Breve guía para pilotar un barco en el Misisipi: Mark Twain, aguas seguras

Muchos saben que Mark Twain era el seudónimo literario de Samuel Langhorne Clemens, el autor de Huckleberry Finn que es probablemente la mejor novela americana de todos los tiempos. Lo que quizá no tantos conocen es el origen de ese alias, estrechamente unido a la juventud del escritor como piloto de barco del río Misisipi. Se trata de un término que se grita cuando se está utilizando una sonda en el río para determinar si hay calado suficiente para que pase la nave. Mark Twain (twain por two) quiere decir que hay dos brazas de profundidad.

El Misisipi vertebra el territorio de los Estados Unidos desde los grandes lagos del norte hasta el golfo de México, atravesando a su paso diez estados del país desde Minnesota, que flanquea Canadá, hasta su desembocadura en Nueva Orleans, Luisiana, y bebe de las aguas de otros grandes ríos como el Misuri, el Arkansas y el Ohio. Tradicionalmente constituyó una arteria comercial de primer orden, pero es durante la segunda mitad del siglo XIX, la época que vivió Twain, cuando el transporte fluvial conoce su edad de oro gracias a los barcos de vapor, más potentes y rápidos que los medios de navegación anteriores.

Misisipi_FTAnderson_Harpers_Weekly_1882Ilustración de un vapor bajando el Misisipi, por F.T. Anderson, para Harper’s Weekly, en 1882.

La estampa de esos majestuosos navíos de dos chimeneas con remates dorados y poderosas ruedas de paletas a veces dos a estribor y babor, otras una sola en la popa—, surcando las perezosas aguas del río entre plantaciones de algodón ya ha pasado a la nostalgia del inconsciente colectivo y ha sido profusamente plasmada en novelas y películas.

En su propia época estos gigantes fluviales también despertaban emoción y admiración, especialmente en las poblaciones más remotas del cauce de Misisipi, a pesar de estar más que acostumbradas a su visión. Mark Twain describe muy gráficamente la llegada del vapor: “De pronto una película de humo negro aparece encima de uno de esos puntos remotos; al instante un carretero negro famoso por su buena vista y prodigiosa voz eleva un grito, ¡viene un vapor! y la escena cambia. El borracho del pueblo se estira, los obreros se desperezan, sigue un furioso repiqueteo de carretas, cada casa y comercio vierte una contribución humana y en un santiamén la ciudad muerta está viva y coleando” (Life on the Mississippi, 1883).  

Misisipi_Grand_Turk_Litografía_Henry_LewisEl Grand Turk, en litografía de Henry Lewis.

La mitología fluvial tenía sus propios héroes: los pilotos de los barcos de vapor. Se trataba de profesionales que se conocían el río como la palma de su mano y que sabían hacer frente al timón a todos los obstáculos imprevistos y cambios de caudal para conseguir llevar la nave a buen puerto. Porque el Misisipi parece tranquilo, pero es complejo y traicionero… Mark Twain reconoce que cuando era pequeño convertirse en piloto de barco era la ambición de todos los muchachos de su pueblo, Hannibal, en el estado de Misuri. La profesión de su padre, juez de paz, le parecía bastante atractiva pues creía que su progenitor tenía “el poder sobre la vida y la muerte sobre todos los hombres” y que “podía ahorcar a cualquiera que le ofendiera”, mas el deseo de navegar en un vapor fluvial se imponía en sus sueños infantiles.

Y es que el piloto del Misisipi era el héroe del río y la auténtica autoridad del barco, pues en el momento en que este zarpaba quedaba bajo su control y tenía absoluta libertad para controlar todos los movimientos, elegir las rutas a seguir, acercarse más o menos a la ribera y atracar donde lo considerase adecuado. De hecho nos informa Twain de que “la ley de los Estados Unidos le prohibía recibir órdenes o sugerencias, justamente reconociendo que el piloto necesariamente sabía cómo manejar el barco mejor de lo que nadie podía aconsejarle”. Ni el capitán de la nave podía interferir en el trabajo del piloto, que recibía un trato reverencial por parte de toda la tripulación, y por extensión, también de los pasajeros. En consecuencia, los sueldos que recibían eran principescos.

Mark Twain nos cuenta en sus memorias sobre su vida en el Misisipi que entre las alternativas que poblaban sus dudas juveniles sobre a qué dedicarse en la vida se decidió por viajar a explorar el Amazonas. Pero parece ser que la navegación del río atrapó su corazón de forma que al llegar a Nueva Orleans, donde se supone que iba a embarcar hacia Sudamérica, cambió por completo de idea y le pidió al piloto del Paul Jones, el Sr. Bixby, que le aceptase como aprendiz y le enseñase cómo llevar el buque desde dicha ciudad hasta San Luis, o sea, que le enseñase a navegar las 1.200 o 1.300 millas de cauce que separa ambas localidades. Como era costumbre en el gremio tener jóvenes bisoños a los que ceder el timón, Bixby accedió a la demanda a cambio de la nada desdeñable suma de 500 dólares, a descontar de los primeros salarios de Twain, que para hacernos una idea serían más de 12.000 dólares de hoy en día.

Misisipi_1888_published_in_Frank_LesliesNavegando el Misisipi, sin vapor, en 1888, ilustración publicada en Frank Leslie’s Illustrated Newspaper.

