Solo sospechan

Sé que sospechan, pero no tienen certeza. Esa es mi baza.

Hace meses que me vigilan, me siguen a los cafés, les veo filtrar la basura de mi cubo. No son muy discretos, la verdad: se dejan ver tras las esquinas, toman nota de las personas con las que me cito, pero en realidad no lo saben. Desean que ocurra, que sea yo el que andan buscando, y a la vez que no sea así, que no suceda de nuevo, que no muera nadie más, y terminar así con este juego del gato y el ratón, cada una de las partes escondiéndose de la otra para no ser vista, haciendo como que no pasa nada. No sé bien quién es el que realmente tiene algo que ocultar: yo, un sospechoso de asesinato múltiple aún sin cargos, o ellos, que no tienen ni puta idea de quién puede estar llevando a cabo estos crímenes. Quieren sospechar de mí, me tienen ganas, desean que sea yo, aunque se decepcionarían de su poco olfato policial si fuera otro. Por eso prefieren no correr tal riesgo y vigilarme sin ganas, solo un poco, con un par de agentes que conozco de siempre, de cuando empecé en esto, ellos eran recién licenciados, y la circunstancia nos situó a todos en uno u otro lado de la vida y, al mismo tiempo, de la muerte.

VENEZUELA_Caracas_2006_Christopher Anderson_MagnumFotografía de Christopher Anderson, Magnum Photos.

Mi primer homicidio sucedió presuntamente sin darme apenas cuenta, fue un atropello involuntario con resultado de muerte, según concluyó el informe policial. La anciana volvía de la compra, dijeron. Una obra maestra que he ido reproduciendo y afinando con el tiempo, variando detalles y circunstancias. Yo aún era muy joven, me afeitaba una vez a la semana y la naturaleza me había proporcionado un aspecto frágil que transmitía necesidad de que alguien cuidara de mí. Por eso me soltaron sin sospecha de intencionalidad. Fue tan fácil. Cuando uno es frágil se le perdona todo, no necesita coartada. Solo los fuertes nos las vemos con el destino y suscitamos dudas. Me horrorizó la facilidad con que una circunstancia puede enmascarar el discernimiento de los hechos.

La verdad es que aquella primera vez fue casi sin querer, un impulso que me salió bien, pero a mí no me gusta actuar como un inconsciente ni dejar las cosas a medias o al azar, con lo que al poco tiempo recreé el escenario del crimen y repetí la secuencia, esta vez con más atención al proceso. Todo un poco más lento, más meticuloso, menos el desenlace: rápido y contradictorio, absurdo, como la vida misma. Los adioses han de ser breves, esto del drama no entra en este oficio. De entrada, cargarme a una abuelita me carga por convencional, con lo cual creé un perfil de asesino disperso que a simple vista no tuviera motivos para acabar con nadie. Para mi sorpresa y horror, con el tiempo he ido descubriendo que ese perfil se ajusta bastante a la realidad: no tengo móviles homicidas, me llevo bien con mis vecinos, tengo un buen trabajo y soy feliz con mi mujer.

Por lo que sé, en mi familia nunca hubo tradición de esto, yo he sido el primero, ya en el patio del colegio jugábamos a policías y ladrones, más o menos igual que ahora, hay cosas que predisponen a uno en su futuro. De niños corríamos sin propósito ni dirección, sin estrategia, todo era tan normal, tan de serie, así uno ni siquiera necesita coartada. Fue entonces cuando intuí cuál era mi señal, mi característica, lo que mejor hacía. Decir muerte sería una simplificación, mi don es provocar el juego de la persecución, esta vez con un único propósito: conducir a la gente hasta el borde mismo de su vida, llevarles a un lugar de sí mismos que no conocen, más allá de su sofá, su hipoteca y lo que han sido hasta entonces. Lo que pasa es que les da miedo, y por defecto eligen morir antes que el juego, espeluznante. No prestan atención a las circunstancias, a lo cambiante, a las señales que les voy dejando en su buzón o en el parabrisas del coche. Y de repente las pistas se juntan, cuajan, y crean una circunstancia ante la que ellos simplemente se rinden. Ya no soportan la vida imprevisible, los bordes borrosos, la indefinición, y prefieren inventarse una explicación, una tristeza, un final súbito que tampoco saben cómo es.

Pero últimamente los que se interesan por mí ahora me agobian, me acosan, quieren que haga más trabajos, y esto está empezando a aburrirme por mecánico, esta gente no aprecia el arte de los procesos. Conocen mi don y quieren tenerme en nómina, que haga tantos encargos al mes, como si esto fuera la lista de la compra. Yo me he negado. Es primordial un cierto respeto por mi profesión. En cierto modo hay un acercamiento espiritual entre cada una de las víctimas y yo, ambos somos partícipes de un momento único en la vida: el de la muerte; aunque ellos desde dentro y yo desde fuera. Una manera de conocer el alma humana. No les ha gustado mi negativa, lo consideran una traición al negocio. Y también ellos han empezado a desconfiar de mí y a ponerme espías, sombras, a vigilar mis movimientos. Se preguntan por qué la policía me protege, estúpidos, por qué me guardan las espaldas tan de cerca y si es que ahora hago trabajos para ellos. Incluso mi mujer, que conoce perfectamente los entresijos de mi profesión, tiene dudas acerca de mis reticencias y me ha puesto un detective. Todos sospechan, se vigilan también entre sí hasta un punto en el que coinciden y pactan. Hablan entre ellos, quedan para café y hablan de sus cosas, que son las mías, me temo, y ponen en común lo que suponen o imaginan, pues en realidad no saben nada. Comparten mis datos y mis fotos, llaman a antiguos conocidos, se hacen visibles para provocarme presión e inducirme a cometer un error, y dan cuenta a sus superiores de sus averiguaciones. Me aburre lo obvio, vuelven a ser compañeros de patio de escuela con estrategias predecibles.

De repente uno de ellos muere. No se han dado cuenta hasta ahora. Piden más café, alguien va al baño, llega el camarero, revisan fotos, para quién es el espresso, por favor, idean un plan de acción, y alguien muere, el bizcocho es de esta misma mañana, marcan las horas de turnos, es una suerte trabajar juntos, ignoran que ya no están todos y siguen repartiéndose cafés y esquinas como si estuvieran vivos, solo que aún no lo saben, uno de ellos no ha vuelto del baño, pero no se alertan, no se ha oído ruido alguno, estará fumando, sigamos, necesitamos pruebas en firme, no solo suposiciones, con eso no vamos a ningún lado, o eso o nos lo cargamos ya, no estamos para perder el tiempo, oye, él no fuma, y lo ven claro. Él no fuma, y ahora se dan cuenta. Se levantan todos y corren hacia el baño como si estuvieran vivos, como si no lo supieran, como si solo sospecharan que él solo ha sido el primero en caer, y en un instante termina el recreo de la escuela, pagan los cafés y huyen a esconderse en la última fila, desandan sus pasos, sus conclusiones, apenas duermen, barajan cientos de fotos, cómo hemos podido no darnos cuenta. Lo saben. Por fin lo saben. Tienen certeza de lo que va a suceder. Esa es mi baza: ahora, aunque de manera distinta, todos tenemos la certeza. Se reúnen todos la siguiente tarde. Se miran, se recuentan. Hemos de hacer algo ya. No estamos todos. Dios mío.

Alguien muere. Ya no sospechan. Es tan fácil. ♦︎

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