De Maquiavelo a José Fouche: la razón de Estado

Nicolás Maquiavelo y José Fouché han sido dos de los máximos exponentes de la llamada razón de Estado, esa terminología política usada siempre para denunciar las malas artes y la ausencia de praxis por parte de éste a la hora de ejercer sus prerrogativas de poder público. A Nicolás Maquiavelo no hace falta presentarlo, sus obras y pensamiento político hablan por él; pero el Duque de Otranto merece su propio espacio en la Historia. El diplomático francés se convirtió en una de las figuras claves de la Revolución Francesa. Su absoluta falta de escrúpulos, su habilidad fantástica para trabajar desde las sombras y, sobre todo, para mudar de pensamiento político –del que carecía, realmente, puesto que siempre estaba del lado del vencedor–, lo convirtieron en una de los ministros más temidos y admirados del país. Stefan Zweig, en una de esas biografías tan certeras y apasionadas que llevó a cabo sobre la figura de diversas personalidades históricas, lo describió en Fouché: retrato de un hombre político, como un hombre desapasionado, frío y aquilino. Nunca le movieron ideales y fidelidades de ningún tipo. Sólo le juró lealtad al poder.

Joseph_FouchéRetrato de Joseph Fouché, por artista desconocido.

Como bien relata el escritor austríaco en el citado libro, el político de Nantes, en un primer momento, fue representante de su propia ciudad en los Estados Generales. Moderado y observador girondino en los primeros instantes de la Revolución y apasionado jacobino durante la época del Terror cuando éstos llegaron al poder, se convirtió, junto con Marat, en uno de los primeros teóricos del socialismo, pues mientras que Robespierre y Danton centraron toda su actividad política y parlamentaria en la abolición de los privilegios de la realeza, el clero y la nobleza, Marat y él esbozaron, por vez primera, antes de la aparición de Marx y Engels, muchos de los postulados que éstos, setenta años después, desarrollarían en El capital. Posteriormente acabó siendo miembro destacado del Directorio, nombrado Ministro de la Policía cuando éste llegó al gobierno, una vez Robespierre fue guillotinado y la Convención, fruto de una las etapas más controvertidas de la Revolución, dio paso a un nuevo ciclo político. Ya en la época del Consulado y con Napoleón como emperador, afianzó su puesto como ministro. Sobrevivió a todas las crisis políticas con grandes dosis de amoralidad, cinismo e intriga. Maquiavelo habría aprobado y aplaudido a Fouché.

Como bien habrá podido observar el lector, la carrera de Fouché siempre estuvo dirigida por su capacidad para anticiparse a los cambios políticos y su prodigiosa habilidad para bucear en las profundidades del alma humana y en sus contradicciones y flaquezas. Su tenacidad y paciencia hicieron que hasta el propio genio de Bonaparte temiese la supina inteligencia y capacidad de intriga de su ministro, quien se enteraba hasta de los secretos personales de éste. A él el Estado le cabía en la cabeza. Y en esa frente recta, ojos indiferentes y concentrados, no ordenaba sólo sus ideas, sino también los pensamientos de los demás. Con una habilidad pavorosa para el interrogatorio, usando el genio y la calma con la que Porfirio Petróvich interrogó a Raskólnikov en Crimen y castigo, tuvo Francia a sus pies; tejía una prolija tela de araña en forma de confidentes de cualquier índole, a los que les perdonaba sus faltas con el objetivo de tener a cada uno de sus enemigos o valedores controlados; no cultivó amistad alguna, sólo relaciones de interés. Y en su desvergonzada habilidad para sustraerse a cualquier tipo de franqueza política y personal, supo captar la atención y la admiración de los hombres más poderosos de la Europa de comienzos del siglo XIX como Metternich, Talleyrand o al Duque de Wellington.

Con Maquiavelo el poder político se institucionaliza y se alimenta de la necesidad de que sean las propias instituciones quienes garanticen la potestad correctora del Estado. Su objetivo como filósofo político fue buscar la política eficaz y la creación de un enorme aparato que sustentase la legitimidad del gobernante. En cada uno de sus postulados se observa su absoluta contraposición con la concepción cristiana o aristotélica-ciceroniana, basada en la idea de que Dios, al ser la fuente de todo poder, conoce la bondad y sus fines y es él quien los determina. El diplomático florentino se opuso totalmente a esta concepción partiendo de la base de que el cristianismo era una religión perniciosa: al preconizar y encomiar al dócil, permitía que los malvados alcanzasen el poder. Siempre prefirió una ética pagana, basada en el pragmatismo y en la conservación, que en el sacrificio por los demás que propugna éste. La virtud sólo se consigue cuando el resultado se ajusta a las necesidades del mandatario, por ello, siempre defendió la violencia en el poder político como último recurso y no sólo para el acomodo de los gobernantes, sino también para beneficiar a los ciudadanos.

Y de las bases filosóficas y morales de Maquiavelo, Fouché lleva a cabo su actividad política, con la diferencia de que para el italiano las armas eran necesarias en el mantenimiento del poder del gobernante, mientras que al francés nunca le hicieron falta en el ejercicio de su labor ministerial. Sabía que con la diplomacia blanda ganaría la voluntad de adversarios, superiores y confidentes. Consciente de que la condición humana siempre era proclive a dejarse llevar por el arrobo de la gloria, llevando a traicionar a sus semejantes, fue capaz de compensar con astucia e inteligencia otras carencias. Partidario como era del poder subterráneo, sometía a sus interlocutores jugando a un doble juego que le permitiese estar en medio de sus rivales, impidiendo que éstos se acercaran entre sí. Ni siquiera la personalidad arrolladora de Napoleón pudo acabar con él, sabiendo que sin éste, gran parte de su legitimidad y poder en Francia quedarían mermados aunque lo detestara como hombre y político. El ministro francés inspiraría el Estado-Fouché  –que el jurista Javier Gómez de Liaño definiría con sumo acierto–: “concepto usado por la política contemporánea para justificar la derogación transitoria o permanente del Estado de Derecho, en especial, de la intimidad domiciliaria y el secreto de las comunicaciones, en aras de la propia seguridad del Estado”.

La Historia no trató bien a ambos. Maquiavelo siempre es esgrimido para justificar los más atroces actos de los gobernantes; él sólo justificó la fuerza bruta siempre y cuando fuese proporcional al objetivo perseguido. El florentino fue acusado de cínico y taimado, especialmente durante la Contrarreforma, que quiso una vuelta al poder teocrático de la Edad Media en detrimento del Humanismo renacentista. Subrayó la necesidad de que los gobernantes y los hombres primero proyectasen su poder y luego desarrollasen sus valores, al igual que Fouché. Y ambos entendieron a la perfección que el genio político se traduce a la hora de gestionar los sucesos acaecidos en épocas de crisis, legitimando la moral pagana para un gobierno estable, como Pericles en la Atenas clásica. Una conducta no puede nunca ser virtuosa si no es eficaz. Lo mismo se puede predicar del francés, que al igual que su maestro, fue alanceado históricamente por esa absoluta falta de entrega y devoción a una causa a la que aludíamos en el tercer párrafo. Dos personajes históricos que supieron ver que las personas, salvo que tengan un interés legítimo en ser buenas, no tienen por qué serlo. Y es una de las mejores enseñanzas que estos talentos políticos más importantes de sus respectivos tiempos nos pueden enseñar en un mundo hostil, desapacible y anárquico.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies