‘Papa Jack’ Laine, en las profundidades de Nueva Orleans

El 29 de agosto de 2005, cuando el huracán Katrina llegó a Nueva Orleans, en los diques que separan la ciudad del lago Pontchartrain se abrieron más de cincuenta brechas. La ciudad fue construida de tal forma que numerosas partes de ella se encuentran por debajo del nivel del mar. Al llegar la noche, más del ochenta por ciento se encontraba inundada. La devastación era absoluta. La gestión del desastre, desde su previsión —o falta de— hasta la reconstrucción y auxilio de la ciudad fue criminal por parte de la administración Bush. Nueva Orleans quedó abandonada a su suerte, una ciudad de medio millón de personas se convirtió en un enorme pantano sin ley, con cadáveres descomponiéndose en las aguas, dominada progresivamente por bandas que habían saqueado los almacenes de armas y todos los negocios. Miles de habitantes y turistas consiguieron salir o ser evacuados en los dos días previos a la llegada del huracán, pero otros miles, mayoría, los más pobres, no pudieron hacerlo. De los que se quedaron, mil ochocientos murieron. 

Banda Papa Jack Laine 1906 Cook and Robertoson Circus
La banda de Papa Jack Laine (primero por la derecha), en 1906.

Después de diez años, Nueva Orleans está recuperada, pero las cicatrices son visibles y aún duelen heridas que no terminan de curar, acaso porque siempre estuvieron abiertas, desde antes del huracán. En las profundidades de la ciudad quedaron muchas cosas para siempre. No obstante, en ese espacio abisal, oscuro, hay cimentado algo que sostuvo el esqueleto de la ciudad en pie, un ferrea columna forjada en sus orígenes que la ha mantenido en pie desde siempre, contra todas las inclemencias del cielo y de la tierra, del tiempo y de los hombres. Se trata de una identidad cultural, una personalidad propia que se expresa en la propiedad original de un música que nació allí, el jazz. Las leyendas sobre el Nueva Orleans de finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuna de esa nueva música que venía de las canciones religiosas y de trabajo de los esclavos negros, tomaron la realidad por emergencia histórica en 2005. El jazz salvó a Nueva Orleans, que es como decir que la ciudad se salvó a sí misma. Las leyendas hicieron una demostración de poder, renacieron, y se acrecentó su propia naturaleza.



Uno de los muchos relatos legendarios de la Nueva Orleans de los primeros tiempos del jazz es el de un chiquillo blanco, nacido en 1873, llamado George Vital Laine. Casi nadie le recuerda por su nombre de nacimiento, porque casi nadie le conoció por él a lo largo de su vida, sino como ‘Papa Jack’ Laine, considerado padre del dixieland, uno de los estilos del jazz originario. Hay pocos datos sobre la vida de ‘Papa Jack’, porque donde opera la leyenda suele ocurrir eso, que la mitología devora la historia. Pero se sabe que fue hijo de François Laine y Bernadine Wink, y que el muchacho demostró desde niño una vocación musical absoluta. A los once años había conseguido que su padre le sustituyera el tambor de juguete por uno de verdad, comprado de segunda mano. Con eso y una capacidad de organización y liderazgo que debían serle innatas, montó sus primeras bandas con los vecinos del barrio, dotándoles de instrumentos artesanales. A los 16 años, George se puso al frente de su primera banda semiprofesional, con la que comenzó a hacer sonar el ragtime por las calles de su ciudad, y a tocar en funerales. De sus primeros años se sabe poco más, que se casó con la hija de unos emigrantes cubanos, llamada Blanche Nuñez, que tuvo dos hijos con ella, Alfred (1895) y Alma (1901), y que se ganaba la vida, además de con la banda, trabajando como herrero. 

Papa Jack 1919 Open Air Theatre
La Reliance Brass Band, en 1919.

