Deberían aprender de los mineros

Protegidos con gafas de sol, para que la luz no les dañe. Así tuvieron que salir los cuatro mineros de la Hullera Vasco Leonesa del Pozo Aurelio, después de diecinueve días encerrados en la mina, a doscientos metros de profundidad, y de tres días de huelga de hambre. Fueron recibidos como héroes. Lo son. Salieron por prescripción médica, lo que estaban haciendo podía suponer, en breve, un serio riesgo para su salud. La salida a la superficie supone siempre un trauma, es un cambio brusco que conecta los deseos con la realidad, aunque a veces los deseos no se cumplen y la realidad no es la esperada. Las cosas en un mundo dividido en innumerables divisiones suelen ser así. El deseo y la realidad de quienes no tienen más que su fuerza de trabajo para sobrevivir, frente a quien vive de explotar esa fuerza de trabajo y depauperar esa realidad y esos deseos de otros.

Los mineros de la Vasco se encerraron el 13 de junio de 2016, cuando la campaña electoral del 26J iba por su tercer día. Su encierro continuó al mismo tiempo que la cuenta atrás de unas de las elecciones más significativas de la historia reciente de España. Poniéndose poéticos, algunos considerarán que estas elecciones han puesto, también, de manifiesto la disparidad entre la realidad y el deseo. Pero la palabra ‘deseo’ queda grande en este contexto. No era deseo, sino aspiración, que es algo más prosaico, más pragmático —dirán unos— o menos valiente —creeran otros—. En la izquierda, mucha gente esperaba que se produjera el cacareado ‘sorpasso’, vaticinio de una nueva era de sonrisas que cambiara el rostro del país, un país libre al fin de la gestión gubernamental del partido más corrupto que se haya conocido en España, aunque preso aún de todos los lazos y cadenas que le atan a Bruselas, organizado sobre un sistema en el que importa poco o nada quién lo gestione. Una vez más el deseo y la realidad. Y al final, para desilusión de muchos: la aspiración fallida. Unidos Podemos sacó un millón de votos menos que los que consiguieron Podemos e Izquierda Unida por separado el 20D. Con una campaña tendente al centro, instalándose en los postulados de la socialdemocracia clásica, con una campaña continuación de la estrategia de desmovilización social a pie de calle para reconducir toda ‘indignación’ a vía parlamentaria, los votos perdidos por Unidos Podemos no pueden achacarse al miedo. El miedo le ha dado un puñado más de escaños al Partido Popular, que se los ha recuperado a Ciudadanos, pero no se los ha quitado a Unidos Podemos. El millón de votos que Unidos Podemos ha perdido los ha perdido por la izquierda, en abstención. El partido de Pablo Iglesias no se pone de acuerdo en las explicaciones que les hagan entender el fiasco. Han encargado un estudio demoscópico para ver si les da alguna pista. Tal vez les sería más útil hacer un estudio político, antes que uno demográfico, para comprender lo que ha pasado.

Mientras tanto, la campaña acabó y los mineros de León seguían abajo. Quienes, indignados, ahora por la derrota de sus aspiraciones, se ensimismaron y hablaron de pucherazo o proclamaron a los cuatro vientos digitales que vivimos en un país de idiotas, que nada merece la pena, que la oportunidad del ‘cambio’ pasó y que ahora no toca otra cosa que la resiganción, posiblemente no sabían que, mientras que ellos lo apostaron todo a jugar según las reglas de los dueños del balón y de la cancha, había cuatro hombres que estaban luchando, no solo contra los dueños del balón y de la cancha, sino contra la ignorancia de quienes se quedaron embobados de las urnas. Las burbujas de ilusión que se hinchan artificialmente suelen pincharse dejando el suelo resbaladizo con la espuma de la resignación. Unos se quejan ahora de que los medios y las encuestas mintieron o fallaron. Imagínense estar a doscientos metros de profundidad, sin comer, con una comarca entera movilizada para conservar no solo unos puestos de trabajo, sino para asegurar el futuro medioambiental y social de decenas de pueblos y miles de personas, y que nada de eso salga en los medios. Imagínense luchar contra todo y que te dejen en silencio. 

Tal vez, algunos deberían dejar de excusar sus fracasos culpando a otros. Y aprender que el único cambio real y positivo es el que nazca de la lucha, y que la única unidad que vale es la que se genere en los centros de trabajo, en los barrios populares. Deberían aprender de los mineros. 

3 de junio, 2016.

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