Alejandro Casona: la melancolía del idealista

Alejandro Casona —pseudónimo de Alejandro Rodríguez Álvarez (Cangas del Narcea, 1903-1963)— fue uno de los grandes renovadores del teatro español anterior a la Guerra Civil. Deudor del modernismo de Rubén Darío y de la poética de aquel período literario, imprimió a toda su producción teatral el mismo marchamo que a su producción poética: pasión, exaltación del individuo por encima del músculo social, reivindicación del mundo de los sueños y del poder de la belleza y de su capacidad para conmover al espectador. Para ponernos en antecedentes, el teatro español a principios de siglo avanzaba a un ritmo vertiginoso, aunque de forma desigual. Las vanguardias en España entraron con éxito con Valle Inclán, pero no con Unamuno o Gómez de la Serna. Las obras de Jacinto Benavente y otros compañeros suyos, imbuidas todas del espíritu del racionalismo imperante de la época de la Restauración, pese al innegable éxito de público y crítica, fueron contrapesadas por Federico García Lorca, Enrique Jardiel Poncela o el propio Alejandro Casona, quienes buscaban dejar de lado los gustos de la burguesía imperante para crear un teatro mucho más cercano, social y sentimental.

Alejandro_CasonaAlejandro Casona.

De entre la nutrida y prodigiosa capacidad por parte del dramaturgo asturiano para trenzar en sus obras personajes y situaciones en los que se funden e integran los conceptos de deseo, indigestión de realidad, desencanto de éstos con su entorno y esa infelicidad que parece ser consustancial a la condición humana, quizás La sirena varada sea la más relevante —dentro de una selección envidiable como Nuestra Natacha, La dama del alba, Prohibido suicidarse en primavera o Los árboles mueren de pie—, por el contexto en el que fue realizado. Estrenada en el año 1934, representaba todo lo contrario de lo que la izquierda demandaba en la literatura: individualismo, fantasía y nostalgia. Una masiva huelga alentada por el PSOE y la UGT y secundada por amplios sectores de la CNT, la FAI y el PCE, estaba llevando la situación tanto política y social a un refuerzo de los techos de los maximalismos políticos tanto de conservadores como de las izquierdas.

Casona se escapó de aquellos sucesos poniendo la poesía y el teatro al servicio del hombre, olvidando el etnocentrismo que por aquel entonces circundaba al país y barajando el sincretismo entre elementos trágicos, cómicos y surrealistas de forma inapelable. El argumento es conocido por todos: una comunidad de personas carentes de ilusión y heridas por la realidad deciden alejarse de la civilización y fundar ellos mismos su universo particular. Ésta, apacible por el momento, se verá sacudida por la aparición de Sirena, una misteriosa mujer cuyo romance con Ricardo, el fundador, alterará el modus vivendi de sus miembros. Sin ánimo de querer desentrañar más sobre la obra —pues merece que el lector la lea—, La sirena varada, a lo largo de cada una de sus páginas, muestra a la perfección cada uno de los retazos, tanto de poesía clásica griega y romana y del simbolismo de Mallarmé o Valéry, en el teatro del autor. Podemos encontrar un simbolismo importante, por ejemplo, en el propio título de la obra, descubriéndonos el papel que adoptará el agua en el libro. Expresado en la propia historia de amor entre Ricardo y Sirena, el mundo marino sirve para que los dos protagonistas contemplen éste como el espejo de sus propias pasiones e inquietudes. El agua suscita el deseo de lo desconocido: Sirena es ajena a todo lo que ha conocido Ricardo, y por ello anhela recorrer la distancia existente entre lo tangible —protocolizado en sus propios compañeros de comuna, especialmente Don Florín, quien a lo largo de las páginas del libro reprochará al protagonista su alejamiento de la realidad— y lo intangible: sus propios pensamientos, deseos y la necesidad de querer buscar en su contraparte femenina lo que Ricardo no tiene; a fin de cuentas, él se construye a través de ella y sus actos. Y ese ideal neoplatónico conducirá al protagonista a unos deseos irrealizables.

Técnicamente La sirena varada contiene todos los trazos característicos del asturiano, como la inclusión de pocos personajes que no diseminen la obra y refuerzan la unidad de los actos y la perfección lingüística buscada a través de la musicalidad poética de los diálogos. El dramaturgo, con el paso del tiempo, y una vez terminada la Guerra Civil y su exilio en Argentina, regresó a España en la década de los sesenta. Sin embargo, el género había cambiado, y los gustos, también. La aparición de las nuevas corrientes teatrales, como el teatro de protesta de Antonio Buero Vallejo o el experimental de Artaud o Brecht fueron claves en la pérdida de vigencia que, en aquella época, el fuerte estilo sentimental de Casona sufrió. Pero justo es reconocerle el haber sido una de las figuras literarias más importantes de este país en el siglo pasado, tanto por obra, lenguaje, planteamientos e influencia. Incluso Héroes del Silencio así lo entendieron, demostrándolo en el homenaje que llevaron a cabo en su visión de La sirena varada o en el estribillo de La espuma de venus: “Con el disfraz sin estrenar y el salto a lo fugaz / la ficción es y será la única realidad”. Casona nos enseñó a cultivar una parcela sentimental y emocional a la sombra de nuestra amarga cotidianidad. Y eso, en tiempos duros como los que vivimos, resulta más necesario que nunca.

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