Con el nacimiento de su hija y con el del nuevo siglo, Laine saludó sus años de gloria como director de orquesta, dedicándose plenamente a ello. Fundó una banda que sería mítica, la Reliance Brass Band, por la que pasarían, a lo lagro de dos décadas, más de un centenar de músicos, blancos, criollos y negros —burlando las leyes segregacionistas del Sur—, muchos de los cuales serían después figuras importantes del jazz. La casa de Laine se convirtió en una especie de embajada y refugio de varias generaciones de músicos. El polivalente Happy Shilling, uno de los músicos de la Reliance, recordaría cómo la casa de Papa Jack se convertía los domingos por la mañana en un auténtico local, lugar de congregación de infinidad de músicos, algunos de los cuales habían llegado a pasar la noche en casa del jefe para no llegar tarde al día de trabajo que comenzaba con el pasacalles matinal. La banda de Laine variaba en su composición en función del servicio que fueran a ofrecer, pero en general se formaba por dos trombones, dos cornetas, dos clarinetes, tuba, fliscorno, bombo y tambor. Cuando la ocasión lo permitía, el piano se sumaba a la base rítmica. Los de Laine se desempeñaron en multitud de contextos: poniendo música en vivo a anuncios de todo tipo de mercancías y servicios —tabaco, combates, bailes, etc.— en los trenes que pasaban por la ciudad, animando desfiles y fiestas privadas, tocando en funerales —como era tradición—. El trompetista Johnny Lala recordaría que con Papa Jack nunca se sabía dónde podrías acabar tocando cada nuevo día. El éxito de la banda fue tal que Laine tuvo que montar varios proyectos paralelos, para poder asistir a la cantidad de actos en los que se reclamaba su presencia. Así nacieron la Tuxedo Band, la Laine’s Band, la Formal Band, y otra banda más para la que ni siquiera hubo nombre.

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Una de las formaciones de la Reliance de Papa Jack.

Uno de los ilustres que se formaron en la banda de Laine fue el corneta Nick La Rocca, a la postre fundador de la Original Dixieland Jazz Band, en Chicago, la formación que ha pasado a la historia como aquella que hizo las primeras grabaciones de música jazz. De los años en que La Rocca fue parte de la Reliance de Papa Jack, se acordaba el trombonista George Brunis, particularmente de la noche en que él, Nick, el clarinete Martin Kirsch y Papa estuvieron tocando en un salón de baile en un segundo piso abarrotado de gente, haciendo bailar tan intensamente al personal, que el suelo, literalmente, se hundió, no dejando muertos, pero sí quedando varios heridos. Era la víspera de los locos años 20 que estaban al caer. Fue en aquel entonces cuando las bandas de Nueva Orleans procedieron a emigrar al norte, sobre todo a Chicago. Y Papa Jack, en 1919, decidió dejar el negocio de la música y volver a sus aceros. El futuro de los músicos pasaba por esa diáspora, y Laine no quiso abandonar su ciudad natal. Se convirtió, de modo propio, pero sin pretenderlo, en una leyenda. El ejército de músicos que se había formado con Papa Jack era tan grande y tan heterogéneo que su figura era mítica. Con sus bandas tocaron instrumentistas de enorme calidad y formación, hasta jóvenes sin ninguna experiencia ni más conocimiento musical que el propio acervo adquirido de oír la música por las calles. Ejemplar fue su comportamiento ante las leyes racistas, que impedían que en una misma banda tocaran músicos negros y blancos. Papa Jack se las ingenió para burlar la ley y que criollos y negros tocaran junto a blancos, como él. 

Papa Jack Laine 1939
Papa Jack Laine, fotografiado por el Sunday Times Picayune, en 1939.

En 1939, el periódico Sunday Times Picayune se acordó de Papa Jack, y publicó un artículo que hacía referencia al viejo padre del dixieland, ya abuelo, que había cambiado el golpeo del tambor por el del yunque. Fotografiaron a Papa con un puro y las baquetas, sentado a una batería. Su gesto era el del jefe sencillo, el del lider nato que no se da importancia. Pero vaya si la tuvo. Su fama continuó creciendo desde entonces. Cuando falleció, el 1 de junio de 1966, con 91 años, estaba ya considerado uno de los padres fundadores del jazz. Sin embargo, su mayor logro no sería el de haber favorecido el desarrollo de una música maravillosa, sino el de ayudar a configurar la seña de identidad de un lugar, de una ciudad, la suya, que un siglo después de que él la recorriera impregnando sus calles de música, reclamaría de su espíritu para no desaparecer, como una Pompeya moderna. Papa Jack se quedó para toda su vida en Nueva Orleans, en sus profundidades. Gracias a leyendas tan reales como la suya, la ciudad emergió después del huracán. Y tendrá que seguir haciéndolo. 

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