No es oro sólo lo que reluce

Cuando pensamos en el Siglo de Oro de la literatura española, rápidamente se nos vienen a la cabeza nombres como Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Pedro Calderón de la Barca o el recientemente homenajeado, Cervantes. Sus fantásticas obras les sirvieron para situarse como autores de referencia tanto en el panorama nacional como internacional, siendo leídos por millones de personas desde entonces. Sin embargo, el Siglo de Oro de la literatura española no se sustenta únicamente con estos cuatro nombres, sino que dio a luz a muchos otros autores. Algunos de estos, que crearon obras de mucha calidad, han quedado relegados al olvido, opacados por el gran nombre de los autores antes mencionados. Hablemos y rememoremos algunos de estos nombres, saquémosles de ese olvido en el que nunca debieron caer.

Siglo de Oro Teatro

Agustín de Salazar y Torres, soriano nacido en pleno siglo XVII, ha sido uno de los más olvidados tanto por la crítica como por el público. De nada le sirvió a Salazar su ilustre linaje y su extensa obra para sobresalir frente al archiconocido Góngora. Salazar siguió la estela del dramaturgo cordobés, pero con una obra que cuenta con ciertos detalles diferenciales que le convierten en un autor de indispensable lectura. La obra del escritor soriano viajó de la comedia al drama, pero fueron sus poemas los que más éxitos le dieron. Y es que la poesía de Salazar era diferente. Su fino humor y su gran sentido del ritmo eran dos de sus grandes cualidades y sabía demostrarlas poema tras poema. Sin embargo, Salazar no sabía transmitir esa cercanía y esa verdad, que quizá resulten imprescindibles en la poesía. No obstante, nos dejó algunas obras para el recuerdo como Los juegos olímpicos o La segunda Celestina, terminada de escribir tras la muerte del autor por su amigo Juan de Vera Tassis.

Cristobalina Fernández de Alarcón, también conocida como ‘La musa de Antequera’ por ser la mujer que inspiraba los poemas de Pedro Espinosa, fue una poetisa malagueña de extensa trayectoria. Pese a esto, no son muchos los poemas que a día de hoy se conservan de la autora, debido al poco cuidado que con ellos se tuvo. La poesía de Cristobalina Fernández de Alarcón viajaba desde composiciones puramente religiosas a otras totalmente profanas, pero todas ellas gozaban de una gran elegancia formal. Fue este dominio de la forma poética lo que hizo que hasta Lope de Vega valorase positivamente los versos de la malagueña, los cuales solo pecaban de una cosa: una cierta falta de originalidad. No obstante, algunas de sus obras, como la quintilla A Santa Teresa de Jesús, en su beatificación y el soneto De la pólvora el humo sube al cielo, resultan de lectura imprescindible.

Juan Bautista Diamante fue un dramaturgo madrileño de obra poco fecunda, si lo comparamos con otros autores de su generación, pero que tuvo una serie de obras muy célebres. Bautista Diamante supo ganarse un sitio especial entre todos los autores que seguían la estela de Calderón, pese a que la crítica y el público se hayan olvidado a día de hoy de él. En esencia, las obras dramáticas y cómicas del autor no aportaban nada nuevo, pero Diamante hizo algo que otros no se atrevieron a hacer: coger los personajes clásicos del teatro y llevarlos al extremo. En sus obras, los héroes pecan de osados y su seguridad se torna insolencia. Además, las rimas que hasta entonces formaban parte de cualquier composición teatral van perdiendo fuerza, haciendo que Bautista Diamante utilice un lenguaje muy contemporáneo para su época. Es indispensable que los amantes del teatro, y la literatura en general, lean algunas de sus obras como El honrador de su padre o La Magdalena de Roma.

Luis Quiñones de Benavente, toledano, fue mucho más que un dramaturgo gran amigo de Lope de Vega, fue todo un pionero y un gran cultivador del entremés, género en el que se especializó. Pese a que este tipo de escrito se considera hoy que pertenece a un género menor, no seremos capaces de verlo así si leemos algunas de sus obras, como Jocoseria. Burlas, veras o reprensión moral y festiva de los desórdenes públicos. De Benavente cabe destacar su fino sentido del humor y su gran utilización de la sátira. No obstante, el dramaturgo nunca se salió de los límites morales que se esperaban de un hombre de su posición, puesto que desde muy joven decidió hacerse clérigo. Sus obras resultan claves para entender y saber apreciar un género, el entremés, tan denostado que terminó casi en el olvido. Además, leer a Luis Quiñones de Benavente permite gozar de la visión de un hombre observador que supo plasmar todo lo que veía en la sociedad de su época, en sus versos.

Estos son cuatro nombres imprescindibles para entender mucho más todo lo que fue el Siglo de Oro de la literatura española. Pero no son los únicos, pues hay otros autores como Gabriel Bocángel, Hernando de Acuña, María de Guevara o Martín Miguel Navarro, entre muchos otros que también forman parte de este Siglo. Y es que muchas veces, no es oro sólo lo que reluce.

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