, ya encumbrando como el nuevo niño prodigio del cine mundial, triunfador de Cannes con su opera prima, volvió a reunirse con Hitchcock, que en aquel lapso había filmado Vértigo, Con la muerte en los talones y Psicosis, pasando de buen artesano a gran artista. El encuentro dejó la conversación más importante de la historia del cine, hecha libro cuatro años después, en 1966, bajo el título El cine según Hitchcock. Ese mismo año Truffaut estrenaba su quinto largometraje, para el que tenía un millón y medio de dólares de presupuesto, en inglés, de ciencia-ficción y que distribuiría Universal. Toda una apuesta para marcar época con la adaptación de una novela de Ray Bradbury: Fahrenheit 451

Fahrenheit 451Fahrenheit 451 (1966) / Imagen: Anglo Enterprises/Vineyard Film.

Protagonizada por el gran Oskar Werner y por Julie Christie, cuenta la historia de un futuro lejano, más allá del año 2010, en el que los libros han sido prohibidos por generar infelicidad entre las personas, por hacer que la gente se cuestione las cosas y no sea lo feliz que puede llegar a ser viviendo en una inopia permanente, lobotomizados por la televisión. Los bomberos ya no apagan fuegos, sino que los generan, específicamente sobre los libros que encuentran escondidos en las casas de algunos subversivos que se resisten a la legalidad de tal dictadura. Montag —el personaje de Oskar Werner— es un aplicado y convencido bombero. Fahrenheit 451 —la temperatura a la que arde el papel— es la historia de su despertar dogmático. Clarisse es la joven lectora clandestina que le capta para su causa. 

La distopía del pirómano de libros que se convierte en rebelde lector es un cuento para todos los públicos. En su época, algunos de los recursos visuales y otros efectos, o la estética futurista, (hoy retrofuturista), debieron asumirse de forma natural. Medio siglo después, Fahrenheit 451 se ve como una exquisita pieza de museo, disfrutando de su bizarra artesanía cinematográfica. A pesar de los estragos del tiempo, el film de Truffaut fue concebido, en todo momento, como un cuento. Sus personajes son dicotómicos, su trama previsible, los diálogos explicativos. La sociedad que presenta es una simplificación fantástica de las complejidades de las modernas sociedades reales. El viejo tema de la alienación de las masas, la ignorancia como forma de control social, el poder de subyugación de la televisión, la manipulación de las informaciones, la distorsión y la mentira como método de control social para mantener un discurso de orden y paz. En contraposición, un mensaje con causa: el amor por los libros, la educación y la cultura como factores constructivos de una sociedad critica, consciente y libre.

Las referencias literarias habían sido una de las señas de identidad del cine de la Nouvelle Vague. Con Fahrenheit 451 Truffaut tenía la posibilidad de desquitarse a lo grande con un monumental e insistente homenaje a los libros. “Detrás de cada libro hay un hombre”, dice Montag. Quemar un libro es asesinar a un hombre, por lo tanto. El propio Truffaut consideró, tiempo después del estreno del film, que había cometido errores de filmación, por no haberles dado a los libros más importancia en su planificación, por dejarles morir quemados sin un primer plano a muchos de ellos. Si tienen la importancia de un personaje, deben tener el mismo tratamiento. Tal vez tuviera razón, en la teoría, pero en la práctica la presencia de los libros resulta la adecuada. Truffaut, por mucho que se pudiera autocriticar después, acertó en la parte estrictamente narrativa del film. Y lo hizo porque rodó con el atrevimiento de su generación, pero utilizando los fundamentos de suspense y acción del maestro Hitchcock. La influencia del inglés es evidente. No en vano, la banda sonora para Fahrenheit la compuso Bernard Herrmann, el genio predilecto de Hitchcock, compositor de la música Vértigo. ¿Hubiera rodado Hitchcock el guión de Fahrenheit como Truffaut lo hizo? No, sin duda alguna. ¿Rodó Truffaut Fahrenheit pensando en cómo lo haría Hitchcock? Tampoco. Y, no obstante, Fahrenheit 451 es no solo un homenaje al mundo de los libros por parte de François Truffaut, sino un homenaje al cine aprendido del viejo maestro del suspense.

En nuestra época de reality shows no vendría mal a muchos adultos echar un vistazo al film de Truffaut —y a la novela de Bradbury, antes aún—. Pero, sobre todo, sería aconsejable que todos los niños vieran el cuento del bombero Montag y el bosque de los ‘hombres-libro’. Y ustedes, ya saben: apaguen la tele (después de ver Fahrenheit 451), y abran un libro, por ejemplo, El cine según Hitchcock; que la conversación más importante del cine no salga en ninguna película, sino que sea un libro, respalda la importancia de la causa que defiende Fahrenheit, ¿no? Tal vez alguno de ustedes decidan convertirse en este libro.

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