No todo vale, Michael Moore

Después de construir dos magníficas películas, absolutamente transgresoras, como Bowling for Columbine y Farenheit 9/11, todo lo que haga Michael Moore se espera con expectación. Es una de esas voces de la conciencia estadounidense, un agitador político, pero no necesariamente un propagandista. Cuando se dedica a analizar realidades concretas de los Estados Unidos, como lo son las muertes por arma de fuego, o el fraude electoral que llevó a Bush II al poder y su política bélica tras el 11S, Moore acierta, porque pone el dedo en la llaga, hasta que sangra. Y lo hace generando una risa asombrada en el espectador, que vacila entre la indignación y el cinismo. Su estilo cinematográfico, siempre sobre formato documental, tiene una poderosa identidad personal, basada en la narración en primera persona —la suya, hiperpresente, protagónica— y en un montaje bizarro, tan efectista como efectivo.

Michael Moore¿Qué invadimos ahora? (2015) / Imagen: Dog Eat Dog Films/IMG.

En su último proyecto, ¿Qué invadimos ahora?, se propone llevar la sátira a la perspectiva comparada. Viaja a Europa —con una breve escapada, entre medias, a Túnez— para mostrarles a sus compatriotas, de vuelta, todo lo que podrían tener y no tienen. Sobre la broma de venir a Europa para invadir sus países y llevarse a los Estados Unidos lo mejor de cada uno de ellos, en materia política y social, Michael Moore monta su particular elogio del Estado de Bienestar.

El primer país donde el invasor Moore desembarca es Italia. Allí conoce a un acomodado matrimonio, policía él y ejecutiva ella, que le descubre las virtudes del sistema laboral italiano, rarezas para un yanqui como las vacaciones pagadas o las bajas remuneradas por maternidad. Entre tanto, visita algunas fábricas, con tan buena suerte de dar con dos de ellas dirigidas por unos amabilísimos propietarios desvelados por la felicidad de sus trabajadores. Michael Moore, por supuesto, decide ‘robarles’ a los italianos sus derechos laborales y llevárselos a su país. Cualquiera lo haría, incluidos los propios italianos, que deben haber alucinado sobre el retrato de la realidad laboral que el cineasta norteamericano expone como representativo del país con forma de bota. Moore, al término de esta primera misión, advierte que “todos los países tienen sus problemas”, pero que él ha venido ha quedarse “con las flores y no con las hierbas”. Se agradece la sinceridad, pero no sirve como disculpa, porque eso no vale. Tomar la parte por el todo es una de las formas más viejas, y perversas, de manipular la realidad, o dicho más claramente, de mentir.

Las películas de Michael Moore, en tanto que productos muy agitativos, están pensados casi en exclusividad para el espectador estadounidense, son una llamada de alerta a su sociedad, a sus compatriotas. Este ¿Qué invadimos ahora? es una bofetada humillante, por comparación, a la sociedad estadounidense. Una bofetada o una reprimenda como esas que daban a veces los padres, al preguntarte por las notas del compañero de pupitre para saber si eras más tonto que él, que aprobó lo que tú suspendiste. Puede funcionar, como tortura psicológica, pero todos sabemos que su efecto pasa pronto, en cuanto comprendemos que nos importa muy poco lo que haga fulanito, y sobre todo, si descubrimos que fulanito tampoco es ningún estudiante ejemplar. 

Vale que Moore recurra a una táctica tan simplista, vale que se quiera dirigir solo al espectador yanqui, pero no vale que mienta, no vale que tergiverse, que simplifique las cosas de la manera en que lo hace en ¿Qué invadimos ahora? Porque su película se proyecta más allá de los Estados Unidos, y cuando uno de los habitantes del viejo continente la ve, no podemos dejar de ruborizarnos ante la colección de sandeces que el muy ingenuo —o muy perverso— Moore concluye con cada una de sus visitas europeas. Que en Finlandia tengan un sistema educativo de un alto nivel, con programaciones y métodos muy participativos, y considere que se debe al alto índice de mujeres en puestos de responsabilidad es absurdo. Como es de traca cuando visita a los alemanes y sus condiciones de trabajo, y concluye que se lógico cuando los trabajadores forman parte del Consejo de Administración de la empresa, como ocurre, según él —agárrense—, en Mercedes Benz. ¿Ah, que no lo sabían? Sí, según Michael Moore, la mitad del Consejo de Administración de Mercedes en Alemania son curritos. 

No todo vale, Michael Moore. El documental no es ficción, y menos aún, ciencia-ficción. Y el problema principal no es que, en Europa pensemos, al ver la película, que este hombre no se entera ni de por dónde le pega el aire, sino que es mentira, y con la mentira no se vence. Tal vez a buena parte del público en los Estados Unidos les avergüence la enorme distancia que, a todas luces, hay entre los derechos conquistados en materia laboral y de servicios sociales en Europa con respecto a los de Estados Unidos. Pero es dudoso que sea efectivo hacer un juego de trilero y mostrar algo que no es cierto, aunque exista. Enseñar como muestra representativa lo que es, por contra, una excepción en el conjunto, no vale.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies