El vuelo de la polilla, o una Eurocopa para el olvido

De la Eurocopa del 92 nadie, o pocos, sabrían decir dónde se jugo. Pero todo el mundo sabe que fue la Eurocopa de Dinamarca, y que Dinamarca no se había clasificado para ella, que fue incluida a diez días del inicio del campeonato por la suspensión de Yugoslavia —inmersa en la guerra—. Dinamarca se hizo con el título de una competición para la que ni siquiera se había clasificado. Los más creen recordar a Laudrup, cuando hablan de la Dinamarca campeona de Europa, pero de los geniales hermanos solo estuvo el menos genial, Brian, porque Michael no estaba seleccionado. Los más también recuerdan ‘el maravilloso fútbol danés’ de aquellas semanas, pero lo cierto es que solo han sublimado en su memoria el deseo que todos compartíamos de que ganara el equipo con menos posibilidades parecía tener. Porque Dinamarca, aquella Dinamarca, no tenía nada del espíritu ofensivo e imaginativo de su mejor jugador, del que había prescindido. Con Dinamarca triunfó el comportamiento defensivo y aguerrido. Esa es la verdad, aunque el recuerdo sea otro. Y aunque lo que importe sea la verdad, también las licencias de la memoria tienen su relevancia, sobre todo si se habla de fútbol. Los hechos tienen que dejar algo que sugestione nuestros recuerdos. Porque es importante que, acabado el partido, quede una historia. Si no, solo habrá estadísticas, y a quién le importan un carajo las estadísticas de la historia del fútbol.

Eurocopa_2016_final_foto_Michael_Shon_APCristiano, llorando, final de la Eurocopa 2016 / Foto: Michael Shon/AP.

La Eurocopa 2016 es posible que no sea recordada por nada. Ha habido poco fútbol, que ya es malo, pero aún menos leyenda. Tal vez en Gales o en Islandia sea recordada por lo que unos hombres hicieron en el campo. Pero más allá de las lejanas tierras del norte atlántico, no habrá nada que merezca la pena glosarse. Si acaso vale como algo, será como emblema de la insignificancia, un transitorio triunfo de la mediocridad.

Su campeona, Portugal, se ha hecho con el título habiendo ganado un solo partido en 90 minutos. Defensiva y sin gracia, ha demostrado, con todo, ser una selección menos acomplejada que su máxima figura. Cristiano —a secas, porque Ronaldo solo hay uno—, empezó la competición con su enésimo alarde de imbecilidad arrogante, diciendo que Islandia —con la que habían empatado— “no llegarían lejos”. Resultó que Islandia fue lo más emocionante que vimos en la Euro, gracias a una conciencia de equipo nunca vista. El pobre Cristiano siguió crispado, haciendo el ridículo cada partido, presa de una ansiedad y un individualismo patológicos, no importaba que metiera un golazo de tacón, o de cabeza, hizo el ridículo como capitán, como simple jugador, como persona. Y acabó llorando al poco de empezar la final, lesionado. En el que podría haber sido el momento más épico de su carrera, una polilla le apareció en el llanto, y nadie sintió pena. Casi con cualquier jugador los aficionados al fútbol se hubieran conmovido. De Cristiano y su polilla solo pudimos reírnos. Portugal ganó el titulo —no inmerecido—, pero no fue gracias a él, sino a pesar de él. 

Después de la década española, con los triunfos de 2012 y 2008, Portugal ha devuelto la bola a la senda que abrió Grecia en 2004, la del triunfo de la especulación. En esta Eurcopa, España ha confirmado lo que ya demostró en el mundial de Brasil, que los ciclos se acaban con los jugadores. El adiós de Xavi fue el final del toque y del famoso tiquitaca. Todo no dependía de Xavi, por supuesto, pero él fue la piedra angular de aquel equipo maravilloso que hizo uno de los mejores juegos de la historia. A España le queda, todo parecía indicar, una nueva travesía por el desierto de la insignificancia, ese lugar en el que muchas selecciones históricas llevan años instaladas, como Inglaterra u Holanda, eternas aspirantes a todo, que siempre se quedan sin nada. No le pasa lo mismo a Alemania, quizás la selección que mejor ha jugado durante la Euro 2016, junto con Croacia. Los de Modric cayeron silenciosamente apisonados bajo la predestinada bota de la mediocridad portuguesa. Los alemanes, después de vencer a Italia en la, posiblemente, tanda de penaltis más desastrosa nunca vista, cayeron víctimas de su propia desidia ante Francia, pero demostraron que siempre están arriba. Y los franceses, por último, anfitriones, mejor equipo que Portugal, no acertaron a meter un gol cuando debían hacerlo, confirmando que en el fútbol lo más probable es lo menos esperado. Paradojas de este deporte.

Hubo buenos goles, pero no recordaremos ninguno. Hubo buenos jugadores que demostraron que lo eran, como Bale, inconmensurable como líder y mártir galés; como Griezmann y Payet, adalides resistentes galos de la calidad frente a la antología de músculo que les rodea —incluyendo al sobrevalorado Pogba—; como Modric, un genio formal enfrentado a las malsanas dinámicas de este juego; o como Iniesta, mirando al frente, solo, ante el recuerdo de tiempos mejores. Será de ellos de quienes, quizás, nos acordaremos. Y de la polilla de Cristiano.

Por cierto, la Eurocopa de 1992 se jugó en Suecia.

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