Y llegó el gran día en que el Paul Jones partió de Nueva Orleans con su flamante aprendiz de piloto. La primera lección que aprendió Twain a bordo es que para llevar el timón debes saberte el río de memoria. Cuando salieron del puerto y enfilaron corriente arriba hacia San Luis, el Sr. Bixby realizaba continuamente observaciones sobre el recorrido, señalando islas, recodos, poblaciones y otros elementos del cauce, que el joven Mark Twain pensó que le indicaba como curiosidad. Hasta que en un momento dado el navegante veterano le pregunta si ha tomado nota de todas sus indicaciones y ante la respuesta negativa del aprendiz afirma airado “hijo, tienes que hacerte con una libreta y cada vez que te diga algo apuntarlo directamente. Solamente hay una forma de convertirse en piloto y es saberse el río de memoria”.

El siguiente punto del aprendizaje fue descubrir que los barcos también navegan de noche. Mark Twain es despertado en plena noche por el chaval aprendiz de otro de los pilotos de la nave y obligado a regañadientes a subir al puesto de mando para iniciar su turno de guardia junto al Sr. Bixby. El escritor reconoce con humor que siempre había sabido que los navíos navegan de noche, pero que jamás había caído en que alguien tiene que “abandonar una cama caliente para guiarles”. Se trata de una incomodidad que a su juicio le quitaba romanticismo a los barcos de río.

La navegación nocturna trae consigo una nueva lección: hay que saberse también la forma del río de noche, cuando delante de la cabina solamente se extiende una mancha negra sin puntos de referencia que valgan. Y por desgracia, el río de noche no guarda la misma forma que durante el día. Ante la desesperación del aprendiz, que se pregunta cómo diablos va a conseguir pilotar la mole del buque a ciegas, Bixby le pone como ejemplo el recorrer a oscuras una estancia de nuestra casa que conocemos de memoria y que podemos atravesar a ciegas sin problemas: “por mi honor, tienes que conocerlas [las orillas] mejor que ningún hombre ha conocido jamás las formas de las habitaciones de su propia casa”.

Misisipi_Alex_Scott_litografíaLitografía del vapor Alex Scott surcando el Misisipi, de autor desconocido.

Pero no todo el aprendizaje era tan desmoralizador. Nos cuenta Twain que su jefe fue contratado para llevar un barco nuevo de los verdaderamente grandes. El lujo y la majestuosidad del buque impresionaron al chaval. La cabina del piloto estaba tan alta sobre el agua que parecía colgada de una montaña y era tan grande como para celebrar un baile dentro, con suntuosas cortinas rojas y doradas en las ventanas y un sofá inmenso con almohadones de cuero. Los salones para el pasaje nos son descritos como los de un palacio flotante, largos y llenos de dorados con las paredes cubiertas por óleos de pintores de moda. La importancia, profesionalmente hablando, de los tripulantes de un barco estaba ligada en gran medida a la dignidad del navío. Nos pone de ejemplo el escritor que “era un orgullo el pertenecer a la tripulación de barcos tan imponentes como el Aleck Scott o el Grand Turk. Los fogoneros negros, los mozos de carga y los barberos que pertenecían a dichos barcos eran personajes distinguidos dentro de su nivel social”.

Siguiendo con esta breve guía de pilotaje, el timonel del buque de río debía tener en la cabeza la profundidad de las aguas en cada punto y la situación exacta de los bancos de arena, en este caso entre San Luis y Nueva Orleans. El problema es que el caudal cambiaba en cada viaje y además periódicamente se producían crecidas o bajadas de las aguas.

Las crecidas volvían negras las aguas y las llenaban de troncos y ramas flotantes dificultando la navegación. Las orillas desaparecían y con ellas los puntos de referencia para dirigir el trayecto. El barco corría el riesgo de salirse del río y navegar por los campos inundados. Por el contrario las aguas bajas obligaban a navegar con la precaución de no encallar, buscando los pasos que mantienen suficiente calado. Para ello se habilitaba una barcaza que precedía al buque y en la que se iba midiendo la profundidad de las aguas con una sonda de cuerda. Los hombres del esquife iban gritando la profundidad en brazas y el piloto tomaba la decisión de seguir la marcha por ese camino o volver atrás las máquinas y buscar otro. Se trataba de una maniobra muy delicada y que depositaba una gran responsabilidad sobre el timonel, de cuya decisión dependía la seguridad de la nave.

Misisipi_Twain_Life_El peligro de embarrancar estaba presente en todo viaje y el piloto debía saber identificar los bancos de arena del recorrido y poder diferenciarlos de los bancos falsos, es decir, de las crestas de las aguas que produce el viento. Se acababa diferenciándolos por instinto, no había leyes fijas al respecto. En palabras del veterano piloto Sr. Bixby al joven Twain, “poco a poco lograrás diferenciarlos naturalmente, pero nunca serás capaz de explicar por qué o cómo los diferencias”. Y aquí cuenta el escritor una anécdota que le ocurrió estando solo al timón, cuando apartó el trayecto de la nave de un supuesto banco de arena y este comenzó a perseguir al buque en forma de cresta de ola, obligándole, en pleno ataque de pánico, a ordenar a la sala de máquinas invertir el sentido de la rueda de palas para no embarrancar. Por supuesto, no era más que una broma del viento juguetón.

En suma se trata de una época bella y evocadora de la navegación fluvial que requería verdaderos profesionales expertos en la rueda del timón, pero progresivamente la tecnología náutica ha ido disminuyendo la destreza necesaria para guiar los barcos. El aprendizaje de Mark Twain tuvo un efecto colateral no esperado pues dejó de apreciar el romance y la belleza del Misisipi, que se transformó para él en un gran mapa de navegación a escala real: “todo el valor que cualquier elemento [del río] tenía para mí ahora era la cantidad de utilidad que aportaba para conseguir un pilotaje seguro del vapor”.

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