Donald, Hillary. Hillary, Donald. Y mientras tanto…

Con una diferencia de siete días, Donald Trump primero y Hillary Clinton después, fueron elegidos oficialmente candidatos a la presidencia de los Estados Unidos en las convenciones de sus partidos, el Republicano y el Demócrata, respectivamente. Si ya eran protagonistas habituales en la prensa internacional desde hace meses —desde que comenzó el largo periodo de primarias establecido en el sistema de partidos estadounidense—, en las próximas semanas, hasta el 8 de noviembre, día que tendrán lugar las 58º elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América, sus rostros serán omnipresentes. Prepárense.

El resultado de las elecciones es difícilmente predecible, y el camino de la primera potencia mundial, sea quien sea su próximo mandatario máximo, también. El caso estadounidense, en términos de lógica política, es extremadamente singular. Su sistema de partidos, sostenido durante más de dos siglos sobre un turnismo formal incomprensible —e insostenible— en cualquier otra parte del mundo, requerirá un estudio pormenorizado en los  libros de historia de las próximas épocas. Consideraciones sociológicas al margen, la realidad es que, quizás nunca, unas presidenciales habían sido tan sugerentes y tan alarmantes. Las dos habituales malas opciones son las dos peores malas opciones de siempre. Y eso lo saben hasta los estadounidenses. Quede como quede la cosa después del 8 de noviembre, la sola candidatura de Trump ya es una derrota para Obama, para el Partido Demócrata y para la ficción democrática del país. Que Obama —el icono, el Nobel de la Paz— tuviera que darle el relevo a Trump, su antítesis en términos de estética política, sería la confirmación de la bancarrota de una vieja ficción, la de los Estados Unidos como ‘tierra de libertades’ y ‘cuna de la democracia moderna’. Si, en cambio, le diera el relevo a Hillary, la ficción continuaría, al menos, cuatro años más: del primer presidente negro a la primera mujer presidiendo el país. Una y otra opción encuentra en el terreno del marketing político su diferencia más notable. En términos políticos, las diferencias son una incógnita. La retórica xenófoba de Trump solo se ve eclipsada por el curriculum de Clinton en política internacional. Ambos prometen llevar al mundo a una situación de extremo riesgo, siguiendo por el camino que iniciara Bush con su sonrisa estúpida y por el que ha continuado Obama con su sonrisa amable.

Mientras tanto, más allá de los miles de globos rojos y azules de las convenciones republicana y demócrata, en Estados Unidos pasan otras cosas. Los muertos por disparos de la policía son, en los primeros siete meses de 2016, más de seiscientos. Ramsey Orta, el hombre que filmó la muerte de Eric Garner —el afroamericano que murió asfixiado, inmovilizado por tres policías, el 17 de julio de 2014— será la única persona presente en aquella escena que entre en prisión, condenado por cargos relacionados con drogas, que ha tachado de montaje en represalia por el video que grabó. Mientras tanto, Obama ha ampliado el envío de tropas a Irak, el Pentágono aumentó la presencia de militares estadounidenses en tierra iraquí a más de 4.600, donde siguen operando más de 3.000 contratistas militares. Mientras tanto, el candidato a vicepresidente de Hillary Clinton, Tim Kaine, junto a otros treinta y seis senadores, tratan de incrementar en 320 millones de dólares la asignación estadounidense —3.000 millones de dólares— para la defensa de misiles de Israel. Mientras tanto, la colación militar dirigida por Estados Unidos en Siria provocó, en uno de sus ataques sobre supuestas posiciones del Estado Islámico, decenas de víctimas civiles en la ciudad de Manbij. Mientras tanto…

31 de julio, 2016.

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